Acción HARRY POTTER Y QUÉ PASÓ DESPUÉS | INTRODUCCIÓN [LISTA DE LINKS]



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¡HOLA A TODOS!​


Por fin soy Alumno en este ForoPotter. Qué alegría más inmensa. Por fin puedo recuperar el tiempo perdido y seguir buscando lectores para mi fanfiction HARRY POTTER Y QUÉ PASÓ DESPUÉS. Advierto que pueden haber fallos de ortografía, de datos e incluso de cronología, pero esta historia seguirá el canon lo más fiel que pueda. No soy fan de los shippeos no oficiales, así que espero que no me lo pidais en comentarios, lo que si espero es una participación activa para saber vuestras opiniones acerca de cada capítulo. Revisaré asimismo las normas de publicación para no comenter errores que puedan violar las mismas. Sin más, os dejo con Harry, Ron y Hermione en sus nuevas aventuras...

*Todos los capítulos están completos y seguidos después de la tabla.


HARRY POTTER Y QUÉ PASÓ DESPUÉS

INTRODUCCIÓN​

Harry Potter, Ron Weasley y Hermione Granger acaban de derrotar al señor Tenebroso. Sumando fuerzas, la batalla de Hogwarts ha conseguido liberar a la comunidad mágica de Gran Bretaña del régimen autoritario de Lord Voldemort y comienza así un nuevo futuro para todos.​


A través de esta historia -lo más cerca posible del canon oficial de J.K Rowling- conoceremos mí versión de la historia sobre los hechos que van desde que Harry, Ron y Hermione abandonan el despacho del profesor Albus Dumbledore hasta la llegada de Albus Severus Potter a la estación 9 y 3/4.


Cualquier cosa que se acerque a otras historias aquí presentes en Potterfics/ForoPotter/Wattpad es pura casualidad. cualquier nombre de personajes corresponde a los personajes de JK Rowling, a excepción de los que son de mi pura invención.


Espero que a todos os guste la lectura de esta historia, que la escribo con todo el cariño y dedicación que merece el mundo potterhead. Gracias a todos los que habéis suscrito esta historia entre vuestras favoritas, así que haremos que la magia llegue a todos vosotros.

1​

DESPUÉS DE LA GUERRA

Harry salió del despacho del anciano profesor seguido de Ron y Hermione. Estaba cansado, pues tantas muertes habían dejado maltrecho su corazón. Pero estaba decidido a devolver la Varita de Saúco al lugar del que nunca debió salir. Cuando llegó a las escaleras de mármol del vestíbulo vio a la familia Malfoy salir hacia los jardines, muy juntos y silenciosos.

Harry se había colocado encima la capa invisible para evitar ser visto y de nuevo recibir a todas aquellas personas que lo consideraban un héroe por haber derrotado al mago tenebroso más grande de todos los tiempos. Sí, Lord Voldemort había muerto al fin, y todo eran buenas noticias. Y aquello conllevaba que Harry fuera el apoyo y guía de todo aquel que necesitaba recuperar el ánimo y el consuelo. Pero debía cumplir el último deseo de Dumbledore y llevar allí la Varita de Saúco. Así que descendieron el camino que los llevaba al lago, donde estaba la tumba del antiguo director.

Cuando llegaron a la tumba, ni Ron ni Hermione tuvieron el valor para acercarse mucho, pero Harry, que ya había visto al anciano profesor horas antes, sin mostrar miedo en su rostro, devolvió la varita a las manos del antiguo director y se quedó observando como descansaba, tan tranquilo. Aunque sabía de buena tinta que el anciano no despertaría nunca para volver a decirle, Hola, Harry, ¿qué tal si hablamos un poco?, sabía que donde estaba Dumbledore tendría la paz y la calma necesaria para paliar de sus errores del pasado. Miró una última vez a la tumba de mármol blanco, y entonces con un suave movimiento de varita, Harry reparó la roca destruida y con otra posterior sacudida hizo aparecer una corona de flores, que dejó sumamente encima. Un simple Gracias, es lo que pudo llegar a pensar Harry en aquel momento, ya que no le brotaban las palabras en tal emotivo momento.

—Bueno, ya está. La varita ya está en su sitio, y por fin se ha acabado todo —dijo Harry a sus amigos, que por la mirada que le devolvían podía intuir que aún no comprendían del todo lo que había sucedido.

Después de contarles todo lo que había pasado con Voldemort en el Bosque Prohibido, de cómo había visto de nuevo a Dumbledore y a sus padres, a Sirius y a Lupin, la historia del Profesor Severus Snape y cuantas cosas comprendía ahora después de sus recuerdos, Hermione y Ron no dejaban de poner caras de asombro. Harry recordó que el día en el que les reveló que había pasado al enfrentarse al profesor Quirrell en su primer año en Hogwarts, ellos reaccionaron igual que lo estaban haciendo al descubrir la verdad que le había revelado Snape a Harry, y un sentimiento de cariño profundo por sus amigos inundó a Harry. Habían pasado muchas cosas juntos a lo largo de seis años, y no existía un lazo de amistad más fuerte que uniera a alguien que el que existía entre los tres.

Hermione abrazó a Harry, diciéndole que había sido muy valiente. Ron aún estaba asimilando un poco la explicación de su amigo.

—Bueno, Harry, y ahora, ¿qué? —y sonrió.

Harry no lo había pensado. Por su mente aun pasaban las escenas ocurridas apenas horas atrás, aunque parecían de un pasado muy alejado. Ahora pensaba en dormir, tal y como lo había pensado antes de salir del despacho de Dumbledore. Lo que vendría a continuación no lo sabía, pero si estaba seguro de que disfrutaría de un poco de paz a partir de ahora.

—Yo lo único que sé es que hasta dentro de muchas horas no me voy a despertar —le dijo devolviéndole la sonrisa a su amigo.

Y enfiló el camino hacia la torre de Gryffindor.

Después de vaciar ambos la abundante bandeja de emparedados que Kreacher había llevado a Harry y Ron, frotándose el estómago ambos se tumbaron en sus respectivas camas con dosel. Harry se sentía cansado, pero todavía no podía dormir.

—Ron… -comenzó Harry con un hilo de voz.

—Harry, tienes mi permiso, pero antes descansa amigo. Has vivido muchas cosas desde que entramos en el castillo. Luego podrás ir a buscarla, pero no sé si estará despierta. O tal vez sí —dijo Ron, calmado.

Harry sonrió y por fin se quedó dormido.​
* * *​

Cuando despertó, Harry comenzó a buscar a Ginny por todo el colegio. Al final la encontró, estaba con Luna hablando en la entrada del Gran Comedor. Pero antes de que pudiera acercarse, una mano firme le sujetó por el hombro. Al girarse, vio la sonrisa de Molly Weasley.

—¡Harry! —dijo ella cariñosamente, y le dio un abrazo lleno de significado que Harry le devolvió—. ¡Ay, Harry! Por fin todo ha acabado, por fin se ha detenido esto. Y todo gracias a ti, cielo.

—Creo que exagera, señora Weasley —respondió Harry con una sonrisa.

—Bueno, Harry -dijo la señora Weasley al separarse—, ¿vendrás con nosotros una temporada? Ahora ya no tienes que volver a ese espantoso lugar con los muggles.

—Sí, señora Weasley, pero debo ir a buscarlos. Al menos, quiero que recuperen la vida que tenían antes de que tuvieran que partir. No sé dónde les llevó su guardia personal, tendré que hablar con Kingsley, pero estoy decidido a encontrarles.

—Oh, Harry, eres un cielo. Pero no te preocupes, Kingsley ya fue en su búsqueda. No te dijo nada porque se enteró de tu difícil despedida con ellos. Hestia se lo comentó, desde luego. Podrás volver a Privet Drive pronto, pero por ahora, hasta que todo vuelva a la normalidad, creo que harías bien en volver a La Madriguera con nosotros, Harry. Estoy seguro de que hay alguien a quien le fascinaría y mucho que regreses —y le sonrío pícaramente.

—Gracias, señora Weasley —sonrió Harry, y al volverse vio a una chica pelirroja corriendo hacia él.

Harry abrazó a Ginny como si nunca más volviera a verla. Por fin, con todo terminado, podrían volver a ser felices. Recordó de nuevo sus momentos tranquilos en el lago con Ginny un año atrás, y ya no sentía nostalgia, sino felicidad. Ahora podrían pasar mucho más tiempo juntos. Entonces, con unas pequeñas lágrimas brotándole de los ojos, la besó, deseando que ese beso jamás acabase. Ella respondió dulcemente al beso de Harry, y le acarició con delicadeza el cabello.

—Harry —dijo Ginny al separarse, mirándole a los ojos ligeramente sonrojada—. Por fin... por fin ha acabado esto —dijo con la voz temblando.

—Sí. Y ahora por fin podremos ser felices, Ginny —dijo Harry sonriendo—. Hace un día maravilloso, ¿por qué no salimos a dar una vuelta por los jardines?

—Harry, tenemos que echar una mano con el castillo —dijo Ginny muy seria—. Todo el Ejército de Dumbledore está aquí para ayudar, como también la Orden. Debemos darnos prisa, nunca habíamos tenido tanto trabajo. Después tendremos horas y días para estar juntos y felices —dijo Ginny intentando sonreír a Harry.

Acudieron a ayudar a los demás. Harry por fin reparó en cómo había quedado Hogwarts después de la batalla. El castillo estaba en ruinas, sobre todo el patio y el Gran Comedor, escenarios de muchas de las peleas que habían tenido lugar. Había toneladas de rocas esparcidas por el suelo, y muchas grietas en las paredes como símbolo de que allí habían rebotado muchas maldiciones. McGonagall, liderando la partida de restauración de las estancias interiores del castillo, comenzó a distribuir las tareas a aquellos que estaban cerca de ella.

Les llevó dos días arreglar el castillo. Una de las antorchas de piedra que había a la entrada del Gran Comedor no había sido reparada. Tenía una enorme grieta, pero se mantenía aun en pie. En ella se podía leer un pequeño letrero de oro en el que rezaba: En homenaje a las valientes víctimas de la Batalla de Hogwarts, que defendieron con su vida la libertad de todos.

El Ministerio había decretado tres días de luto oficial por las muertes que habían ocurrido en Hogwarts, y dio permiso para que las víctimas mortales pudieran descansar cerca de Dumbledore, como lo había pedido Harry. Así pues, el funeral de las víctimas de la batalla ocurrió tres días después de la batalla de Hogwarts. Habían acudido muchas familiares y amigos de quienes habían fallecido luchando hasta el final por defender aquello que les pertenecía, la libertad. Snape, Lupin, Tonks y Fred eran los que más cerca estaban de Dumbledore. Para logar que Snape también tuviera un entierro digno, Harry tuvo que dar muchas explicaciones a los empleados del ministerio, pero al final lo consiguió. Y Snape también disfrutaba de su propio cuadro encantando en el despacho de la nueva directora, Minerva McGonagall.

Harry no puedo contener las lágrimas cuando el menudo mago que había oficiado tanto el funeral de Dumbledore como la boda de Bill y Fleur hablaba sobre cada uno de los fallecidos. Ginny estaba a su lado, agarrando con firmeza la mano de Harry, y también sollozando.

El cadáver de Voldemort había sido incinerado en secreto y con muy pocos presentes en la escena. Los mortífagos hallados muertos habían sido sepultados sin ceremonias en el Bosque Prohibido, y todas las criaturas mágicas que habían sido utilizadas en los maléficos planes del Señor Oscuro habían sido quemadas y depositado sus cenizas junto a los restos mortales de los mortífagos. Voldemort no había tenido ese honor. Después de su incineración, Kingsley simplemente había pronunciado pausadamente ¡Evanesco!, y sus restos habían desaparecido por fin.​

2

VUELTA A LA MADRIGUERA


La vuelta a La Madriguera había sido las más triste que Harry recordaba. Sin Fred, George estaba muy triste y apenas salía de la habitación. Bill y Fleur sólo pasarían unos días con ellos, y después regresarían a El Refugio. Hermione también tenía planes de salir porque deseaba anular el encantamiento Obliviate que había realizado sobre sus padres en verano y Ron estaba decidido a acompañarla. Ginny debía presentarse el siguiente curso en Hogwarts con Hermione, que también volvería para terminar sus estudios. Harry pensaba en ir a buscar a sus tíos y a Dudley. Sabía que seguían ocultos, pero nadie podía detener su idea.

Harry pensó como sería el reencuentro con aquellas personas que nunca lo habían tratado bien. Sabía que sería lo mismo que cuando él regresaba de Hogwarts cada verano, pues ellos ya sabían que volvería a casa cada verano. No, esta vez sería diferente, pues ellos no esperaban que Harry fuera en su búsqueda.

Pero la señora Weasley apenas les daba opciones para que se fueran, cargándoles de varias tareas domésticas que hacer. Desde que abandonaron La Madriguera en las vacaciones de Pascua pasadas, la casa había estado vacía y necesitaba una limpieza a fondo. La señora Weasley intentaba ser todo lo amable posible con Hermione, pero tenía planes de retrasar su partida a Australia en búsqueda de los Granger. Hermione lo aceptaba, consciente de que se preocupaba por ella, pero cada día sus ganas de volver a ver a sus padres y contarles que todo había ido bien crecían cada vez más. Ron siempre callaba cuando el tema salía a la luz, pues no quería darle más motivos a su madre para que retrasase la partida de Hermione.

Harry y Ginny tampoco dieron rienda suelta a su afecto. Se mantenían distanciados, prudentemente, pues no querían dar motivos a la señora Weasley —ni Harry a Ron— para que hubiera algún malentendido o algo similar. Se veían de vez en cuando de noche, a escondidas. Hasta que a Harry se le ocurrió una idea espantosa, pero a la vez llena de esperanza.

—Oye, Ginny —dijo Harry con voz queda una noche en el huerto de árboles frutales donde solían jugar al quidditch—, he pensado algo que me gustaría mucho que me ayudases a hacer.

Ginny le miró fijamente, seria, esperando a la proposición de Harry, que se hizo esperar unos instantes que se hicieron largos.

—Verás, Ginny, sabes desde hace tiempo que Hermione y Ron van a salir a buscar a los padres de ella a Australia. Y yo también quiero ir a buscar a mis tíos muggles.

—Pero, Harry, ellos siempre te han tratado mal, de hecho, cuando venias a casa le dabas a mi madre la oportunidad de lamentarse de lo desnutrido que estabas- contestó ella.

—Lo sé, Ginny, pero hay algo que me empuja a buscarlos. Puede que haya pasado una infancia horrorosa, algo que jamás olvidaré, pero, al fin y al cabo, ellos me acogieron en su casa cuando podrían no haberlo hecho, me dieron un techo y la protección de mi madre- respondió Harry.

—¿La protección de tu madre? —preguntó Ginny. extrañada.

Harry tomó aire y esa noche le reveló a Ginny todo lo que había ocurrido desde la noche que el Señor Tenebroso había ido a Godric's Hollow para asesinar a la familia Potter, siguiendo la importancia que éste le dio a la profecía de Sybill Trelawney. Ginny escuchaba a Harry con especial intriga, mientras le acariciaba el pelo. Cuando acabó su relato, Ginny dijo con ternura:

—Creo que ibas a proponerme que fuera contigo a buscarlos, ¿no?

—Así es— dijo Harry. No sé por qué, pero siento la necesidad de que conozcas la parte muggle de mi existencia, mi vida fuera del mundo mágico— respondió él.

Ginny le besó, y Harry entendió muchas cosas con ese gesto. Después, entraron a la casa con el mayor sigilo posible que pudieron y se despidieron en el descansillo del primer piso, ignorando desde su felicidad que había alguien que lo había observado todo.

—Arthur, creo que se acerca el día en que se marcharán— dijo la voz llorosa de Molly Weasley.

—Molly, querida, sabes de sobra que algún día llegará la partida de esos cuatro. Sí, Molly, Ginny también, estoy seguro que acompañará a Harry a buscar a sus tíos. Él sabe que le mentiste… o que no le dijiste la verdad —dijo Arthur con voz cansada y pausada, limpiando sus gafas de montura de carey.

—Opino que es muy pronto, Arthur, aún no están todos los mortífagos atrapados, y aunque huyen, seguro que están escondidos en algún lugar a donde vayan ellos. ¡Y ninguno de los cuatro han acabado sus estudios! -dijo desesperada la señora Weasley.

—Molly, ni Harry ni Ron volverán a Hogwarts. Sabes de sobra que Kingsley los quiere en su despacho cuando hayan pasado unos meses. Hermione volverá a Hogwarts, pero no puedes impedirle que vaya en busca de sus padres, y sabes que Ron irá donde quiera que vaya ella. Y Ginny —e hizo una pausa para ponerse dejar las gafas en su mesita de noche—, Ginny volverá a Hogwarts porque sabe que ahora es más importante estudiar que las aventuras extraordinarias que le esperarán fuera del colegio. Creo que le das demasiadas vueltas, querida. Ahora debemos descansar —replicó el señor Weasley, y apagó la luz con una sacudida de su varita.​

* * *​

Hermione y Ron estaban preparados para salir, pero ella siempre se sentía culpable por dejar allí a la señora Weasley después de todo lo que había hecho por ella. Ron siempre le decía que era inútil pensar eso, y que además ella sabía que su madre no podía impedírselo. Harry y Ginny también la animaban, hasta George, que un día escuchándola sollozar subió al cuarto de Ron y la animó a hacerlo. Hermione entonces sitió fuerzas para comunicar a la señora Weasley durante la cena que ella abandonaría La Madriguera en busca de sus padres. Harry esperaba que la señora Weasley rompiese a llorar, o a decir que no, pero ella se levantó y abrazó a Hermione.

—Volved, volved pronto los dos. Espero de verdad que encuentres a tus padres —y entonces soltó algunas lágrimas.

—Gracias —dijo también sollozando Hermione. No pudo decir más. Y siguió abrazando con fuerza a la señora Weasley.​

3​

PARTIDA


Hermione y Ron partieron a la mañana siguiente. Como Hermione dominaba el mundo muggle a la perfección, consiguió pasajes de avión —para la envidia de Arthur Weasley— para el viaje Londres-Abu Dabi-Melbourne. Se despidieron de la familia Weasley y de Harry, y cuando pasaron la verja del jardín, se desaparecieron juntos. Harry les había prestado en secreto la capa de su padre. Esperaba volver a ver pronto a sus mejores amigos, pero él también tenía planes que llevar a cabo.

Harry y Ginny estaban esperando la lechuza de Kingsley. Semanas atrás, Harry le había mandado con Errol el siguiente mensaje:​
Querido Kingsley.
Hace meses, enviaste a mis tíos con Dedalus Diggle y Hestia Jones a algún lugar desconocido para mí como garantía de su seguridad. Pero, y a sabiendas que todos los miembros de la Orden del Fénix están al corriente de mi tortuosa relación con ellos, me gustaría volver a verlos, y, aunque no les interese para nada, decirles que estoy bien.
Espero que puedas ayudarme.

Harry.


Harry confiaba en Errol y sabía que las noticias de Kingsley vendrían pronto. Pero en un día de lluvia, en la que Ginny y Harry estaban leyendo El Profeta, en el salón de los Weasley apareció Pigwidgeon. La pequeña lechuza scoop que Sirius Black le había regalado a Ron se posó sobre el alféizar de la ventana, y Ginny la cogió con cariño y la metió dentro. Harry secó a la lechuza con una sacudida de la varita y cogió el mensaje que llevaba atada a su patita.​
Querida familia.
Ya estamos en Australia. Hermione lleva dos días buscando a sus padres, pero no los encontramos. Viajamos a Sídney, pues cree que, en esa ciudad, por el gran atractivo muggle que tiene podría haber sido su destino. La búsqueda es sin descanso, pero no pararemos hasta encontrarlos. Volveremos pronto, ya que Hermione está jurando todo el día que quiere terminar sus estudios.
Posdata: por favor, si antes del cumpleaños de Harry no hemos vuelto, venid a rescatarme, no quiero volver a Hogwarts y Hermione está casi obligándome.
Abrazos,


Ron.

Ginny y Harry se sonrieron esperanzados, pues creían que Ron y Hermione volverían pronto con buenas noticias. En El Profeta no dejaban de aparecer buenos informes: Lucius y Narcissa Malfoy debían prestar declaración ante la Oficina de Aurores. Rodolphus Lestrange y otra veintena de mortífagos habían sido encarcelados y Fenrir Greyback había muerto tras no recuperarse de sus heridas de guerra en el Hospital San Mungo.

La señora Weasley dejó escapar un suspiro de alivio, pero miró de soslayo a Harry y a Ginny, como si esperaba que ellos le dijesen que no se iban a marchar en busca de los tíos de Harry. Pero como no sucedió, le entregó la nota a su marido y se fue directa a la cocina para preparar el almuerzo.

Pasaban los días y junio dio paso a un bonito mes de julio. Y con él, por fin, la carta de Kingsley.​
Harry.
Me parece bien que vayas en busca de tus tíos, pero como comprenderás no puedo darte esta información por correo por lechuza. Es demasiado arriesgado dar ese tipo de información confidencial, y confiaba en que Molly te hubiera dicho que había ido yo a buscarlos. Veo que no podemos engañarte, pero afrontaré que ya no eres un chico al que proteger, sino un futuro auror del nuevo Ministerio que estamos creando entre todos. Reúnete el viernes conmigo en nuestro antiguo lugar, y te explicaré todo.
Cuídate hasta entonces,

Kingsley.


Harry no podía estar más contento —o, al menos, a medias— por fin de recibir a Errol en casa de los Weasley. Sabía que Kingsley había tenido mucho trabajo desde la batalla de Hogwarts y no había podido ponerse en contacto con él de otra forma, pues no iba ya a comer a casa de los Weasley.

Esa noche, Ginny y Harry terminaron de meter las cosas en la mochila. Harry metió el guardapelo de Regulus Black y la pequeña snitch dorada en su monedero de piel de moke. Se despidió de Ginny y se fue a la cama con una extraña emoción. Hacía un año que no veía a la familia Dursley, pero era una situación tan diferente, que le embargaba a la vez un sentimiento de intriga. Pero esta vez, iría con él Ginny Weasley. Y Harry confiaba, y no sabía por qué, que todo iba a salir bien.

A la mañana siguiente, Harry se despertó temprano. Miró a la cama de Ron, vacía, y pensó que todavía se le hacía extraño que él no estuviera allí. Pero él estaba a millones de kilómetros de Gran Bretaña y de La Madriguera. La noche antes de irse de La Madriguera, Harry le hizo una promesa a Ron: que jamás dejaría sola a la señora Weasley, aunque él no estuviera presente.

No sentía fuerzas para bajar solo a la cocina, así que se asomó a la habitación de Ginny para ver si estaba despierta.

—¡Harry! —rugió en silencio una voz amenazadora—, ¿qué haces?

Harry se volvió y vio el rostro enfadado de Ginny mirándole directamente a los ojos.​
—Buenos días, Ginny. Sólo veía si estabas despierta —dijo él, intentando aparentar que la penetrante mirada de Ginny Weasley no le causaba algún temor.

—¿No sabes que espiar a una chica es de muy mala educación? —dijo seria, pero Harry intuyó que había un deje divertido en su voz.

—Yo… bueno, lo siento. Venía a buscarte. No quiero bajar solo a la cocina —admitió Harry con voz queda.

—Cobarde —se rió Ginny—.. Está bien, bajemos los dos. Mamá ya tiene el desayuno preparado.

Harry bajo con Ginny hasta la desordenada cocina de La Madriguera, en donde tenía que anunciar que se iba, y que Ginny se iría con él. La señora Weasley le sirvió una ración de salchichas y beicon a Harry en el plato, y cuando hubo acabado, miró a Ginny y cogió fuerzas.

—Bueno, señores Weasley, he de comunicarles que me voy a ir de La Madriguera hoy —dijo Harry, fingiendo seguridad en sus palabras, temiendo una reacción exaltada de la madre de su mejor amigo.

—¿Y eso por qué, cielo? —dijo despreocupada la señora Weasley, mientras vertía más té en la taza de Arthur.

—Verá, ya se lo comenté hace un mes. Voy a salir en búsqueda de mis tíos —respondió Harry calmado.

—Eso esperaba, Harry. Ya no puedo detenerte, no eres hijo mío, aunque siempre te he considerado uno más de esta familia y tenerte a nuestro cuidado ha sido un enorme…

Pero la señora Weasley no pudo acabar la frase que estaba diciendo. Harry se había levantado y la había abrazado, y a continuación susurró unas palabras que solo ella pudo oír. Al separarse, el resto de la familia pudo ver el rostro de la señora Weasley lleno de lágrimas, pero con una sonrisa que hacía tiempo no habían visto desde la partida de Hermione.

—Bueno, Ginny —y esta vez fue el señor Weasley quien habló—. ¿Cuándo piensas decirnos que te vas con Harry? —y sonrió.

Una vez explicado donde iban a ir, y donde pensaban quedarse, Harry dijo una última cosa.

—Señora Weasley. Antes de irme, le prometí a Ron que no la dejaríamos sola —George ya se había vuelto a su piso del Callejón Diagon, Percy venia de vez en cuando, pero vivía en Londres, y Bill y Fleur se habían marchado hacía tiempo a El Refugio—. Así que como cumplimiento de mi promesa… ¡Kreacher!

Se escuchó un fuerte crac en la cocina de La Madriguera y apareció Kreacher, muy limpio y con mucho mejor aspecto desde su último encuentro. Hizo una reverencia.

—¿Llamaba el joven amo? -preguntó el elfo jovialmente.

—Así es, Kreacher —dijo Harry, devolviéndole una sonrisa a Kreacher ante las atónitas miradas de los señores Weasley—. Quiero que te quedes aquí en La Madriguera con los señores Weasley y les ayudes y obedezcas en todo lo que precisen.

—Así se hará, joven amo. ¿Puede Kreacher comenzar?

—Por supuesto. Envíame informes diarios de cómo están las cosas por aquí de la manera que ya comentamos.

—Sí, amo. Como pidáis —y volvió a hacerle una reverencia a Harry—. ¿Señora Weasley, puede Kreacher ayudarle con algo?

La señora Weasley, un poco aturullada por la sorpresa, se levantó de la silla y se dirigió al elfo:

—Sí, Kreacher, puedes ayudarme con la comida.

Y tras hacerle una reverencia a la señora Weasley, Kreacher y ella se dirigieron a preparar la comida.​

* * *​

Harry y Ginny cruzaron la verja del jardín y ella se volvió hacia la casa.

—Tranquila, Ginny, volveremos.

—Estoy tranquila, siempre que esté contigo.

Y tomándola de la mano, se desaparecieron.

4​

BÚSQUEDA


Harry y Ginny aparecieron el recibidor del número 12 de Grimmauld Place, pero no lo reconocían. Todo estaba recogido y muy limpio. Y, como se alegraron de comprobar, no estaba ni el cuadro de la madre de Sirius, ni tampoco el árbol genealógico de la familia Black.

—Ese elfo parecía conocer los sortilegios que mantenían unidos tanto el cuadro de la señora Black tanto como el árbol familiar que tanto Sirius despreciaba —dijo una pausada y suave voz.

Cuando Harry se volvió, reconoció a un mago negro, alto y calvo. Era el ministro de Magia, Kingsley Shacklebolt.

—Hola, Kingsley —dijo Harry sonriendo.

Después de abrazar a Ginny, se dirigieron a la cocina y Harry señaló a Kingsley una silla para que se sentaran mientras Ginny fue a buscar botellas de cerveza de mantequilla para todos en la alacena.

—Usted primero, señor ministro —dijo Harry, divertido.

Ginny regresó, y tras beber una botella de cerveza de mantequilla y compartir alguna información de la Orden sobre cómo estaban yendo las cosas, Kingsley se enderezó un poco en su silla y le dijo a Harry con su voz pausada:

—Verás, Harry, yo no voy a mentirte más. Después de todo, has demostrado ser un mago excepcional. Superabas las expectativas de Dumbledore, y créeme cuando te digo que eso es decir mucho. Bien, Ojoloco y yo decidimos esconder a tus tíos un tiempo en casa de Dedalus Diggle, pero como vivía cerca de Little Whingign, desechamos la idea. Hestia Jones también se ofreció a ceder su domicilio, pero al ser también una casa de magos, y conociendo el historial de tus tíos con la magia, pues pensamos en llevarlos fuera del país. Ahora mismo, se encuentran en Gran Bretaña, pues todas las muertes que hemos sufrido hacían que la protección que tenían tus tíos fuera igual en Gran Bretaña como en el extranjero, y como sospechábamos que Voldemort estaba viajando, teoría que tú nos has confirmado, decidimos que se quedasen en casa de tu tía Marge. Así es, Harry, allí se encuentran ahora. Deberás ir hacia su domicilio en esa vieja granja de perros bulldogs que tiene allí la hermana de tu tío. No se nos ocurrió un sitio menos mágico que ese, y creímos que Voldemort y los mortífagos no sabían nada de la familia de Vernon Dursley.
Harry se quedó pensativo. Así que en la casa de aquella arpía es donde sus tíos estaban ocultos.

—Kingsley, ¿qué pasó con la casa de Privet Drive? —preguntó Harry, asustado.

—Nada. Se quedó tal cual la vaciamos. Alastor no cerró la puerta, pero Bill al ir a buscar su cadáver si se pasó por allí y cerró la puerta, pues habría atraído mucho la atención de los vecinos muggles. Te alegrará saber, Harry, que también recuperamos tu Saeta de Fuego. Como no sabíamos cómo entregártela, la tengo guardada yo en mi despacho del Ministerio. Siento no habértelo comunicado antes. Bien, Harry, ahora tengo asuntos que atender. La Confederación Internacional de Magos va a presentarse hoy a las cinco en mi despacho para que les cuente que ha pasado con Voldemort y sus secuaces. Hasta otra, Harry.

Kingsley se levantó, estrechó la mano de Harry, y Ginny le acompañó hasta la salida. Cuando oyó a Kingsley desaparecerse, Ginny volvió a la cocina con Harry, que estaba muy pensativo, con las manos apoyadas en la encimera.

—¿En qué piensas, Harry? —le dijo Ginny con voz preocupada.

—En lo gracioso que va a ser un reencuentro con mis tíos en casa de mi tía Marge —y borrando de su mente todos los malos recuerdos que le afloraban ahora desde la revelación del paradero de su familia materna, Harry sonrió.

Harry le explicó a Ginny que su tía Marge vivía cerca de la playa, en una granja apartada donde convivían con ella varios perros y un anciano, el coronel Fubster, que iba a darles de comer. Pero Harry no sabía exactamente en qué parte de Inglaterra vivía tía Marge. Tío Vernon nunca había dicho dónde vivía Marge delante de Harry, aunque alguna vez, cuando Dudley cumplió los once años, estuvo a punto de ser enviado allí.

—Ginny, debemos ir a Privet Drive. No sé dónde vive tía Marge, y no puedo volver a llamar a Kingsley otra vez. Allí descubriremos qué sitio es donde se esconde mi familia muggle. El correo de mi tío estará guardado allí.

Harry miró a Ginny. Era la primera vez que estaban a solas desde hacía tiempo, y una ligera emoción recorrió el cuerpo de Harry. Por fin después de tantas guerras y muertes, Harry y Ginny estaban solos para dar rienda suelta a sus sentimientos.

Se tomaron el resto del día libre. Comieron pasta que Harry cocinó y se sentaron en el salón a recordar viejos momentos que habían vivido en los jardines de Hogwarts. Y entonces, Harry recordó que Ginny no había acabado de estudiar, y que debía volver allí. Pero la idea de hablar de ello se desvaneció enseguida cuando con un sonoro crac alguien había aparecido en la sala.

—¡RON! —gritó Harry, exaltado, apuntando con la varita de acebo al lugar donde había aparecido su mejor amigo.

—Hola -dijo su amigo con una sonrisa.

—¿Cómo sabías que estábamos aquí? —preguntó Ginny, reponiéndose del susto y aún con la varita en la mano.

—Kreacher. Me dijo que estabais aquí y me desaparecí. Ten, os traigo comida de mamá —y le dio a Harry una bolsa con bocadillos de carne.

Se sentaron en la cocina a merendar, y encendieron la chimenea, pues hacía frío en aquella casa.

—¿Dónde está Hermione? —preguntó Ginny.

—Con sus padres. Los encontramos en Sídney. Habían ido al teatro cuando Hermione se les acercó después de la función. Entonces, los acorralamos y Hermione deshizo el Obliviate, y volvieron en sí al cabo de unos días. Ahora están en La Madriguera, recuperando los viejos recuerdos que Hermione guardó para ellos por si volvía a encontrarlos —explicó Ron, atacando el segundo bocadillo.

—Bueno, me alegro mucho por ella -dijo Harry, feliz.

Ron les explicó más detalles del viaje, y de cómo habían recuperado el tiempo con los padres de Hermione. Ron les dijo que los señores Granger no supieron qué decir cuando Hermione les contó que Ron era su pareja.

Al final de la tarde, Ron escuchó la historia de Kingsley y el plan de volver a Little Whingign. Ron quiso oponerse a que Harry volviera allí solo, pero al final les pidió que le mandara una lechuza cuando supieran donde vivía tía Marge. Y dicho eso, Ron volvió a La Madriguera para reencontrarse con Hermione y darle noticias a la señora Weasley de que Harry y Ginny estaban bien.

A la mañana siguiente, Harry despertó a Ginny con el olor de huevos fritos y tostadas. Cuando bajó, encontró al muchacho muy concentrado en su labor de preparar el desayuno, así que se sentó, sonriendo, y empezó a comer.

Harry tenía un cruce de emociones dentro de su cabeza. La emoción de llevar a Ginny a que conociera su pasado antes de pertenecer a Hogwarts y ser simplemente Harry Potter, un chico más en el colegio que se enfrentaba al terror y el abandono que había experimentado en el número 4 de Privet Drive. Ginny parecía comprenderlo, pues comía en silencio para no sacar a Harry de sus pensamientos más íntimos.

—¡Buenos días! —dijo Harry al fin con una sonrisa cuando se volvió y vio a Ginny sentada en la cocina-. Hoy tenemos un viajecito que hacer hasta Little Whingign, así que asegúrate de comer bien.

Ginny le sonrió, y cuando terminó la tostada que Harry le había puesto en el plato, se levantó, lo besó y le dijo que iba a cambiarse para ponerse ropa muggle. La verdad que cuando vio a Ginny bajar con sus vaqueros ajustados y un jersey púrpura con una G grande dorada tejido a mano por la señora Weasley, Harry pensó en cómo habría sido una vida sin magia, y como serian él y Ginny si no hubieran sido magos. Apartó esa idea de su cabeza. Ginny estaba preciosa y Harry se regaló la vista cuando ella le dio un beso y con voz cantarina le preguntaba si se veía guapa con ese atuendo muggle.

Una vez recogidas las cosas que habían utilizado durante su estancia en Grimmauld Place, Harry cogió de la mano a Ginny para desaparecerse. Pero notó como la mano de ella lo cogía con una fuerza diferente, le estaba dando ánimo para enfrentarse de nuevo a su oscura infancia.

Se aparecieron en el salón de Privet Drive. Una vez allí, Harry le enseñó la casa a Ginny, contándole anécdotas de su infancia que resultaban divertidas. Le enseñó la alacena debajo de las escaleras donde dormía cuando era pequeño, el arriate donde había visto a Dobby por primera vez, y, con una punzada de dolor, le enseñó su habitación, donde había quedado marcas de la jaula de Hedwig. Ginny estaba emocionada por conocer el pasado del chico, y se lo decía con la mirada cada vez que Harry posaba sus ojos verdes sobre los suyos castaños.

Después de enseñarle el resto de la casa a Ginny, Harry subió al dormitorio de tío Vernon y tía Petunia y rebuscó por todos los cajones las cartas de la tía Marge; rescató varias postales y un par de cartas.

—En Blackpool. Viven en Blackpool —anunció por fin Harry. Pero no solo se lo decía a Ginny, sino también a un fabuloso ciervo plateado que había salido de la varita de Harry.

El patronus de Harry dio un par de vueltas alrededor de su invocador, y con porte majestuoso se apresuró a salir de la casa de Privet Drive en dirección La Madriguera. Ginny miró fascinada el ciervo plateado de Harry, y cuando este desapareció, no pudo retener un ¡oh! de admiración.

Harry puso la televisión, y le enseñó a Ginny lo que era una película.

—Son como las fotos mágicas, pero dentro de esa caja se oye lo que dicen, como los cuadros de Hogwarts —señalaba Ginny mientras Harry se reía cariñosamente.

Después de comer otro de los bocadillos que la señora Weasley había preparado, ordenaron la casa y se dispusieron a abandonar Privet Drive.

—Espera, Harry. Tengo que subir un momento a la planta de arriba. Pero tú no puedes venir.

—¿Pasa algo, Ginny? —preguntó Harry, extrañado.

—No, es una sorpresa, por si un día vuelves por aquí.

Ginny no tardó en regresar, y Harry cogió una de las postales de tía Marge.

—Bien, supongo que es aquí. ¿Lista Ginny, lista para conocer a mi familia muggle?

Ginny miró decidida a Harry.

—Lista —replicó Ginny.

—Bien, pues hasta la próxima, Privet Drive.
* * *
Aparecieron sobre un césped verde mojado. Debajo de ellos había un camino que conducía a una vieja casa, levantada sobre una colina poco elevada. Harry y Ginny avanzaron por el estrecho sendero hasta la verja de la casa, y entonces, apareció aquel extraño anciano que iba a cuidar de la granja de tía Marge.

—¿Quién es? -preguntó el anciano coronel Fubster.
—Soy Harry Potter, el sobrino de Vernon y Petunia Dursley, quienes, según tengo entendido, viven aquí desde hace un tiempo.

El anciano les abrió la verja, y les hizo pasar. Cuando entraron, los primeros ojos que vio Harry fueron los de su tía Petunia.

5​

REENREENCUENTRO​


Harry clavó sus ojos verdes en los ojos de su tía Petunia. Ella estaba atónita, observándolo desde una ventana de la casa de tía Marge. El viejo coronel los acercó a la puerta, llamó, y se fue hacia la granja. La puerta se abrió muy despacio, y Petunia Dursley apareció en el umbral de la puerta. Pero ya no miraba a Harry, miraba, con un deje de temor, a Ginny.

—Hola, tía Petunia —dijo Harry con tono amable.

Petunia no respondió. Abrió más la puerta y les dejó entrar. Harry observó que la casa de tía Marge se adecuaba mucho con la atmósfera del lugar al que habían llegado. Era una casa poco iluminada, y la poca luz que el cielo nublado dejaba entrar por las ventanas revelaba unas paredes de color grisáceo. El recibidor era pequeño, y daba a un pasillo en el que había unas largas escaleras que conducían al piso superior y tres puertas a la derecha a lo largo de ese mismo corredor.

Petunia adelantó a los chicos y abrió la puerta de en medio, la puerta del salón. Otra estancia igual de fea, con varios perros bulldogs viejos disecados y cuadros muy feos. También había un cuadro gigante en la repisa de la chimenea de tía Marge con tío Vernon y Dudley cuando este había cumplido los cinco años.

Harry no esperó a que su tía hablase, y con un gesto, indicó a Ginny dos lugares en un estrecho sofá. Petunia se sentó enfrente de ellos, aun sin poder hablar.

—Tía, ¿dónde están tío Vernon y Dudley?

Petunia se tomó un tiempo en responder, pues aún estaba mirando a Ginny.

—Vol… volverán enseguida. Están en la ciudad, comprando la comida para la semana que viene —y dejó de mirarlo.

Harry no se sorprendió de la reacción de tía Petunia, pero Ginny estaba completamente extrañada. ¿Cómo era posible que una persona que había convivido dieciséis años con Harry Potter podía comportarse de manera tan fría?

Pero a Ginny no le dio mucho tiempo a pensar, pues se escucharon ruidos en la puerta principal, y Harry deduzco por la rapidez de Petunia en abandonar la sala que se trataban de Dudley y tío Vernon. Oyó a su tía decidle a tío Vernon algo parecido a Él está ahí, en el salón, y viene acompañado. Primero apareció la cabeza redonda de Dudley, y, con cierta torpeza, se acercó a Harry y le extendió el brazo.

—Hola, Harry —alcanzó a decir.

—Hola, Big D —le sonrió él.

Dudley miró a Ginny, y debió reconocer el cabello pelirrojo de sus hermanos, pues se apartó ligeramente de ella y se sentó en un sillón algo apartado de la mirada de la chica. Ginny, que sabía que había pasado en el salón de los Dursley hace años, intentó reprimir una carcajada, pero sonrío amablemente a Dudley. Este se acurrucó más en el sillón, asustado.

Tío Vernon y tía Petunia estaban aún en el umbral de la puerta, sin saber sin entrar o no en la sala. Harry los miró a los dos, y vio que tío Vernon se debatía entre mantenerse callado y empezar a gritar. Finalmente, Harry les señaló los asientos que había cerca de Dudley, y ellos, amilanados, se sentaron.

—Hola, muchacho —dijo tío Vernon sin mirarle demasiado.

—Hola, ha pasado mucho tiempo, ¿verdad? —replicó Harry, intentando sonreír.

Tío Vernon iba a despegar los labios, pero se mantuvo callado. Harry asumió que los términos de la conversación los iba a tener que dictar él.

—Bien -comenzó el chico—, vengo a daros buenas noticias —consciente de que ahora los tres le prestaban atención a él, tomó aire y siguió—. La guerra mágica ha acabado. Lord Voldemort ha muerto. Yo… yo acabé con él. Como sabéis, Dumbledore os dijo hace muchos años que en la casa de Privet Drive existía un sortilegio que me mantenía con vida y seguro allí, mientras pudiera llamarlo hogar —tío Vernon iba a replicar, pero Harry obvió que había despegado ya los labios—. He venido a buscaros, porque con la guerra acabada, he decidido que podemos regresar de nuevo a Privet Drive. Ya no hay peligro de que vengan a buscaros, ya se ha acabado todo.

—¿Qué podemos volver? —prefuntó tío Vernon, muy serio—. ¿Pero él no tenía partidarios? ¿no siguen buscándote los de tu calaña?

—No. Están todos encerrados en la cárcel de los magos, Azkaban —dijo Ginny. Era la primera vez que Ginny se dirigía a la familia Dursley, pero lo hizo de manera serena, pero con un deje de seriedad en su voz.

Harry miró a Ginny y le sonrió. Ahora tenía más fuerzas para enfrentarse a la conversación con sus parientes no mágicos.

—Es cierto. Ya son historia. Y creo que es el momento de regresar a Surrey.

Tío Vernon se levantó. Miró a su mujer, y después a su hijo. Cuando se dirigió a Harry, intentó sonar calmado, pero estaba claro que la presencia del mago y su acompañante lo inquietaban y molestaban bastante.

—¿Por qué no han venido ese Dedalus o esa mujer a llevarnos a nuestra casa? ¿O ese tal Kingsley?

—Dedalus y Hestia están ahora muy ocupados con asuntos de la Orden, pero siempre habéis estado vigilados por los mag… agentes de la Orden para que nada os pasara, como pidió Kingsley. Y él ahora es el nuevo ministro de mag… de nuestro gobierno —dijo Harry tranquilo, pero algo fastidiado.
Tío Vernon dio otra vuelta por la habitación, y al final, se tranquilizó y volvió a sentarse.

—¿Quién es ella? —preguntó Dudley con un hilo de voz.

Harry se volvió a Ginny y clavó sus ojos verdes en los suyos castaños. Ginny sonrió y apartó la mirada de Harry para volverse hacia Dudley.

—Me llamo Ginny Weasley. Soy la hermana del amigo de Harry, Ron. He venido con Harry, porque quería conocerlos, señores Dursley —dijo Ginny, mirando ahora a los tíos de Harry.

Petunia entonces reaccionó. Se inclinó sobre el sillón, y Harry vio por primera vez que estaba sollozando.

—Harry, ¿es ella tu... novia? —preguntó Petunia Dursley. Era la primera vez que Harry escuchaba una pregunta tan personal de su tía con respecto a él.

—Sí —contestó él, sin saber qué más decir.

—Y, después de todo, ¿has decidido presentárnosla? —preguntó otra vez Petunia Dursley a su sobrino.

—Nunca tendré una infancia normal, puesto que no fui feliz en la casa de Privet Drive. Pero, aun así, llegué a comprender por qué Dumbledore me dejó allí el día que mis padres murieron, y, al fin y al cabo, por más que ninguno queramos, seguimos siendo familia. Y aunque no seamos una familia normal, quería presentaros a esta chica, Ginny, como sí hacen las familias normales.

—Es… muy guapa, Harry —oyó decir a Dudley.

—Gracias, Dudley —contestó Ginny, sonriendo. Y para sorpresa de Harry, esta vez no se acurrucó asustado en su sillón.

Tío Vernon se levantó. Se acercó a Harry y a Ginny, y Harry, con los reflejos que había aprendido en Privet Drive se levantó bruscamente también, temeroso de que tío Vernon hiciera algo estúpido. Pero tío Vernon obvió el detalle de Harry y extendió el brazo hacia Ginny, que se levantó.

—Encantado, señorita Weasley. Nunca pensé que Harry saldría con una chica tan guapa —dijo tío Vernon, con una voz que no parecía la suya.

—Ni él tampoco —rió Ginny.

Esta vez Dudley si se levantó, y con un ligero temblor en sus piernas, se acercó a Ginny y también le estrechó la mano.

—Bienvenida a la familia, supongo —dijo Dudley.

—Gracias —respondió Ginny, amablemente.

Tía Petunia fue la única que no se levantó, pero seguía mirando a Ginny mientras se enjugaba las lágrimas en un pañuelo. Ginny no le apartaba la mirada tampoco a ella.

—Bueno, chico, ¿no decías que venías a sacarnos de aquí? —preguntó tío Vernon intentando sonar educado.

—Así es —respondió Harry.

—Y, ¿cómo vas a hacerlo? —preguntó algo miedoso tío Vernon.

—Vamos a desaparecernos. Teletransportarnos, vaya —explicó el muchacho.

—¿Qué vamos a…hacer… eso que tú sabes? —preguntó tío Vernon con un deje de ira en su voz.

—Sí. A menos que no quieras regresar a la casa —dijo Harry, fríamente.

—Eh…-alcanzó a decir tío Vernon.

—Papá, yo me voy con Harry y la chica —dijo Dudley seriamente—. Nos llevarás, ¿no?

—Sí, Dudley. Ahora recoged vuestras cosas, Ginny y yo os esperaremos aquí.

En silencio, los tres Dursley abandonaron la sala, aunque tía Petunia, antes de salir, miró a Harry y a Ginny como si quisiera decirles algo más, pero al final salió detrás de su marido y su hijo.

Cuando volvieron al cabo de un rato, Harry agitó su varita, y las cosas de los Dursley habían desaparecido. Tía Petunia dio un respingo.

—Y ahora, nos toca a nosotros. Vamos Ginny, agárrate a un lado. Dudley, agárrate al otro —Dudley avanzó y agarró a Harry por el otro lado—. Vamos —dijo Harry a sus tíos, y éstos se agarraron a Dudley, dubitativos.

Harry pensó en la cocina de la casa de los Dursley, y girando sobre sí mismos, los cinco volvieron a Privet Drive.

El salón de Privet Drive acababa de aparecer delante de sus ojos. Harry ignoró los quejidos de sus tíos por ese viaje tan extraño y les daban arcadas. Habían vuelto a su casa. Ginny miró a Harry, y no le soltó la mano. Harry volvió a sacudir su varita y todo volvió a su sitio. La casa recuperó su antigua imagen. Dudley sonrió tímidamente a su primo, y abrió la nevera de la cocina. Al no encontrar nada de beber -lo cual era lógico- preparó té y les dio una taza a Ginny y a Harry.

Se sentaron en el salón los tres, mientras tío Vernon fue a revisar si su coche estaba aún en perfectas condiciones y tía Petunia se había sentado lejos de Harry, aun mirando a Ginny. Cuando acabaron el té, Harry anunció que Ginny y ella se irían.

—Pero, ¿ya no vas a vivir aquí? —preguntó Dudley.

—No, Dudley. He encontrado un hogar en casa de mi amigo Ron, donde se me quiere —miró a Ginny y le besó la frente—. Ahora Ginny y yo nos volveremos a nuestra casa, pero confío, Dudley, que tú y yo nos escribamos algunas líneas de vez en cuando.

—Yo no sé usar… vuestro correo —replicó entrecortadamente.

—Es fácil, cuando llegue una lechuza, cojas la carta y la leas, puedes coger un folio y escribir ahí tu respuesta. En algún sobre si escribes mi nombre la lechuza me encontrará.

Y cuando Harry y Ginny se dieron la mano para desaparecerse, Petunia Dursley se levantó y miró a su sobrino. Harry no sabía qué decir, ni qué hacer, pero allí se quedó plantado, esperando que la señora Dursley hablase.

—Cuando vi a esta muchacha —empezó a decir— recordé a mi hermana. Tú no solo perdiste a una madre, Harry, yo perdí a una hermana. Nunca hemos sabido tratarte bien, ni creo que aprendamos a hacerlo, pero espero que al menos puedas tratarla a ella como se merece… aunque seáis los dos… ya sabes… eso -y dicho esto se dio media vuelta y salió de la habitación.

Harry miró donde había estado su tía segundos atrás, y comprendió que ya nunca volvería a Privet Drive como un inquilino más de la casa. Ya era hora de empezar una nueva vida, donde encajaba Ginny, donde encajaba el mundo mágico, donde no estarían los Dursley. Y cogió a Ginny y se desaparecieron.​

6​

SE ACABA EL VERANO​


Harry y Ginny aparecieron en la verja de La Madriguera. Antes de entrar, se miraron fijamente unos segundos, y Harry la besó. Aquella experiencia los había unido más que nunca, ella ya conocía a las personas que habían formado parte de su pasado muggle, antes de ser el famoso Harry Potter que un día entró con Rubeus Hagrid por el Caldero Chorreante.

Cuando entraron a La Madriguera, la señora Weasley apareció por la cocina.

—¡Ginny! ¡Harry! —gritó, como si llevara varios meses sin verlos.

Ellos la abrazaron. Molly enseguida los sentó a la mesa y les puso de comer sopa de cebolla a los dos, mientras pedía explicaciones de todo lo sucedido. Cuando le dijeron todo, ella se alegró mucho de cómo habían sucedido las cosas en Privet Drive.
—¡Harry! ¡Ginny! —gritó otra voz femenina.

Harry se levantó aprisa para abrazar a Hermione, y con las prisas casi derrama el plato de sopa.
—¡Hermione! ¡Qué alegría verte por fin! ¿Cómo has estado? —preguntó Harry.

—Muy bien. Encontramos a mis padres, y ahora estoy viviendo con ellos, pero vengo a comer siempre aquí, por petición de la señora Weasley. ¿Y tú qué? Me ha contado Ronald que fuiste a buscar a tus tíos.

Harry le relató a ella también como Ginny y él habían ido hasta Blackpool en busca de sus tíos, y como habían vuelto a Privet Drive apenas unas horas. Hermione lagrimeo de emoción.

¡PAF!

Una mano grande la había golpeado por detrás a Harry. Harry se dio la vuelta y vio a su mejor amigo riéndose a carcajadas de él.
—¿Cómo no me avisas de que has llegado, tío? —dijo Ron.

—Iba a subir a decírtelo ahora —se excusó Harry.

Ron, indiferente, se sentó al lado de Harry y se terminó su sopa.

Las semanas siguientes, la casa se llenó de felicidad. Percy, George, Bill, Fleur, Neville, Luna y Hagrid acudieron al cumpleaños de Harry, el 31 de julio. El cumple de Harry nunca había tenido un enfoque tan alegre como aquel. Los 18 años de Harry eran motivos para sacar el mejor hidromiel de Madame Rosmerta.

Harry se tomó varias copas de hidromiel, que le sentaron de maravilla. Verlos a todos sonreír, olvidando los horrores de la guerra que hacía unos meses había tenido lugar en Hogwarts era el deseo que Harry había pedido un año atrás, y por lo visto, se había cumplido con rapidez.

Harry recibió varios regalos. De los señores Weasley una pluma nueva y varias tintas de colores; Ron le regaló un surtido de Grageas Bertie Bott, de todos los sabores —que por supuesto no quedaron a la mañana siguiente; Hermione un libro titulado Más allá de la defensa de la magia oscura; George un equipo nuevo de mantenimiento de la escoba; Percy le regaló una capa de viaje nueva; Bill y Fleur una túnica de gala; Ginny le regaló una miniatura de un dragón que, como Harry comprobó más tarde, escupía fuego —Hagrid lo miró con ojos expectantes; Luna y Neville le regalaron una mimbulus mimbletonia que Harry dejó en el desordenado jardín de los Weasley, y, por último, Hagrid le regaló una lechuza de color marrón claro. Harry la miró fascinado, y le dio las gracias a Hagrid. Todos se acercaron a ver al nuevo ejemplar de lechuza que Harry había adquirido, y él le puso Zeus. Zeus era también del tamaño de Pig, y cuando la lechuza de Ron vio a su nuevo amigo, se puso a ulular de alegría. Después de recoger la mesa que habían colocado afuera en el jardín para la ocasión, Harry y Ginny despidieron a los invitados, y con sigilo se fueron a la colina de árboles para terminar el día juntos.

Al día siguiente, Harry y Ron recibieron sendas lechuzas requiriéndoles en el despacho de Kingsley Shacklebolt para pasar una serie de pruebas mágicas y así entrar en el Departamento de Aurores del Ministerio. Hermione había decido -¡cómo no!, pensó Ron- terminar sus estudios en Hogwarts, y junto con Ginny estudiarían los ÉXTASIS.

La señora Weasley los despertó temprano la mañana del 12 de agosto. Harry y Ron habían estado practicando muchos hechizos y contra maldiciones en el jardín durante todos esos días para estar preparados a lo que Kingsley les tenía reservado. Al bajar, Ginny y Hermione leían en silencio las cartas de Hogwarts que habían llegado para ellas. Cuando cada uno se sentó al lado de su pareja y les hubieron dado un beso en la mejilla, comenzaron a comer las tostadas que la señora Weasley les iba alcanzado. El señor Weasley apareció en la cocina recordándoles que les quedaba poco tiempo, se tomó su té rápidamente, cogió una tostada y fue a cambiarse de ropa.

Harry también iba a subir al cuarto de Ron cuando una mano lo retuvo en el descansillo del primer piso. Era Ginny. Ella subió el último escalón y se puso casi a su altura. Clavó su intensa mirada en él, y suspirando, le dijo.

—Harry, otro año que nos volvemos a separar —dijo tristemente.

—Pero este año será diferente, Ginny —respondió Harry intentando sonreír.

—¿Y eso por qué? -preguntó Ginny, acercándose más aun a él.

—Porque este año nos veremos más, seguro. Además, cuando acabes tus exámenes, por fin habrá acabado todo, y podremos estar juntos, Ginny. Para siempre. Sin Voldemort amenazándonos la existencia y sin personas que se opongan.

—Te quiero mucho, Harry. Espérame, porque volveré —dijo ella, sollozando. Y le besó.

—Te esperaré siempre, Ginny. Siempre —respondió Harry cuándo se despegaron.

7​

LA OFICINA DE AURORES​


Después de despedirse de la familia, Arthur, Harry y Ron tomaron los polvos flu del macetero de la repisa de la chimenea, se metieron en el hueco y pronunciaron ¡AL MINISTERIO! con voz energética. Salieron de las chimeneas del ministerio y se dirigieron al despacho del señor Weasley. Harry, que desde la visita a Umbridge —que había sido encarcelada de por vida en Azkaban por delitos contra los hijos de muggles y criaturas con formas semihumanas— no había pasado por allí, vio que el ministerio volvía a ser el que era. Habían retirado aquella horrible estatua de la Magia es poder y la habían restituido por una donde los magos se relacionaban estrechamente con las criaturas.

El despacho de Arthur Weasley ahora sí contaba con ventana, y estaba en la misma planta que la del ministro Kingsley Shacklebolt. Era una oficina grande, pues tenía a su disposición ahora a diez personas bajo su mando, y se respiraba un ambiente serio.

Harry y Ron dejaron sus mochilas detrás de la mesa del señor Weasley, y con él, se encaminaron al despacho del ministro. Después de llamar la puerta, Kingsley Shacklebolt pidió que entraran. Dentro los esperaban Kingsley, la profesora Minerva McGonagall y un mago desconocido para Harry.

—¡Señor Potter! ¡Señor Weasley! Bienvenidos, bienvenidos —dijo el mago, que era alto, moreno y con la piel llena de heridas—. Soy Barnabás Fletcher, el nuevo director de la Oficina de Aurores del Ministerio de Magia —y les estrechó la mano a los dos—. ¿Qué hay, Arthur, como te encuentras?

—Señor Potter, señor Weasley, me temo que debo irme —dijo la severa profesora McGonagall—. Potter, Weasley, espero que dejen el pabellón de Gryffindor bien alto esta mañana, me enfadaré mucho sí no es así, pues espero mucho de ustedes. Volveremos a vernos dentro de un rato.​

—Harry, Ron, debo acompañar a la profesora McGonagall —dijo el ministro pausadamente—, así que el señor Fletcher se hará cargo de evaluaros. Suerte a ambos —y salió de la estancia con McGonagall y Arthur Weasley, que también les deseó suerte al salir.

—Bueno, queridos amigos —dijo Fletcher intentando ser amable, pero sin apartar la mirada sobre Harry—, como les ha dicho el ministro, yo seré el encargado de evaluarles.

El señor Fletcher tomo asiento en el escritorio de Kingsley e hizo aparecer un portafolios.

Bien, empezaremos con el señor Weasley, ¿de acuerdo? Bien, veamos… aquí sí. ¿Es usted Ronald Bilius Weasley, hijo de Arthur y Molly Weasley, residente en La Madriguera, a las afueras de Ottery St. Catchpole?

—Sí, señor —respondió Ron.

—Estupendo, señor Weasley. Gracias, ahora el señor Potter. ¿Es usted Harry James Potter, hijo de James y Lily Potter, residente del número 4 de Privet Drive, Little Whingign, Surrey?

—Sí, soy yo, pero señor Fletcher, hay un error en sus datos.

—¿Un error? —-preguntó extrañado Barnabás Fletcher.

Sí, señor —respondió Harry—. Verá, yo abandoné Privet Drive el verano pasado, y ahora, bueno, ahora vivo también en La Madriguera, de manera temporal, claro.

Fletcher anotó lo que dijo Harry en su portafolios, y comenzó a interrogarlos sobre cuestiones teóricas de materias como Transformaciones, Pociones y Defensa contra las Artes Oscuras. A juzgar por el semblante de Fletcher, parecía que no lo estaban haciendo mal. Y gracias a la ayuda del libro del Príncipe, tanto Harry y Ron superaron las preguntas del señor Fletcher.

—Bien, señor Potter, puede salir. Esperará fuera mientras examino al señor Weasley de manera más práctica. Luego, podrá entrar usted. Les daré los resultados al final el examen. La nota mínima será de Supera las Expectativas, por supuesto.

Harry salió y se encontró con McGonagall, el señor Weasley y Kingsley hablando fuera. Tras explicarles como le había ido, todos comentaron que Ron superaría las pruebas de Fletcher, y que seguramente pasaría a formar parte de la Oficina de Aurores.

A la hora, Ron salió sonriente de su examen. Pero no tuvo mucho tiempo de explicarle nada a su amigo porque oyeron la voz de Fletcher desde dentro del despacho llamando a Harry.

Harry entró y cerró la puerta.

—Bien, señor Potter. Acérquese, por favor —dijo amablemente Barnabás Fletcher—. Hablemos un poco sobre los aspectos de Pociones, ¿quiere?

Fletcher estuvo un rato cuestionando a Harry sobre distintas pociones, hasta que le mandó que hiciera una poción para el hipo. La tarea fue sencilla, pues las instrucciones que daba el Príncipe en su viejo manual de Elaboración de Pociones Avanzadas habían explicado muy bien cómo hacerla, saltándose algunas instrucciones. Era una poción rápida, y al cabo de los veinte minutos que tuvo para elaborarla, Fletcher dijo Excelente, señor Potter, excelente. Después vinieron aspectos de Transformaciones, en el que Harry creyó que lo había hecho muy bien —al menos, su tortuga no echaba vapor por la boca—. Tuvo que resolver también cuestiones de Herbología y Encantamientos. Y cuando llegó el turno de Defensa contra las Artes Oscuras, Harry demostró todo su ingenio derrotando a un boggart, resolviendo cuestiones sobre los hombres lobo, explicando los efectos de las maldiciones imperdonables y sus consecuencias penales, y por último…

—Tengo entendido señor Potter, que tanto usted como el señor Weasley son capaces de hacer patronus corpóreos, ¿no es así? —Harry asintió, y Fletcher sonrió—. Bien, haga el favor de invocar uno, y si no es mucho pedir, intente que lleve un mensaje a los que nos esperan fuera.

Harry sonrío.

—¡Expecto Patronum! —conjuró Harry.

El ciervo plateado de Harry dio vueltas alrededor de la sala, y se plantó ante él, majestuoso. Harry le hizo una pequeña reverencia, y a continuación, le dijo:

—Kingsley, señor Weasley, profesora, Ron, pueden pasar.

El ciervo plateado asintió con la cabeza, dio una última vuelta sobre Harry, y desapareció por la puerta. Cuando oyó su propia voz en el exterior, Harry se mostró muy contento. El señor Fletcher aplaudió enérgicamente.

Los aludidos entraron en la sala e hicieron un semicírculo alrededor de Harry y Ron. Fletcher continuaba al frente del escritorio del ministro.

—Me complace anunciarles que después de muchos años, el señor Ronald Bilius Weasley y el señor Harry Potter ¡pueden ingresar en la Oficina de Aurores! Minerva, aquí tiene los resultados de las pruebas. Mientras usted siga siendo la directora de la Casa de Gryffindor, deberá guardarlos en los expedientes académicos de estos dos maravillosos muchachos. Bien chicos, aquí tenéis los resultados de vuestros exámenes.
RESULTADOS DEL EXAMEN DE ACCESO A LA OFICINA DE AURORES.
ALUMNO: Harry James Potter.
FECHA: 12 de agosto.

RESULTADOS.
RESULTADOS POSIBLES: Suspensos: Trol (T), Insatisfactorio (I), Desastroso (D). Aprobados: Aceptable (A), Supera las expectativas (S), Extraordinario (E).
NOTAS: Defensa contra las Artes Oscuras: E, Pociones: E, Transformaciones: S, Encantamientos: S, Herbología: S.


Harry y Ron se miraron y sonrieron. ¡Habían entrado!​

8​

DESPEDIDA.​


Habían hecho una gran fiesta en la cocina de La Madriguera. Hasta Charlie había venido de Rumanía para festejar que Harry y Ron tendrían acceso a la Oficina de Aurores. Hagrid sollozaba con su enorme pañuelo estampado del tamaño de un mantel y repetía ¡lo sabía Harry, lo sabía! McGonagall también estaba allí, y aunque le costaba contagiarse del ánimo, Harry juraría que le había visto sonreír un par de veces.

A Harry y a Ron les esperaban dos años de estudios por delante, pues tendrían que recuperar el año perdido de ÉXTASIS que no habían cursado, además de prepararse bien dentro del Ministerio para ser considerados miembros de todo derecho de la Oficina de Aurores. Hermione y Ginny, por su parte, ya habían comprado en el Callejón Diagon todas las cosas que iban a necesitar ese curso.

McGonagall se les acercó a Harry y a Ron cuando nadie podía verlos y les dio sendos libros titulados El camino de obstáculos hasta la meta del auror, y sin más, les dejó allí. Sospechaban que ese libro iba a tener gran utilidad durante los años que les quedaban, pero como era un día de felicitaciones, dejaron los libros en el dormitorio de Ron, y continuaron celebrando ese paso tan maravilloso.

Los días en La Madriguera seguían siendo tan magníficos como siempre. Aunque siempre había tareas que hacer allí, como dar de comer a las gallinas, Harry y Ron pasaban las tardes jugando al quidditch con Hermione y Ginny. Percy de vez en cuando iba a comer, y anunció un día que tenía pareja. George y Ginny se rieron un poco de él, pero cuando conocieron a Audrey, todos dejaron al lado las burlas y aceptaron a la chica gratamente.

Audrey era una chica realmente encantadora, le gustaba pasear por el jardín de los Weasley después de comer y leer apoyada en los viejos calderos. A veces, los gnomos de jardín iban a curiosear que hacía la chica, pero ella siempre conseguía espantarlos amenazándolos con chispas procedentes de su varita. A la señora Weasley no le costó aceptar a Audrey en la familia tanto como a Fleur, siempre le hacía repetir la comida -Harry siempre se compadecía de ella-, y estaba dispuesta a discutir maneras de limpiar a fondo el jardín.

Pero pronto llegó el día más triste para Harry desde que volviera a La Madriguera. Ginny se tenía que marchar a Hogwarts un año entero, y eso entristecía mucho al muchacho. Se había acostumbrado tanto a su presencia y a sus caricias que no era capaz de pensar en que se marcharía y no la vería hasta Navidad.

Harry, Hermione, Ginny y Ron salieron de La Madriguera por primera vez en mucho tiempo para aprovechar las últimas horas que les quedaban juntos. Bajaron la colina hacia el pueblo de Ottery Saint Catchpole donde se mezclaron con los muggles del pueblo. Allí, fueron a comer una hamburguesa y a estirar las piernas por las distintas tiendas que tenían desconcertados tanto a Ron como a Ginny. Después de las tiendas, entraron en un bonito restaurante con decoración medieval -Harry se acordó del Gran Comedor de Hogwarts- adornado con bonitos cuadros en las paredes de piedra. Harry y Hermione pidieron la comida para los cuatro, pues ni Ginny ni Ron habían estado antes en un restaurante muggle.

Después de cenar, se fueron a dar un paseo por el centro, disfrutando de las últimas horas de sol de un día que había sido cálido y agradable. Llegaron a unos pequeños jardines y ahí estuvieron sentados toda la tarde, viendo a los muggles pasear a sus perros y a algunos ancianos dando de comer a las palomas. Harry tuvo que explicarles a Ron y Ginny en qué consistía el fútbol, porque veían extraño esa manera de jugar. Hermione los miraba con una risita burlona cuando Harry le explicaba qué era el fuera de juego, o como se sacaba un córner.​

—¿Pero acaso sigues el fútbol, Hermione? —preguntó Ron con fingido enfado cuando volvió a preguntar por enésima vez que era un tiro libre.

—No, pero me sé bien las normas -replicó ella con una sonrisa de oreja a oreja.

Harry y Ron buscaron un pequeño callejón y se desaparecieron, materializándose de nuevo en frente de la valla del jardín de los Weasley. Ambas parejas se despidieron, pues cada una de ellas iba a despedirse de manera más íntima antes de que empezara el curso escolar y los dejaran allí unos meses. Hermione ya se había leído todos los libros del curso y estaba leyéndose el penúltimo capítulo del libro que le había regalado McGonagall a Ron .

Harry y Ginny se fueron al huerto, donde estarían protegidos de las miradas de los demás, y donde hallaban tranquilidad. Era su lugar predilecto para las escapadas nocturnas que realizaban. Harry se apoyó en un árbol y Ginny se recostó en él. Pasaron allí horas hablando de lo maravilloso que había sido ese verano, y en lo maravilloso que podría haber sido todo si hubieran estado juntos mucho antes.

En muchas ocasiones, Harry habría tenido que imaginarse que estaba con Ginny, o soñarlo. Pero desde que todo había acabado, ahora eran felices juntos, y ya comenzaban a hacer pequeños planes de su vida futura en común.

—Me gustaría tener una hija —dijo Harry cuando Ginny le bombardeó a preguntas personales—. Sí, creo que sería genial —añadió.

—A mí también- coincidió Ginny—. He tenido seis hermanos que soportar, no quisiera tener que soportar a dos Potter más como tú —respondió Ginny, y ambos rieron con ganas.

Cuando el reloj abollado de Harry marcó las una, Harry y Ginny se levantaron, miraron por última vez el huerto de árboles donde habían pasado momentos dulces durante todo el verano, y se dirigieron sigilosamente hacia la casa. Se despidieron en el rellano de Ginny en el primer piso, con un beso que a Harry se le hizo maravillosamente eterno, el tiempo no pasaba cuando Ginny estaba con él.

Subió, todavía embelesado por el perfume floral de la pelirroja, y entró en el cuarto de Ron. Él ya había llegado y estaba dormido. Cerró los ojos e imaginó una vida en la que Ginny y él estarían juntos siempre. Así de contentó se durmió.

Se levantaron muy ajetreados y escuchando las protestas de la señora Weasley por no estar todo preparado la noche anterior. Ginny y Hermione bajaban las escaleras y las volvían a subir con trozos de tostada de mantequilla en la boca. Harry echaba de menos estar en esa situación, pues años atrás él también lo había vivido en aquella casa que consideraba su hogar. Se acordó de Sirius, cuando le contó que él había abandonado Grimmauld Place cuando cumplió dieciséis años y lo acogieron en la casa de la familia Potter. Allí, como Harry en La Madriguera, era siempre bienvenido.

Harry, Ron y los señores Weasley acompañaron al andén 9 y ¾ a Ginny y Hermione. También habían ido los señores Granger, que charlaban amistosamente con el señor Weasley sobre el funcionamiento de las tostadoras.

Harry ayudó a Ginny y a Luna, que también estaba por allí cuando llegaron a montar los baúles en el vagón del tren. Se despidieron dulcemente, y cuando empezó el tren a alejarse, Harry junto con Ron recorrieron el andén hasta que perdieron de vista a Ginny y Hermione, sintiéndose raros por no estar por segunda vez consecutivas sentados en los compartimentos. Harry no sabía si algún día podría regresar a Hogwarts.

9​

HOSGMEADE​


Los meses en los que no estaba Ginny en La Madriguera se le hicieron eternos a Harry. Había aprendido a convivir con su ausencia, pero aún podía oler su perfume floral por las noches. Ahora Harry vivía en el cuarto de Fred y George, que la señora Weasley se había empeñado en decorar para que estuviera al gusto de Harry. Él se había opuesto desde el principio a ocupar la antigua habitación de los gemelos, pero sus protestas no sirvieron para nada, pues un día la señora Weasley le dijo que ya tenía lista su habitación.

Cierto era que la señora Weasley se había esmerado mucho con la decoración, pues el cuarto de Harry estaba como él mismo podría haberlo decorado. Las paredes eran ahora de un color verde muy bonito, relajante, y en ellas colgaban varios posters de Gryffindor y de una gran snitch. La cama de Fred estaba ahora en el cuarto de Percy, y ya no estaban las viejas cajas de bromas de los gemelos. Ahora había un bonito escritorio de madera, una silla, un armario, y una percha en el alfeizar de la ventana para que Zeus descansara después de enviar mensajes de Harry. Su cuarto, ahora en el segundo piso, daba también al huerto de árboles frutales, y entraba un sol agradable por la habitación. Si ya se sentía como uno más de la familia Weasley, sin duda en el momento que le dieron su propio cuarto en La Madriguera no pudo ser más feliz.

Enviaba cartas a Ginny con bastante frecuencia, y ella se alegró al enterarse de que Harry ocupase una habitación muy cerca de la suya. Kingsley por fin le había enviado la Saeta de Fuego, la escoba que le había regalado Sirius muchos años atrás, y Harry la tenía entre sus brazos, usando el nuevo kit de mantenimiento que le había regalado George. Ron estaba usando el que hacía años le había regalado Hermione a Harry, y así se tiraban horas. Pero para Harry, la habitación de Ron era su lugar preferido, lejos del bullicio diario de La Madriguera.

Desde la partida de Hermione y Ginny, los dos habían empezado a estudiar el libro que McGonagall les había obsequiado, y Hermione les mandaba muchas cartas con ayudas y esquemas que usaban a diario -Harry le envió una abundante caja de bombones de menta en compensación. Algunos integrantes de la Orden pasaban de vez en cuando por La Madriguera, y seguían con satisfacción los progresos de Harry y Ron como estudiantes de la Oficina de Aurores.

Harry había mandado a Kreacher a Hogwarts nada más volver de su viaje con Ginny, pero le envió a Zeus con nuevas instrucciones, ayudar a Ginny y Hermione si están tenían algún problema, y Zeus volvió con pasteles de calabaza que Ron había engullido nada más verlo.

—Me egcangta egte elfo dijo él con la boca llena.

El señor Fletcher de vez en cuando pasaba también por La Madriguera para comprobar que Harry y Ron cumplían con el nivel adecuado de estudio. Siempre era muy simpático, y siempre resolvía muchas dudas que ellos tenían.

Pero no todo era estudiar. Harry y Ron de vez en cuando iban al pueblo muggle a despejar su mente de los libros que los tenían atrapados muchas horas en la cocina. Y muchas veces, viajaban al Callejón Diagon a visitar a George. Allí siempre se lo pasaban genial, y veían a viejos amigos del colegio por allí.

Una mañana, Harry recibió a Zeus en su cuarto. Se levantó, le dio de comer y cogió la carta de su patita derecha. Era una carta de Ginny.​
Harry.
¡Estoy harta de ÉXTASIS! Quiero volver ya a casa por Navidad y poder vernos. La profesora McGonagall es muy estricta, y todavía los de sexto y séptimo no hemos tenido ocasión de ir a Hogsmeade, no paramos ni un minuto. Estos exámenes están acabando con mi vida. Sprout está algo más relajada, creo que ella ya tiene ganas de retirarse. Aunque aquí las apuestas están entre ella y Flitwick.
Hagrid no para de invitarme a tomar el té a su cabaña, pero siempre estoy tan ocupada que no puedo ir. Espero que mamá lo llame para Navidad. Él también te echa mucho de menos. Dice que el colegio sin vosotros dos es menos alegre, pero al menos no está teniendo accidentes en su clase. El profesor de Defensa contra las Artes Oscuras de ahora es muy competente, y nos está enseñando muy bien.
Pero bueno. Te escribo para decirte que la semana próxima habrá excursión a Hogsmeade, así que te invito a que vengas conmigo. ¡Pero no dejes de estudiar! Mamá se pondría histérica si fuera así, creo que aún no entiende que no hayáis regresado a Hogwarts. Espero a Zeus con impaciencia con tu respuesta Harry, y más te vale que aparezcas por allí.
Te echo de menos,



Ginny.

Harry sonrió, escribiendo el mensaje que ella había pedido, y por la tarde Zeus volvía al cielo. Dentro de poco vería a Ginny. Y Ron a Hermione, pues en el desayuno le comentó que Hermione también le había pedido que fuera a Hogsmeade con él. Los dos estaban radiantes, estaban deseando verlas desde hacía mucho tiempo.

La semana se hizo muy lenta para Harry. Había extrañado tanto a Ginny… pero ahora podría volver a disfrutar de su sonrisa, de sus caricias y de su melódica voz. La señora Weasley entró en su cuarto el viernes por la noche con un cesto de ropa limpia.

—Hay que ver la cantidad de ropa que usáis tú y Ron. Y mucha de ella ya se está quedado otra vez pequeña y desgastada. Ahora que vais a salir tú y Ron podríais comprar calcetines, porque se están desparejando, Harry, cielo.

—Siento todas las molestias que se está tomando por mí, señora Weasley. Sobre todo, por este cuarto. Ya le dije que podría apañármelas yo en Grimmauld Place —respondió Harry.

—Harry, mete ese calcetín en el armario, ¿quieres? —Harry se levantó del escritorio y ayudó a colocar las cosas—. No digas tonterías —prosiguió la señora Weasley—, sabes de sobra que esta también es tu casa. Y me las tuve que ingeniar para conseguir una buena vitrina para ese regalito de Ginny.

Harry miró la miniatura de su dragón. Estaba metido dentro de una vitrina de cristal que la señora Weasley había conseguido después de que Archie, pues así lo había bautizado, hubiera quemado las tostadas del desayuno del señor Weasley al día siguiente de su cumpleaños.

—Pero… —comenzó a protestar Harry de nuevo.

—No, Harry, aquí estás bien, de momento. Arthur y yo estamos encantados de que estés aquí con nosotros, y por nada del mundo desearía que estuvieras solo en esa fría casa. Al menos, Kreacher ha cambiado su actitud con todos nosotros. Eso sí, Harry, puedes ir si quieres a recuperar ciertos objetos de allí, pero que no sean peligrosos. Entiendo que es tu casa y tu herencia. Ahora estudia, Harry. Después os llamaré para cenar a ti y a Ron —y la señora Weasley le sonrió.

—Gracias, señora Weasley —dijo Harry sonriéndole también.

Harry acarició a su pequeño scoop Zeus, la verdad es que estaba pensando en irse a Grimmauld Place con Ron unos meses hasta que Ginny acabase por fin de estudiar en Hogwarts. Pero allí le hacían sentir muy querido, algo de lo que siempre se enorgullecía de comprobar. Harry pensó, que sin Sirius o sus padres, su verdadera familia ahora eran los Weasley. Ellos siempre le habían tratado como un hijo, y habían arriesgado sus vidas para que Harry estuviera siempre a salvo de Voldemort y sus partidarios. Decidió que debía devolverles pronto el favor, pronto.

La mañana siguiente, Harry se despertó muy temprano. Él había bajado a desayunar antes de que Ron despertarse. Solo la señora Weasley estaba allí, pues Arthur no trabajaba al ser sábado y siempre se despertaba más tarde. Parecía que ella ya se había olvidado de la conversación anterior, y le servía zumo de calabaza y unas salchichas con beicon en el plato mientras tatareaba alegremente una canción de la célebre Celestina Warbeck.

Ron bajó a desayunar también, aunque tuvo que subir a regañadientes a su cuarto a ponerse los zapatos porque se le habían olvidado del nerviosismo de la excursión. Una vez desayunados y arreglado la cocina, tomaron los polvos flu del macetero de la chimenea y exclamaron ¡A HOGSMEADE!

Harry abrió los ojos, estaba en el interior de Las Tres Escobas. Allí es donde tenían que esperar a que Ginny y Hermione les encontraran. Pidieron dos cervezas de mantequilla cuando se escuchó:

—¡HARRY! ¡RON!

Ellos se volvieron cuando vieron al guardián de Hogwarts, Hagrid, acercándose a ellos. Como la gente del pueblo encontraba normal la actitud del semigigante no se sobresaltaron.

—Hola, Hagrid —dijeron al unísono Harry y Ron.

—¿Qué tal? ¿Cómo va todo? ¿Qué hacéis por aquí? —preguntó Hagrid.

—Hemos venido a ver a Hermione —respondió Ron.

—Y a Ginny —puntualizó Harry.

—Ah, vaya, y para el pobre Hagrid no hay visita, ¿no? Malditos mocosos desagradecidos —y rió fuertemente—. Así que a ver a las señoritas Granger y Weasley. ¡Vaya par de tortolitos!

—¡Shhhh! Hagrid estás llamando mucho la atención. Nadie lo sabe —dijo Ron.

—Y, ¿por qué motivo, Ronald Bilius Weasley, nadie sabe que estás saliendo conmigo? —inquirió una voz amenazadora detrás de ellos.

—Hermione… —dijo Ron, asustado.

—Ya hablaremos tu y yo… —amenzazó Hermione—. ¡Hola, Hagrid! —al semigigante sí le sonrío.

—Hola, Hermione. ¿Cómo has estado? No has tenido mucho tiempo de venir a visitarme con esos horribles exámenes en la cabeza… —y negó con la cabeza.

—No, Hagrid, estamos Ginny y yo muy ocupadas con montañas de deberes. ¡Mírame a la cara! Estoy llena de ojeras de no dormir.

—Para mí estás preciosa —dijo Ron, en un intento de arreglar lo que había dicho antes, pero Hermione le miró ceñuda y Ron calló.

Ginny y Harry estaban riéndose de la escena, cogidos de la mano. Se miraron también unos segundos, diciéndose lo mucho que se habían echado de menos el uno al otro susurrando. Dejaron a Hagrid en la barra y los cuatro se sentaron en una mesa apartada, lejos de miradas curiosas. Ellas les contaban como McGonagall y los demás profesores las estaban torturando con redacciones diarias e investigaciones inverosímiles.

Harry y Ginny dejaron también a Ron y Hermione a la hora del almuerzo y dieron una vuelta por la calle principal de Hogsmeade. Harry veía a lo lejos el castillo de Hogwarts y sentía añoranza, tanta que se planteaba si de verdad hacia bien no volver a estudiar para atravesar sus puertas una vez más. Pero apartó esa idea de su cabeza. Ahora iba a convertirse en auror, la ambición que tenía desde los catorce años, y lo sería junto a su mejor amigo.

Ginny notó que Harry se entristecía al ver el castillo, así que entraron en la lechucería para comprar algunas cosas para Zeus. Harry le regaló a Ginny una pluma nueva y bonita para que al hacer sus redacciones se acordara de él, y también golosinas de Honeydukes que se chupaban y no perdían el sabor. A la hora del café, Ginny sugirió ir al Salón de Té de Madame Tudipié y Harry pegó un pequeño respingo. Odiaba aquel espantoso lugar, sabía que era el sitio de las parejitas a donde iban a besuquearse. Ginny se rió.

—Oye, Harry, ¿has vuelto por Privet Drive? —preguntó Ginny.

—No. Lo tengo en tareas pendientes. Tampoco he podido ver a Teddy desde que Lupin me hizo su padrino y me enseñó la foto.

—Deberías ir, o al menos mandarle una carta a tu primo. ¿Habíais quedado en eso, ¿no? —dijo Ginny.

—Sí, además, tengo que ir para ver qué sorpresa me has dejado en mi dormitorio.

Ambos rieron. Las horas habían pasado rápidamente, y Ginny y Hermione debían regresar a Hogwarts. Se despidieron a mitad de camino, cuando ya se veía a lo lejos la verja principal de Hogwarts.

—Nos veremos, pronto Ginny. Sed fuertes, las dos, ya os queda menos -las animó Harry.

Y cuando las vieron desaparecer, ambos amigos se desaparecieron.

10​

TEDDY LUPIN​


Se acercaba la Navidad, y con ello el regreso de Ginny y Hermione a La Madriguera. La señora Weasley había empezado a contagiar a todos con su espíritu navideño, y siempre iba de un lado para otro colocando adornos y tatareando Hacia Belén va un hipogrifo. Harry y Ron disfrutaban de unos días de tranquilidad, en los que habían dejado de estudiar y se dedicaban a decorar el jardín con grandes muñecos de nieve. Bill, Fleur y Charlie se quedarían allí esas navidades, y Percy iría a cenar con Audrey la noche del veinticuatro de diciembre. La señora Weasley echó mano de la amabilidad de Harry y Ron para preparar el cuarto de Percy para Bill y Fleur, mientras Charlie dormiría en la habitación de Harry, y él volvería arriba al ático con su amigo durante las vacaciones.

La señora Weasley preparaba cada día un maravilloso festín que los comensales agradecían dejando impecables los platos, rebañando hasta la última gota de salsa de carne que se servía. Harry no recordaba nunca haber comido tanto como aquellas Navidades, que se prometían felices. Cada día, al terminar de comer, se sentaba frente a la chimenea, escuchaba la radio de la señora Weasley emitir villancicos navideños y oia roncar al señor Weasley mientras su calva brillaba ante la imponente luz de las llamas. Mientras, hacía acopio de fuerzas para leer el pesado libro de Denfensa de las Artes Oscuras, o repasaba los esquemas que Hermione enviaba.

Cuando Ginny y Hermione, con permiso de la profesora McGonagall, aparecieron por la chimenea de La Madriguera, Harry y Ron salieron corriendo a abrazar a sus respectivas parejas, y las llenaron de abrazos. Habían anhelado el retorno de las chicas con muchas ansias. Los cuatro pasaron toda la mañana jugando a tirarse bolas de nieve encantadas, y riéndose fuertemente de Ron cuando le golpeo una bola hechizada por Ginny y este cayó y rodó tres metros.

Al calor de la chimenea del salón y con una taza de chocolate caliente, Ginny se sentó al lado de Harry mientras sostenía su libro de Herbología. Harry intuyó que la muchacha no estaba leyendo, sino disfrutando de estar ahí a su lado, echada en el hombro de él. Ahora le resultaba mucho más fácil estudiar, sintiendo entre sus dedos el pelirrojo cabello de Ginny, oliendo su perfume y recostado entre los cojines.

Con toda la cantidad de nieve que había allí, Harry y Ginny no podían salir al huerto de árboles frutales como hicieran en verano. Así hora la hora de de preparar las actividades del colegio, se sentaba en el escritorio de Harry mientras él, tumbado en su cama, le hacía preguntas a Ginny sobre las diferentes asignaturas. Harry no quería acostumbrarse de nuevo a su presencia, para que luego se esfumara como el vapor entre las manos, pero no podía hacer otra cosa, él era feliz así.

La mañana del vientucatro amaneció fría. La nieve caía con fuerza e invitaba a quedarse dentro de casa. Molly se levantó bien temprano para empezar a preparar la cena de Navidad, y despertó a las chicas para que le ayudaran con las tareas. Harry, oyendo el revuelo en la cocina, también se levantó y ayudó a preparar el desayuno. Cuando la tetera comenzaba a hervir, un extraño le puso en alerta.

Alguien se había aparecido en la verja del jardín de los Weasley. Ginny alzó la varita y escondió a Harry detrás de sí, mientras Hermione también se disponía a atacar si era necesario. Pero cuando la figura alcanzó el umbral de la puerta y pudieron divisar con mñas calridad de quiés había aparecido en La Madriguera, comprendieron que no era Bellatrix Lestrange, sino Andrómeda Tonks.

Molly, aun exaltada por la reación de los chicos, abrió la puerta a la mujer de pelo castaño, y la dejó entrar a la sala. Andrómeda Tonks se sentó en la sala de estar de los Weasley,con aspecto cansado, y Molly le trajo un tónico para el frío. Tonks llevaba en brazos un pequeño bebé que Harry reconoció en seguida.

—Hola, Teddy —le saludó Harry sonriendo.

Teddy estaba dormido entre unas mantas que la señora Tonks había envuelto sobre él. Su lenta respiración se dejaba escuchar a través de pequeños silbidos, y su cabello, de color negro azabache, estaba muy corto.

—Hola, Harry, este Teddy, tu ahijado —dijo ella devolviéndole la sonrisa.

—Yo… verá señora Tonks… no fui a ver a Teddy… ni a usted… —empezó a disculparse Harry.

Desde que había acabado la guerra, Harry no había sacado tiempo para ir a ver a su ahijado, era siempre algo que se reprocahaba a sí mismo, y que le sonrojaba, además, se sentía respoble de la muerte de Remus y de Tonks, y ese pensamiento siempre le hacía dudar a la hora de ir de visita, o, incluso de escribir.. Andrómeda debío intuirlo, porque le cortó enseguida.

—No tienes nada que reprocharte, Harry. Es normal que te sientas culpable por Dora y Remus, y que me hayas evitado hasta ahora. ¿Pero sabes qué? Ellos aceptaron su lugar, y lucharon por darle a Teddy una vida mejor. No podemos obviar ese sacrificio tan maravilloso, ¿no crees Harry? Ellos dejaron en tus manos el destino de su único hijo, y creo que aceptaron. Creo que es el momento de que Teddy conozca a la persona que más va a quererle en este mundo, a parte de mí, claro.

Harry no pudo responder, y algunas lágrimas empezaron a recorrerle el rostro. Hermione, Ginny, Molly Ron Arthur y que habían bajado estrepitosamente tras escuchar los ruidos procedentes de la cocina, habían escuchado silenciosamente la conversación entre Andrómeda y Tonks, sin apartar la mirada de lo que ocurría en la sala de estar. Y sin esperar una respuesta de Harry, Andrómeda colocó al pequeño Ted Lupin sobre los brazos de su padrino.

—Ahora eres parte de la familia, Harry Potter. Y estamos para ayudarnos —ambos volvieron a sonreírse.

Harry ahora se sentía liberado de muchas emociones. Se sentó en su sillón favorito frente al fuego, mirando a su ahijado con ternura. Le acarició la frente y pelo, y el chico se despertó y se miraron a los ojos. El niño no lloró, pese a estar con alguien desconocido para él, y Harry, cuidadosamente, se levantó alzando a Teddy para que todos pudieran verlo con detalle.

Ginny fue la primera en acercarse a Harry, y le abrazó por detrás. Teddy entonces comenzó a reirse y la sala se llenó de murmullos de adoración al pequeño. Los demás rodearon a la pareja para hacerle carantoñas al joven Lupin.

—Harry, la ceremonia de elección del tutor legal del chico será en julio, cuando Hermione y Ginny salgan de Hogwarts —le anunció Andrómeda, con una amplia sonrisa que acompañaban sus bondadosos ojos claros.

—Estaré preparado, señora Tonks -respondió él, decidido.

Ginny cogió a Teddy para juguetear con él, y un pequeño y fugaz sentimiento atravesó la mente de Harry por unos segundos. Entonces se acercó a Ginny y la abrazó. Murmuró algo que solo ella pudo entender, y ambos sonrieron mirando al pequeño Teddy.

—Qué feliz se os ve -dijo Andrómeda con lágrimas en los ojos-. Ginny, ¿quieres ser tú la madrina de Teddy? Sé que a Dora le habría encantado. Para ella eras como una pequeña hermana a la que siempre tenía que proteger.

Ginny miró incrédula a Andrómeda y dijo sí suavemente mientras no paraba de mirar a Teddy.

Arthur regresó al cabo de unos minutos con una botella de whiskey de fuego, y todos los presentes brindaron a la salud de los nuevos padrinos y del bebé al que debían tutelar a partir de julio. Harry se juró a sí mismo que intentaría ser la mitad de padrino de lo que había sido Sirius para él.

La llegada del pequeño Teddy Lupin había alegrado mucho la casa. Teddy pasaba de mano en mano, y daba la sensación de que al pequeño bebé incluso le gustaba.​

* * *​

La tarde de Nochebuena fue verdaderamente estresante. La señora Weasley quería todo ordenado y muy limpio, pues además Kingsley iría a cenar aquella noche -¡¿Cómo va a venir el mismísimo ministro de Magia a esta casa con todo desordenado?!- con algunos de los miembros de la Orden como Hestia Jones, Dedalus Diggle o Hagrid. Bill y Charlie, que llegaron a la hora de la comida, hicieron encantamientos extensores en la sala para que todos cupiesen dentro. Harry se ocupó de pintar la verja, encerrar a las gallinas y darles de comer y desgnomizar el jardín trasero de la casa. Ginny se apuntaba a darle de comer a las gallinas, pues apenas se podían ver con la cantidad de actividades que la señora Weasley ordenaba hacer, pero la mayor parte del tiempo lo pasaba jugando con el pequeño Lupin. El pequeño Teddy se entretenía observando a todo el mundo desde una cuna que Bill había hecho aparecer cerca de la chimenea.

Harry se sentó un ratito a solas en la silla de su escritorio después de ducharse al finalizar sus tareas. Allí había un marco con tres personas dentro de una foto, dos de ellas adultos que saludaban con la mano, y entre ellos, un bebé de menos de un año sonreía mientras su pelo cambiaba de color. Él era alto, con pelo negro azabache y ojos verdes con anteojos, ella en cambio era pelirroja, con ojos marrones y una sonrisa radiante. Harry se veía a sí mismo con Ginny saludando con Teddy Lupin en brazos de ella, sonriendo desde la desordenada sala de estar de La Madriguera. Molly le había regalado el marco de cristal esa misma tarde después de que Charly les sacase una foto y la hubiera revelado.

Harry cogió el retrato y lo miró detalladamente. Hagrid le había regalado hace años un libro donde venían fotos de su infancia, también saludando en brazos de sus padres. Harry rebuscó en su baúl, y ahí estaba, un libro forrado en un cuero escarlata con detalles en oro. Harry se alegró de comprobar que había espacios en blanco y una nota que decía Aquí empieza la vida de Harry James Potter. Harry no tenía apenas fotos de su infancia, y las pocas que tenía de El Profeta estaban en Privet Drive. Así que dejo un par de páginas donde pondría las fotos de sus años en Hogwarts sí, también aquella foto espantosa con Gilderoy Lockhart, sobre todo porque le recordaba a Colin Creevey. Cogió su varita, colocó en el centro una de las copias que tenía de la foto con Teddy y Ginny y la pegó con una sacudida de varita. Ahora Ted Remus Lupin y Ginevra Molly Weasley formaban parte de su álbum de recuerdos. Harry lo depositó con cariño en la estantería.

Volvió a sentarse en el escritorio. Tenía en la mano algunas copias de la foto que se habían y volvió a mirarlas con detenimiento. Pensó por un momento, cogió un trozo de pergamino y la pluma y escribió.​
Dudley.
Sé que te prometí escribirte algunas cartas desde nuestro último encuentro en Privet Drive a finales de verano. No he tenido ocasión de escribirte unas líneas hasta hoy, pues ahora estoy estudiando para ser auror (algo así como la policía en el mundo no mágico). Sin embargo, tengo una noticia que daros. Uno de los amigos de mis padres tuvo un hijo, llamado Ted Lupin, y tengo el honor de ser su padrino. Te mando una foto mágica en donde se nos ve a ella y a mí con el niño en brazos. No te asuste, el bebé puede cambiar de forma cuando le plazca. Cuando yo vi por primera vez tenía un mechón azul y el otro día era de un negro muy intenso. Esta tarde, se puso de color rojo, creo que está contento de estar aquí en la casa de los Weasley.
Espero que estés bien, y que hayáis recuperado la normalidad de vuestro día a día. Enséñale la foto a tu madre, pero no permitas que la mire mucho, pues seguro que tanta magia la agobiaría. Y por supuesto, escóndesela a tu padre, no dejes que la vea, no creo que esté preparado para ver una foto en movimiento. Guárdala en secreto, pues estas fotos como ya te he dicho, se mueven, no están fijas.
Cuídate mucho.


Harry.

Harry llamó a Zeus y éste acudió a su llamada. Harry garabateó la dirección de su primo en el sobre, le dio una galleta a su bonito scoop y éste empezó a alejarse por el cielo en dirección Surrey.

Harry recordó que Ginny había dejado en verano una sorpresa para él en Privet Drive, y ella era quien le había recordado que tenía que escribirle a Dudley como le había prometido. ¡Gárgolas galopantes! ¿Es que esa chica nunca iba a dejar de acertar con él? Quedaban pocas semanas para que Harry y Ginny se volvieran a separar. Qué ganas tenía Harry de que Ginny terminara de estudiar en Hogwarts. Tenía tanto que organizar, tanto que preparar para cuando llegase el momento. ¿Pero era Grimmauld Place un sitio adecuado para vivir los dos? Eso era cuanto podía ofrecerle a Ginny. A menos que…

Tuvo una idea escalofriante, pero a la vez inquietante. ¿Y si se iban a vivir allí? ¿Era buena idea? En ese momento una cabellera pelirroja asomó por la puerta.

—Harry, es la hora de cenar. Bajemos —dijo Ginny.

—Ya voy, Ginny —y le sonrió.

—¿Se puede saber por qué esa mirada de misterio? —preguntó Ginny.

—No lo sé, me siento feliz —y le dio un beso.

Bajaron juntos a cenar cogidos de la mano con fuerza. Harry se reía con ganas de un chiste que Ginny le había contado. Había encontrado en ella la paz necesaria tras varios meses de lucha. Y eso era algo que nadie había logrado conseguir en Harry, pensar en alguien que dejara siempre de lado los problemas, y que con solo imaginarse que estaba a su lado le provocara una sonrisa extraña, pero alegre.

La cena, para sorpresa de Harry, que había trabajado mucho fuera, fue tranquila. Todos se sentaron alrededor de una mesa enorme y larga, llena de platos de cerámica muy bonita y copas de cristal. Había de todo para servirse: pollo asado, pastel de carne, cordero… Harry, que le rugían las tripas después de una tarde intensa mareando gnomos y evitando que volvieran, se sirvió un poco de todo. La comida era una delicia, y la señora Weasley sólo había estado en la cocina unas horas. Sospechó, con una sonrisa de oreja a oreja, que habría utilizado el libro de cocina que había en la repisa de la chimenea que vio Harry la primera vez que entró en La Madriguera muchos años atrás: Cómo preparar un banquete en menos de un minuto.

Después de la cena, se sentaron todos alrededor de la chimenea viendo al pequeño Teddy cambiar de color de pelo constantemente, amenizando la noche sin saberlo a aquellos que estaban mirándolo. Después, la señora Weasley repartió tazas de chocolate caliente, y -¡Cómo no! decía Fleur en voz baja, desesperada- se escuchaban algunos compases de una de las canciones de Celestina Warbeck. Después de recordar a Fred, Remus y Tonks, todos apuraron la taza de chocolate, despidieron a los invitados, y se dispusieron a subir a sus dormitorios.

11​

VISITA INESPERADA​


Las Navidades habían acabado, y con eso volvieron los estudios. Ginny y Hermione habían regresado ya a Hogwarts a través de la Red Flu, y esperaban volver a verse en las vacaciones de Pascua. Los días se hacían agotadores, y el pesado libro de McGonagall se ponía más complicado de entender. Harry y Ron, desesperados, bajaban al pueblo a tomarse una cerveza para despejarse de vez en cuando.

Un día, Harry vio a un chico que estaba sentado en una de las mesas del bar, solo y con un libro. Vio que se trataba de un libro de autoescuela. Aquel chico tendría su edad, y lo miró pensativamente. De niño, había deseado muchas veces poder conducir un coche, sin sentir las miradas amenazadoras de tío Vernon clavadas en su nuca. Harry sabía que los Dursley jamás le habrían pagado el carnet. Harry le murmuró a Ron que le esperase allí y se acercó al chico. No era mucho más alto que Harry, tenía el pelo de color marrón y los ojos negros, que iban a mucha velocidad cuando leía el libro que tenía entre manos.

Harry se sentó en una silla al lado de él y el chico interrumpió su lectura. Harry le sonrío y le preguntó por el libro con un coche rojo grande en la portada que tenía sujeto. Él le respondió que iba a la autoescuela local de Ottery Saint Catchpole y que llevaba un mes estudiando para presentarse al examen teórico. Tras averiguar dónde estaba la academia, Harry invitó al chico a un café, dándole las gracias.

Ron, que había estado siguiendo toda la conversación desde la barra, al llegar su amigo le preguntó que ocurría. Harry sonrío, y con una sonrisa indiferente, le explicó:

—Voy a hacer el examen de conducir de los muggles.

Ron lo miró extrañado, sin saber que decir. Dio un último trago a su bebida y volvió a mirar a Harry con la misma expresión.

—Muy bien, Harry, pero no esperes que yo haga también ese examen con esos locos muggles al volante —replicó Ron.​
—Ron, tú ya has hecho un vuelo de horas al volante con destino Hogwarts. Si hay alguien más loco que tú, merecerá la pena conocerlo —y ambos rieron.

—Vale, vale, haré el examen contigo —concedió el pelirrojo—, pero no le digamos nada a Hermione de momento, sino se preocupará.

—¿Estás seguro de eso? —preguntó Harry.

—Me va a caer una igual, así que, prefiero no molestarla ahora —respondió Ron, encogiéndose de hombros.

Esa misma tarde, Harry y Ron se acercaron a la autoescuela del pueblo y los dos comenzarían a estudiar la semana siguiente. Harry, que tenía una cantidad de dinero muggle que había cambiado en Gringotts, pagó las tasas de los dos.

Ron miraba extrañado el libro ya en La Madriguera. Todas esas palabrejas que no comprendía se le antojaban muy raras, y ponía muecas cada vez que no entendía algo. Harry tenía que hacer un doble esfuerzo por entender y explicarle a Ron cómo funcionaban las señales o los semáforos. El señor Weasley era a veces un incordio más para Harry, pues cuando llegaba del trabajo le encantaba coger el libro de Ron y leerlo detenidamente, mientras se lamentaba de haber perdido aquel Ford Anglia que tuvo años atrás. Molly, cada vez que lo mencionaba, hacía más ruido en la cocina con las sartenes y las ollas y Arthur le devolvía el libro a Ron y se recostaba en el sofá a leer El Profeta.

Las semanas pasaban, y Harry y Ron iban a clase en el pueblo para desconectar de los libros de formación de aurores. Allí, atendiendo a clase, Ron copiaba todas las notas que hacía Harry, que, por una vez, quitando el año con Slughorn en Pociones, comprendía prácticamente todo lo que decía un profesor que no fuera de Defensa contra las Artes Oscuras.

—Te juro que un día me explota la cabeza con estos libros muggles -se lamentó Ron, cansado después de la cena, mientras repasaban las señales de tráfico.

—Ánimo, Ron. Ya mismo Harry y tú os presentáis al examen, y necesitáis estar concentrados —le animó el señor Weasley detrás de su periódico.

Harry escribió a Ginny diciéndole que tendrían el examen teórico a finales de las vacaciones de pascua, y que no le dijese nada a Hermione, pues Ron quería darle una sorpresa, pues ya tenía bastante con los esquemas que Hermione les enviaba periódicamente a los dos. Él a cambio recibió una carta en la que no decía nada bueno acerca de no haberle contado a ella lo del examen de conducir muggle que iba a hacer. Harry le envío bombones caseros de la señora Weasley en señal de disculpa.

Los meses seguían pasando y Ron empezó a mejorar mucho con el examen teórico del coche. Pero estaban más agobiados que nunca. Fletcher había pasado últimamente varias veces por La Madriguera para comprobar los esfuerzos de Harry y Ron, y cada día parecía menos satisfecho con sus gestos hacia ellos. Debían empezar a dejar las distracciones de lado si no querían perder la oportunidad de entrar en la Oficina de Aurores. Harry, a regañadientes, tuvo que poner la foto de Ginny y Teddy encima de la mesilla de noche, pues podía tirarse horas enfrente de la misma sin hacer nada. También redujo el carteo con la chica, pues siempre que llegaba algún mensaje suyo se tiraba el día leyendo su carta. A Ginny y Hermione, por el contrario, les iba muy bien. Ellas habían aprovechado muy bien sus visitas a la biblioteca y llevaban al día sus deberes. Ron y Harry comenzaron por fin una parte más práctica de sus estudios, y al menos arrancaron unos cuantos elogios de Fletcher un día antes del examen de conducir muggle.

—Seguid así, chicos, y pronto nos veremos trabajando codo con codo en el Ministerio. Kingsley se alegrará de que le lleve buenas noticas vuestras —dijo el jefe de la Oficina antes de desaparecer entre las llamas de la chimenea de la cocina de La Madriguera, con una servilleta cargada de las famosas tostadas de mantequilla de la señora Weasley.

Con los ánimos renovados, Harry y Ron esperaron a que Ginny y Hermione llegaran aquella tarde por vacaciones (solo iban a estar dos días más después del examen de conducir y después volverían a Hogwarts). Ginny y Harry desaparecieron cuando Ron tuvo la valentía de contarle a Hermione que llevaba unos meses preparándose para el examen teórico de conducir, y refugiados en la habitación de Harry, ambos reían como la novia del pelirrojo le gritaba, imitando muy bien a la señora Weasley, que estaba de parte de Hermione.

Una vez pasó todo, Hermione volvió a mostrarse más simpática con Ron y le estuvo ayudando a repasar todo el examen. Harry, que ya conocía todo y había asimilado muy bien los conceptos desde el primer día en la academia, se permitió el lujo de pasar la tarde con Ginny en su rincón favorito, el huerto de árboles frutales.

Al día siguiente, Harry y Ron se despertaron temprano para desayunar y aprovechar los últimos ratos de repaso. Antes de irse, el resto de la familia estaba ya a la mesa y los despidieron, deseándoles suerte. Ron iba un poco pálido al lado de Harry mientras salían por la puerta de la casa. Era la primera vez que haría un examen fuera de Hogwarts, y encima era de los muggles. Harry tuvo que animarlo hasta que entraron en la sala, enseñaron carnets de identidad falsos y se sentaron a esperar que les dieran las instrucciones del examen.

Una hora después de ir respondiendo a las preguntas que les habían hecho, Ron descubrió que no lo había hecho tan mal y volvieron muy contentos a La Madriguera, donde les esperaban todos. Después de contar como les había ido en el examen, comieron un banquete especial que la señora Weasley había preparado para la ocasión. Bill había ido, pero no Fleur.

Después de comerse el postre, se fueron todos al salón, y Fleur apareció de repente. Harry la veía diferente, hasta que cayó en la cuenta cuando Bill anunció:

—Familia. Fleur y yo… ¡vamos a ser padres de una niña!

La señora Weasley dejó caer una copa de cristal que tenía en las manos y corrió a abrazar a los futuros padres. Harry también fue a felicitar a Bill y Fleur, muy feliz de la noticia.

—¿Pero cómo es que no habéis dicho nada? —preguntó la señora Weasley.

Teníagmos miedo —dijo Fleur, sollozando —de que el bebé trajera consigo algún tipo de maldición, como Geyback mogdió a Bill…

—Sí, estábamos un poco asustados —continuó Bill—, porque aparte no esperábamos esta noticia nosotros tampoco. Fuimos a San Mungo, y después de varias exploraciones, no han dado con que la niña tenga algún problema.

La noticia era excelente, y Bill trajo whisky de fuego para todos para celebrar la noticia. Bill y Fleur se fueron, pues los padres de ella vendrían a visitarlos a El Refugio y se quedarían unos días con ellos. Gabrielle también iría, y Ginny, al oír que Fleur le dijo a Harry que ella había preguntado por él alguna vez, no pudo reprimir una mueca de desagrado cuando la esposa de su hermano no pudo verla.

Los resultados de los exámenes de Harry y Ron llegaron dos días después, ambos habían aprobado, así que fueron a celebrarlo con sus amigos de la academia del pueblo, y les presentaron a Ginny y Hermione.

* * *​

Por fin iba acercándose la fecha en la que Ginny y Hermione se examinarían de sus ÉXTASIS. Harry volvía a notar ese cosquilleo de que volvería a ver a Ginny pronto. Pero ahora debía poner todos sus esfuerzos en los estudios y en el carnet de coche. Dos veces a la semana, Ron y Harry abandonaban la cómoda y calentita Madriguera para ir por el sendero que los conducía a Ottery Saint Catchpole.

El señor Weasley había conseguido prestado —eso decía él— un coche del Ministerio, y Harry y Ron practicaban por las tardes también por los alrededores de La Madriguera. Lo que no sabía el señor Weasley es que Harry y Ron no ignoraban que el también cogía el coche y le hacía modificaciones. También estaba reparando la moto de Sirius, y Harry estaba deseoso de poder cogerla.

Hermione le mandaba cartas a Ron deseándole mucha suerte, pero dejando claro que ni se le ocurriera de ninguna manera hechizar al examinador si éste le suspendía. Ron se quejaba mucho de esas respuestas de Hermione. Ginny, en cambio, parecía confiar plenamente en Harry.

Al poco, Harry y Ron bajaron al pueblo para hacer su examen. Ron estaba tan nervioso que se había saltado el desayuno. Bajaron la cuesta hacia el pueblo mientras conversaban de quidditch para distraerse y no pensar. Allí se encontraron con John Stuart, uno de los compañeros de la autoescuela. El primero en examinarse fue John, y no lo hizo nada mal… hasta que se saltó una señal de Stop que no había visto en un cruce. El siguiente en examinarse era Harry.

Harry se imaginó que iba a bordo de una escoba, y el trayecto se le hizo fácil. Salieron a la autopista, y le hicieron maniobrar por un viejo polígono industrial. El examinador parecía que no le había desagradado mucho Harry, y le dedicó una sonrisa cuando cambió el turno con Ron.

Harry suplicó varias veces en silencio por su vida cuando Ron tomaba algún giro muy temerario, pero en principio no lo hacía mal. Harry vio al examinador tomar muchas notas, y cuando llegó la valoración de Ron, Harry juraría que vio sacar la varita a Ron. De todas formas, los dos amigos habían aprobado y contentos, fueron a celebrarlo con los demás compañeros de la autoescuela que habían aprobado también.

La semana anterior de que Harry y Ron fueran a recoger a Ginny y Hermione, Harry cayó en la cuenta de que no había ido a Privet Drive a recoger la sorpresa que Ginny había dejado para él allí. No sabía cómo iba a presentarse allí, ni que excusa pondría para poder entrar en su dormitorio. Escribió a Dudley diciéndole que iría al día siguiente a visitarlos para darles una noticia.

A la mañana siguiente, Harry y Ron habían preparado bocadillos para hacer el viaje a Surrey, y tenían la mochila lista. Pero Harry no encontraba sus vaqueros favoritos. Al final, tuvo que escoger unos que le quedaban chicos a Ron a regañadientes. Tampoco encontraba muchas cosas que le pertenecían en su cuarto, pero la señora Weasley no sabía darle una respuesta.

Al final salieron hacia Little Whingign después de un suculento desayuno que la señora Weasley les había preparado a los chicos. Harry conducía mientras Ron iba dormido en el asiento de al lado. La música invitaba a dormir, la verdad, no había nada con un ritmo más alegre, pero, pensó Harry, al menos no era la música repetitiva de Celestina Warbeck.

Llegaron a Little Whingign casi a la hora de comer. Harry se plantó delante del número 4 de latón. Había una vecina asomada a la ventana, y cuando Harry la miró instintivamente, ella rápidamente corrió la cortina. Harry había olvidado con la felicidad de La Madriguera que allí era aquel chico Potter que iba a la escuela San Bruto. No pudo contener una sonrisa irónica, y llamó a la puerta.

La puerta se abrió de manera tan rápida que Harry pensó que alguien le había echado un maleficio a la misma. Pero allí no había un mago, sino la figura de su primo Dudley Dursley, que le estaba tendiendo la mano. Harry se le estrechó, y juntos atravesaron el vestíbulo.

—¿Cómo has estado, Harry? —preguntó su primo.

—Pues bien, la verdad. Tengo noticias, también.

—¿Qué clase de noticias? —preguntó Dudley, emocionado.

—Lo sabrás a su tiempo, grandullón.

Tía Petunia y tío Vernon estaban sentados viendo la tele, sin saber quién había entrado a su casa. Cuando Dudley anunció que tenían visita, tía Petunia se giró en su sillón.

—Oh, ¿eres tú Peonci…? — y calló al ver que aquella persona que pensaba que estaba junto a su hijo no era ni más ni menos que su sobrino Harry.

—Hola —dijo Harry.​

—Chico, ¿qué haces tú aquí? —preguntó tío Vernon, extrañado.

—Solo… he venido a haceros una visita, saber que todo está bien por aquí. ¿No os había avisado Dudley de que venía?

El silencio que hubo en la sala respondió a Harry.

Dudley fue a hacer té y Harry tomó asiento en el salón. Ninguno de los tres sabía que decir, y cuando llegó el té se aliviaron de tener algo que hacer.

—Bueno, Harry, ¿qué son esas noticias que decías que tenías? —preguntó Dudley, y dio otro sorbo a su taza.

—Bien... esto... he aprobado el examen de conducir —dijo Harry entrecortadamente.

—¿Ah, ¿sí? —preguntó tío Vernon.

—Felicidades, Harry —dijo Dudley que volvía a estrecharle la mano.

—Gracias, Dudley. Bueno, también quiero deciros que voy progresando en mis estudios de la policía de mi gente, y que seguramente este verano me mude a la casa de mi padrino con Ginny. Todavía no sé cómo proponérselo, pero seguramente vaya allí con ella. Es en Londres, por si un día os pasáis —no decía aquello último en serio, pues no imaginaba a sus tíos visitando Grimmauld Place.​
—Eso… eso son buenas noticias, chico. Me alegro por ti —dijo tío Vernon.

Harry, sin creérselo, le dio las gracias. Después de otro silencio incomodo, Harry informó de que iba a recoger algunas cosas de su cuarto, y como nadie le dijo lo contrario, subió a su habitación. Todo estaba igual que como lo había dejado en junio cuando fue con Ginny. Bueno, no todo. Encima del escritorio había un sobre escrito con tinta dorada que decía:
A Ginevra Molly Weasley.
Habitación del primer piso.
La Madriguera.

Harry sacó la carta del sobre, ya abierto, y comenzó a leer.​
Estimada señorita Weasley.
¡Estamos encantados de haber dado con usted! Con cómo estaban las cosas hace unos meses, temíamos que esta carta nunca llegase a su destinataria. Si está leyendo esto, es buena señal, la lechuza hizo bien su trabajo.
Le comunicamos que la oferta que le hicimos hace tiempo para que sea una jugadora más de nuestro equipo sigue en pie, esperando a que termine de decidir sus pasos después de Hogwarts y sus exámenes, que esperamos le vayan muy bien.
Esperamos su lechuza de vuelta lo más pronto posible, pues nos encantaría poder disfrutar de su talento como cazadora de nuestro equipo. Tiene un talento muy natural y un estilo muy agradable a la vista del espectador y aficionado al quidditch.
Sin más,
Se despide con un cordial saludo,

Gwenong Jones,

Capitana del Arpías de Holyhead.

Así que ese era el gran secreto de Ginny. ¡Sería jugadora del Arpías de Holyhead!

—Veo que ya has leído la carta de tu novia, Harry —dijo una voz femenina detrás del chico.

—Oh… sí —respondió Harry a su tía, que no pasaba del umbral de la puerta.​

—Creo que esa carta tiene noticias importantes, Harry, y seguro que son para ella un sueño. No dejes de apoyarla nunca.

Y sin decir más, tía Petunia desapareció.

—Lo haré tía, lo haré.

12

¡SORPRESA!


El expreso de Hogwarts iba aminorando su marcha. Llegaban ya a Londres. Por el pasillo se escuchaba a los estudiantes recogiendo sus cosas o aprovechando las últimas horas del viaje para hacer magia. Se oían también las lechuzas, que con tanto alboroto comenzaban a ulular muy inquietas.

En el vagón de Ginny y Hermione, Luna y las compañeras de Gryffindor de las dos comenzaron a cambiarse y ponerse ropa muggle para cuando abandonaran la estación de King's Cross por la barrera del andén 9 y ¾ rumbo al mundo no mágico. Todas se habían prometido verse de vez en cuando, pues era su último año en Hogwarts y por fin habían acabado los ÉXTASIS, la máxima titulación que ofrecía el colegio.

Pero Ginny tenía más emoción por llegar a Londres por quien le esperaba allí que por haber acabado sus exámenes. Por fin él se había enterado de cuál era el secreto que había dejado al muchacho en Privet Drive casi a finales del verano pasado. A decir verdad, se moría por que el tren parase ya y poder ver sus ojos verdes y escucharle hablar. Habían sido varios meses de pocas cartas y no verse porque ella tenía mucho que estudiar, pero ¿qué más daba eso? Ella iba a hacer otra cosa diferente, algo con lo que nunca habría soñado, pues nunca imaginaría que fuera tan buena como para que la llamasen desde una organización profesional.

El tren paró en la estación, y la chica saltó a los brazos del muchacho que la estaba esperando. Por fin había acabado el año más duro para los dos, por fin estaban juntos. Ginny abrazó también a su hermano, que había ido a buscar a Hermione. Los cuatro, muy felices de por fin estar juntos, avanzaron por la barrera del andén. Allí, cogieron el coche que el ministerio les había prestado a Harry y Ron, y tomando la autopista en dirección La Madriguera, abandonaron Londres.

Por el camino, Ron, Hermione y Ginny iban acabándose las golosinas que ellas habían comprado en el tren mientras Harry iba al volante. Lo fácil hubiera sido aparecerse directamente en La Madriguera, pero desde que Ron y Harry tenían el carnet de conducir muggle aprovechaban para coger un coche cuando podían. Ginny iba delante con Harry, y éste le indicó como poner la radio y escuchar algo de música.

Llegaron a La Madriguera en unas horas, y allí estaba la señora Weasley y un funcionario del Ministerio, esperándolos. Se hicieron hueco entre las gallinas y se acercaron hasta donde había aparcado Harry. Después de descargar el equipaje del maletero, el funcionario se despidió amablemente y desapareció de la vista con el coche a través del sendero que llevaba hacia el pueblo de Ottery Saint Catchpole .

Harry y Ron ayudaron a las chicas a instalarse en la habitación de Ginny, en el primer piso y les dejaron tiempo para que se pusieran cómodas. Ya solas, Ginny, sonriendo, le dijo a Hermione:

—Tengo un secreto que contarte.

—¿Un secreto? ¡Caray! Dime de que se trata —dijo Hermione, emocionada.

—Pues que no voy a deshacer mucho el baúl —anunció Ginny sin ceremonias, como si fuera una frase normal.

—¿Qué no vas a des…? ¡Ginny! ¿Significa eso que…?

—Sí, que me voy a vivir con Harry —dijo ella emocionada.

Hermione abrazó a Ginny. Las dos comenzaron a sollozar, llenas de ilusión.

—Pero cuéntame, ¿cómo es eso?

—Bueno, él aun no lo sabe, pero no es impedimento. Una noche, estaba sola en el cuarto después de llegar la primera de la biblioteca. Estaba algo cansada, y me puse a pensar que pronto volvería a casa y estaría por fin con Harry. Y pensé en la oferta del equipo, y me dije: oye ya soy mayor para vivir con mis padres. Charlie y Bill se mudaron nada más acabar Hogwarts, los gemelos también. Percy fue el único que se quedó. Ron no acabó, y aquí siguen los dos idiotas estudiando, esperándonos. Pues bien, aquella noche, sin siquiera pensarlo, pensé en cómo sería nuestra vida. Suponía que, si Harry me pedía que me fuera con él, me llevaría a Grimmauld Place. Entonces, pensé en Kreacher, y de repente apareció. ¿Llamaba la joven ama Weasley?, me dijo él. Así que le pregunté cómo es que se había presentado ante mí, y me explicó que Harry le había dicho que cuando nosotras necesitáramos ayuda, él debía intentar ayudarnos. En definitiva, como había estado pensado en mudarme con él, le pregunté si la casa seguía habitable, y él me dijo que sí, que estaba muy limpia y muy cambiada, incluso más que el verano pasado. Le pregunté si podía hacer algunas modificaciones allí, y él amablemente me dijo que no había problema. Se desapareció, y al cabo de unas semanas volvió a presentarse delante de mí. Nos escondimos en un aula vacía, y me enseñó las fotos de cómo estaba la casa. Ya no era tan oscura, sino que la luz conseguía abrirse paso entre las ventanas limpias, y había cambiado el papel de las paredes, ahora de un color verde muy bonito. Además, había decorado la casa con cuadros, y eliminado todo rastro de la familia Black que tanto odiaba mi madre cuando estuvimos varios veranos antes allí. Él había escondido el retrato de la señora Black en un sitio que él conoce —pero fuera de la casa, joven ama Weasley, me aseguraba— y ahora es muy habitable. Está todo dispuesto para que Harry se lleve la sorpresa.

—¡No me digas! Qué alegría. Jo, Ginny, ¡qué envidia me das! Ya me gustaría que el ceñudo de Ron me llevase también a vivir con él. Pero antes, viviremos unos días con mis padres, quiero que terminen de conocerse bien. Cuando fuimos a Australia era muy poco tiempo del que disponíamos, pues en nada yo debía volver a Hogwarts —en el rostro de su amiga se podían ver restos de emoción contenida.

—Podéis venir a visitarnos cuando queráis, os lo agradeceríamos mucho —le respondió Ginny con una sonrisa.

—¡Pues claro que sí! —dijo Hermione, alegremente—. ¿Pero desde cuando lo tienes decidido, Ginny? Es decir, ¿desde cuándo tenías la idea de irte con él?

—Desde que cogí en brazos al pequeño Teddy Lupin. Desde ahí supe que era una de las dos cosas que quería en mi vida. Y esa es otra pequeña sorpresa. Andrómeda nos ha dejado que cuidemos de Teddy hasta el bautizo, que es en julio, y Harry no sabe nada. Se llevará una buena sorpresa cuando vea a Andrómeda visitarnos allí. Así que tendremos un bebé, un bebé temporal —dijo Ginny.

Ambas amigas rieron y volvieron a abrazarse. Terminaron de cambiarse y bajaron a comer cuando la señora Weasley subió a anunciar que estaba lista la comida.

Ginny y Harry por fin iban a estar juntos, sin nada que los separase. Harry estaba muy feliz de que su chica estuviera de nuevo con ella, sabiendo que no volvería ya a Hogwarts. Pero Ginny estaba un poco inquieta, y para su fortuna, Harry no lo había notado. Se acercaba el momento de revelar dos cosas muy importantes.

La primera por fin lo sabía Harry. La noche en la que volvió Ginny a La Madriguera, ella y Harry estuvieron horas y horas en el huerto de árboles frutales hablando de la oferta que Ginny había recibido de las Arpías de Holyhead. A Harry le entusiasmaba la idea de que Ginny jugase allí, y ella siempre le decía que parte de la culpa de que fuera tan buena era de él, pues él había su entrenador un año completo en Hogwarts y había mejorado mucho siguiendo sus consejos. Ginny estaba cumpliendo uno de los sueños que Harry había tenido, ser jugador profesional de quidditch, pero el día que le dijeron que estudiara para auror, no pensaba en otra cosa.

La otra cosa que Ginny debía de hacer pronto era decirle a Harry que quería irse con él a Grimmauld Place. Ella se estaba asegurando de que las cosas de Harry desaparecieran poco a poco, y Kreacher estaba siendo de gran ayuda para ella escondiendo las cosas en Grimmauld Place. Pero no sabía cómo decírselo, pero esta vez no quiso consultar a Hermione, sino que se le ocurría a ella algo, original.

Una tarde, Ginny cogió a Harry y se lo llevó a una colina cerca de La Madriguera. Le enseñó una foto y le dijo a Harry que si podía llevarla allí. Él accedió y juntos se desaparecieron. Aparecieron al sur de Inglaterra, en Brighton cubiertos con la capa invisible de Harry para que ningún muggle los viera materializarse allí de repente. Buscaron un callejón y Ginny guardó la capa en su mochila.

Se sentaron un poco apartados de la gente que estaba disfrutando de un día de playa estupendo, y pusieron unas toallas encima de las piedras. A lo lejos se veían los acantilados blancos que decoraban el litoral británico. Allí estuvieron todo el día, disfrutando del sol. Se bañaron juntos en el frío mar y bebieron cerveza de mantequilla. Comieron emparedados de beicon que tanto le gustaban a Harry, y descansaron leyendo un libro a la sombra de una sombrilla que Ginny llevaba en su mochila (encantamiento extensor, obra de Hermione, le explicó ella, divertida). Cuando Harry fue a coger otra cerveza de mantequilla, de repente Ginny le cogió del brazo. Lentamente, le acercó la mano hacia ella y se la abrió.

—Cierra los ojos le pidió Ginny, en un susurro.

Harry obedeció, y cerró los ojos lentamente. Notó que la chica se acercaba, y mientras ella le besaba y él se dejaba llevar por las sensaciones de aquel gesto romántico, notó como en su mano había aparecido algo pequeño y un poco alargado. Cuando Ginny y Harry se separaron, él miró el objeto que tenía entre manos, una llave dorada.

—Harry, ¿no has notado que últimamente te faltan cosas en tu habitación? —le dijo mientras Harry la sostenía entre sus brazos.

—Sí, la verdad es que hace tiempo que me cuesta encontrar las cosas —afirmó Harry, con un deje de extrañeza en su voz.

—Pues bien, te faltan porque están en un lugar que conoces, y que puedes abrir con esa llave. ¿No te dice nada?

Harry volvió a mirar la llave y entonces encontró que había unas letras negras en el reverso que no había visto antes. Harry Potter & Ginny Weasley. Número 12 de Grimmauld Place. ¿Significaba eso que…?

—Ginny… ¿me estás pidiendo que vayamos a vivir juntos, los dos? —dijo Harry.

Solo tuvo que mirar la cara que Ginny tenía, con lágrimas en los ojos y una sonrisa maravillosa dibujada en la cara. Sólo pudo asentir con la cabeza, pues no le salían las palabras.

Harry la acercó a él, le dijo cuanto la quería, y la volvió a besar. Por fin, después de un año de estar separados, podrían estar juntos siempre. Pasaron lo que quedaba de día sentados a la sombra del parasol de Ginny, comentando lo mucho que tenían que hacer por delante. No sabían que les deparaba el futuro, pero estaban preparados para afrontarlo, sin un mago tenebroso que persiguiera a Harry ni unos exámenes que les reprimieran sus deseos de estar juntos.

Pero Harry, cuando estaban recogieron las cosas para volver a La Madriguera, tuvo un pequeño mal presentimiento. De camino al callejón, no pudo aguantar más, y se lo dijo a Ginny.

—Ginny, ¿cuándo vamos a dar la noticia en casa? —preguntó Harry.

—Creo que esta noche, cuando cenemos, porque vendrás todos —respondió Ginny con una sonrisa; verla así disipó las dudas del muchacho.

—Entonces… creo que encantado de conocerte, pequeña Ginny —bromeó él.

—¿Y eso por qué lo dices?

—Porque me van a caer unas cuantas maldiciones cuando sepan que te voy a llevar fuera de tu casa…

Y ambos rieron.

La cena para Harry fue un momento muy tenso. Estaba sentado al lado de Ginny, y estaban Bill, Fleur, Charlie, George y Percy también aquella noche.

—Mamá, papá, tengo algo que deciros —anunció Ginny, muy segura de sí misma.

Nadie respondía, sólo Hermione y Harry sabían lo que Ginny iba a decir.

—¡Me han fichado las Arpías de Holyhead!

Todos exclamaron, ni siquiera Hermione sabía de la sorpresa. Felicitaron a Ginny, y entonces, apareció Kreacher con un paquete alargado y le hizo una reverencia a Harry. Harry sonrío, y Kreacher se dirigió a Ginny.

—Para usted, ama Ginny —dijo alegremente el elfo doméstico.

Ginny cogió el paquete que le tendía Kreacher. Lo posó sobre la mesa bajo la atenta mirada del resto de comensales. Con cuidado, fue desempaquetando y al terminar de retirar el pergamino que envolvía el regalo pudo descubrir una flamante escoba nueva, una Saeta de Fuego preciosa, con una inscripción personalizada de color verde en el mango con la caligrafía de Harry: Ginny Weasley. Al verlo, Ginny no pudo contener la emoción y se echó a los brazos de Harry, besándolo, olvidando todas las medidas de prevención de enfados que habían adoptado los dos en verano. Cuando se separaron, ella le sonrió. Estaba colorada, pero muy sonriente, y solo pudo decirle gracias a Harry. Y al volverse, todos los estaban mirando muy callados. Entonces sucedió. La señora Weasley comenzó a llorar y se acercó a los dos y los abrazó muy fuerte. Bill sonrío levemente, Charlie gritó de júbilo mientras Hermione y Fleur aplaudían. El señor Weasley estaba radiante de alegría y Ron había roto el vaso, más por la envidia de la escoba que por el hecho de que Ginny hubiera besado a Harry.

Cuando se recuperaron de la sorpresa, Ginny miró a Harry, le cogió de la mano y anunció:

—También quiero deciros que… ¡nos vamos a vivir juntos!

Harry cerró los ojos y apretó con fuerzas su varita, estaba decidido a recibir los maleficios de todos los hermanos Weasley presentes. Pero al abrirlos solo tenían las varitas en alto.

—Una cosa te voy a decir, Harry —le advirtió Bill muy serio—, Ginny es la única chica de esta familia, y a la que todos hemos prometido proteger. Habrás sido El Elegido para muchos de nosotros, pero como notemos que Ginny lo pasa mal por tu culpa…

—Iremos a por ti y nos ocuparemos de que Norberta te coma a rodajitas —completó Charlie.

—¡Eso! —gritó George.

Ron estaba en su sitio, también con la varita sujeta, pero con una expresión diferente en su cara, se estaba riendo de lo que le ocurría a Harry.

—¡Basta, basta! —gritó la señora Weasley a sus hijos—. ¡No asustéis al pobre Harry! ¡Por las barbas de Merlín, Ginny, Harry, menudas noticias las de hoy!

El señor Weasley, que no había participado en la pequeña riña Weasley se levantó de su asiento, se recoló las gafas y se acercó a Harry, tendiéndole la mano.

—Enhorabuena a los dos, Harry y Ginny —y le sonrió.

Harry estrechó la mano del señor Weasley, un poco dubitativo, pero sonriendo. Los demás hermanos fueron a darle la mano a Harry también, y cuando todos se la habían dado, a Harry le dolían bastantes los dedos.​


13​

GRIMMAULD PLACE.​


Harry y Ginny comenzaron a recoger las cosas de sus habitaciones. La idea de irse a vivir juntos les entusiasmaba a ambos, y no podían estar más felices. Kreacher ayudó a Ginny a trasladar su baúl de manera más rápida, mientras Harry limpiaba a fondo el dormitorio que había sido de Charlie.

—Ahora no tendrá el mismo aspecto que tenía hace unos días, cielo, pero siempre estará preparado para cuando vengáis de visita tú y Ginny —le dijo la señora Weasley a Harry cuando este estaba terminando de meter las cosas dentro del baúl. Y le puso un par de calcetines en la colcha de su cama.

—Claro que vendremos a verlos, señora Weasley. No nos vamos muy lejos, y pueden venir cuando quieran a visitarnos. A Ginny y a mí nos encantaría que vinieran, por supuesto.

—Por supuesto, por supuesto. Ten Harry, no se te olvide meter estas camisetas —le dijo pasándole más ropa del cesto.

—Señora Weasley, no… no quiero que se preocupe. Tampoco podía vivir para siempre aquí. Aunque aquí siempre he sido feliz, y me he sentido querido. He vivido muchos momentos muy buenos, y siempre he querido considerarme un Weasley más.

Se abrazaron, y la señora Weasley terminó la maleta de Harry con una leve sacudida de varita.

—Siempre has sido un Weasley, Harry, nunca lo dudes —dijo sonriendo la señora Weasley, y bajo las escaleras con el cesto.

Una persona entró en la habitación. Ginny cogió a Harry de la mano y le dijo:

—Vamos, Harry. Nos esperan todos abajo. Es hora de irnos.

—Dame un minuto, Ginny, por favor —pidió Harry dulcemente.

—¿Estás bien?

Harry miró la habitación por última vez. Había sido verdaderamente feliz en aquella casa. Se había sentido querido, había celebrado su mayoría de edad en aquella casa y siempre era bienvenido cada verano. Podía decirse que La Madriguera había sido para él la casa que nunca tuvo.

—Estoy perfectamente. Vamos, Ginny, no les hagamos esperar, o me echaran más maleficios de los que ya tienen pensados —y rió.

Bajaron juntos de la habitación, y entraron en el salón. Allí estaban los hermanos Weasley con las varitas en las manos. Ninguno sonreía. El señor Weasley, en cambio, estaba radiante de felicidad. Mientras Ginny se iba despidiendo de cada uno de sus hermanos —para ella no había malas caras—, Harry bajaba la cabeza, no soportaba tanta tensión de gente que de verdad le apreciaba.

Cuando Ginny se despidió de Ron y Hermione, ella se encaminó a la chimenea, esperando a Harry. Él se acercó al círculo que formaban los hermanos. Todos, a excepción de Charlie, eran más altos que él, y todos ellos juntos producían mucha intimidación.

Harry, temeroso, alzó la mano para despedirse de todos ellos, pero sólo Ron se la tendió a él.

—Sed felices, Harry. Y guárdame una habitación allí, que en nada estaré allí molestándoos.

—Esa es tu casa también, Ron, ya lo sabes. Y la vuestra también. Venid cuando queráis.

Los hermanos Weasley se miraron y le pegaron una colleja a Harry.

—Hasta otra, Harry. Cuídala mucho —dijeron todos con una extraña amabilidad, y se rieron.

Luego estrecharon la mano de Harry, y para su sorpresa, esta vez no le dolía la mano.

—Pero, Harry, aunque seas uno más de la familia, como nos enteremos de que Ginny lo pasa mal... —dijo Charlie.

—No tengo intención de visitar Rumanía metido en una fiambrera —le cortó Harry, y de repente soltó una risita nerviosa.

Ante este gesto, los hermanos se relajaron en su postura y prometieron ir pronto a visitarlos.

Harry se acercó a la chimenea, mirándolos a todos.

—Muchas gracias a todos —dijo, y sonrió. Todos le devolvieron la sonrisa.

—¿Listo, Harry? —preguntó la señora Weasley, que sollozaba un poco.

—Listo —dijo feliz, mirando a Ginny.

Y los dos desaparecieron por la chimenea en dirección Grimmauld Place.

Al aparecer en la cocina de la casa, Harry comprobó que estaba muy diferente. La casa estaba muy limpia y parecía otra. Mucho más incluso que cuando estuvieron en verano con Kingsley. La luz entraba con una mayor facilidad en las estancias de la casa, y las paredes presentaban un color verde muy bonito, distinto al negro frío que presentaban antes cuando era el cuartel general de la Orden del Fénix.

Ginny estaba sonriente a su lado. Kreacher estaba ordenando las cosas de sus amos subiendo y bajando las cosas según convenían. Harry pudo ver unos de sus viejos vaqueros que se desplazaban escaleras arriba. Allí, cogiendo a Ginny de la mano, empezaba su gran aventura.

Sólo una cosa interrumpió su calma. Andrómeda Tonks acababa de aparecer por la chimenea.

—Hola, chicos.

—¡Señora Tonks! —exclamó Harry—. Qué alegría verla. ¡Hola, Teddy!

Harry guió a la abuela de su ahijado hasta el salón, donde se sentaron en unas cómodas butacas, mientras Ginny preparaba té para todos. Al volver, cogió a Teddy de los brazos de su abuela y se sentó cerca de Harry, mirando al pequeño bebé, que seguía dormido.

—¿Qué le trae por aquí, señora Tonks?

—Señora Tonks, señora Tonks… —se burló ella, divertida—. ¡Harry! Puedes llamarme Andrómeda y tutearme. ¿Cuándo vas a comprender que somos familia, chico? —dijo ella, sonriendo.

—Gracias —dijo Harry—. Bueno, ¿qué te trae por aquí, Andrómeda?

—¿Ginny? ¿Aún no le has dicho nada? —dijo Andrómeda, levantando una ceja, divertida.

—No —repuso ella— aún no hemos ni llegado, quería que fuera una sorpresa.

—¿Sorpresa?

—Harry Potter, tú aceptases ser padrino de Teddy Lupin, ¿no? —preguntó Andrómeda.

—Sí, así es —respondió él.

—Pues bien. Ha llegado el momento de que demuestres, que demostréis los buenos padrinos que vais a ser. Quedan unas semanas para el bautizo de Teddy, así que se quedará aquí unos días con vosotros —dijo ella, muy sonriente.

—¿Sí? Oh, vaya… ¡qué bien! —dijo y se giró hacia Ginny y Teddy— ¿Has oído, enano? El tío Harry y la tía Ginny se ocuparán de ti unos días.

—Quédate a comer, Andrómeda —sugirió Ginny.

—Gracias, Ginny, pero me esperan unos asuntos en el despacho de Kingsley. Le diré que le mandáis saludos. Vendré la noche de antes de la ceremonia, para dejar todo listo. Y no os preocupéis, todas las invitaciones están enviadas. ¡Pasadlo bien con el pequeño!

Ginny la acompañó hasta la chimenea, y Harry las siguió, con Teddy en brazos. ¡Cuánto había crecido! Andrómeda se despidió de los tres, y desapreció entre las llamas de la chimenea de la cocina.

—Harry, no nos podemos relajar— dijo Ginny, un poco seria—. Mamá vendrá con todo el séquito Weasley para ver la casa tal como ha quedado, y querrá hacer de comer aquí para todos. Deja a Teddy en la habitación de Regulus, allí estará cómodo.

Los días pasaban muy felices en la nueva residencia Potter. Teddy tenía encantados a los propietarios de la casa como a todos aquellos que iban a visitarlos. Harry caía rendido cada noche, pues Harry debía seguir estudiando y Teddy daba mucho trabajo, que entre Ginny y él debían llevar con mucha dedicación.

La mejor de las tardes fue una en la que Ron y Hermione fueron a comer a Grimmauld Place y Bill apareció por la chimenea del salón. Al verlos, todos se acercaron y vieron su rostro de felicidad.

—¡Ha nacido! ¡Ha nacido! Ya ha nacido la pequeña Victorie Weasley. Es igualita a su madre, mirad —y les enseñó la foto, lleno de emoción.

Días después, dos antes de la ceremonia de Teddy, se reunían todos en La Madriguera para recibir a la nueva integrante de la familia. La señora Weasley fue la persona que más tiempo sujetó a la pequeña Weasley. Cuando fueron a comer, ella y Teddy estaban dormidos, y los pusieron muy juntos en unas camas con barreras que Hermione hizo aparecer en mitad del salón mientras los adultos comían. La felicidad completa había vuelto a la familia Weasley.
* * *​

Andrómeda llegó a Grimmauld Place la víspera de la ceremonia de Teddy. Ginny, Hermione y ella pasaron horas buscando ropa y ropa para Teddy, mientras a Harry le mandaban organizar el resto de cosas. Si no llega a ser por Ron y Kreacher, Harry no hubiera tenido tiempo para organizarlo todo.

La ceremonia se haría en el huerto de los árboles frutales de La Madriguera, y Bill había contratado la misma empresa de toldos mágicos que había montado su carpa el día de la boda. Harry prefería una pequeña, donde cupieran solo los más allegados a la familia del pequeño de los Lupin. Allí, Ron y Harry colocaron sillas, un estrado para el hombre que oficializaba la ocasión, globos, y las bebidas y canapés. La pequeña Victorie Weasley también obtendría a sus padrinos —Charlie Weasley y Gabrielle Delacour— en el mismo día que Teddy, por lo que haría que la ceremonia fuera más bonita aún.

La señora Weasley tenía preparada varias mesas grandes para que Harry y Ron las colocaran justo después de la ceremonia para que todos pudieran comer, pero ella estaba muy ocupada con Fleur, madame Delacour y Gabrielle buscando también el conjunto ideal para la pequeña Victorie. Monsieur Delacour fue el encargado de hacer aparecer unos bonitos manteles blancos para las mesas, y con su varita hizo que éstas tuvieran las misma altura y anchura para que el conjunto final pareciera una única mesa gigante, como las que había en el Gran Comedor. Tuvieron que reforzar unas sillas para Hagrid, que ya había roto dos el día de la boda de Bill y Fleur.

El día de la ceremonia fue tranquilo. Miembros de la Orden, la familia Weasley, la familia Delacour, Andrómeda Tonks, Hermione y Harry eran los presentes, tampoco hacía falta mucho más. La ceremonia fue corta y solemne. El menudito mago que siempre iba a todos los eventos que a los que Harry había asistido fue el encargado de oficiar la celebración.

Cuando pasó la media hora de un discurso en el que se mencionó a los caídos en Hogwarts, la alianza de la amistad y el futuro nuevo que esperaba, llamó a Harry, Ginny, Charlie y Gabrielle al estrado para que dijesen unas palabras sobre sus ahijados.

—Yo, Charles Weasley, prometo ser un padrino fiel y protector para ti, Victorie Weasley, siempre atento a tu crecimiento y tu evolución como persona.

—Yo, Gagbielle Delacour, prometo seg la mejog magdina paga ti, Victorie Weasley, siempeg dispuesta a ayudagte a seg la mejog pegsona posible y ayudagte a creceg en espigitu y bondag.

—Yo, Ginevra Molly Weasley, prometo cuidar, proteger y ser la mejor madrina para ti, Edward Remus Lupin, para verte ser un muchacho alegre y reconfortarte siempre de los malos momentos.

—Yo, Harry James Potter, te prometo a ti, Edward Remus Lupin, cumplir la tarea de padrino que me encargaron aquéllos que se sacrificaron para que tuvieras un futuro feliz y libre, ayudándote a evolucionar como persona y mago.

Después de los discursos, todos aplaudieron con ganas, y los padrinos entregaron a sus padres y Andrómeda a los pequeños.

Comieron con ganas, celebrando que la familia había crecido por fin. McGonagall y Hagrid, representando a Hogwarts, estuvieron un rato con los padrinos, hablando sobre el futuro que tendrían los mismos en la escuela. Kingsley Shacklebolt había dejado apartada una reunión con el ministro de Bulgaria para poder asistir al evento. Andrómeda sonreía tristemente, pues extrañaba mucho a su marido, hija y a Remus, a quienes les habría encantado estar presentes. La guerra era muy cruel, pensó Harry, pues Teddy tenía el destino que tuvo Harry cuando nació: perder a familiares por culpa del ascenso de la magia oscura. Trató de olvidar todo aquello, se sirvió un vaso de wiski de fuego y se puso a reírse de los chistes que contaba Charlie sobre dragones.

Teddy y Victorie se miraron un par de veces. Aunque ella era muy pequeña, desde los brazos de su madre miraba a todo el mundo, como si pudiera comprender todo lo que sucedía a su alrededor.

—Seguro que serás un buen padrino, Harry —le dijo Hagrid cuando nadie los escuchaba—. Sé que Sirius te apreciaba desde el día que naciste, y aunque pasara doce años injustamente encarcelado, creo que los dos años que pudiste conocerlo has podido aprender mucho de él. Toma, Harry esto es para ti.

Harry vio que le tendía Hagrid. Era una foto que nunca había visto antes: él y Sirius estaban de pie, los dos con el pelo muy negro, sonriendo. Harry era un bebé en los brazos de Sirius Black, que no paraba de mirarlo muy alegre, acariciando el pelo del niño.

—Gracias, Hagridrespondió él, emocionado.

Si Sirius podía verlo desde donde estuviera, se volvió a jurar que intentaría ser el mejor padrino para Teddy, y no sólo por Sirius, sino por Remus y su padre. Harry cerraba el círculo de amistad y confianza de Los Merodeadores.

La fiesta duró hasta muy entrada la noche. Los invitados se iban desapareciendo tras dejar regalos para los niños. A Harry y a Ginny les regalaron también una bandeja de plata pequeña —de parte de Arthur Weasley, que se había enterado cómo funcionaba los bautizos muggles, pero aunque la bandeja correspondía al bautizado, Harry no quiso quitarle la ilusión al señor Weasley— y decidió colocarla como un trofeo en el salón, dentro de una vitrina donde había colocado una réplica del Torneo de los Tres Magos, la copia falsa de la espada de Gryffindor que había en el despacho de McGonagall, la Copa de las Casas y las tres Copas de Quidditch que había ganado en sus años en Hogwarts. Teddy merecía también ese honor.

14​

LAS ARPÍAS DE HOLYHEAD Y OTRA VEZ KING'S CROSS​



Harry y Ginny no podían ser más felices. Teddy se quedaba en casa todos los fines de semana y lo llevaban a un parque cercano de la casa. Estaba aprendiendo a andar, y a controlar sus cambios de imagen con mucha más precisión. Hermione había encontrado una manera de que le durase un color de pelo castaño durante unas horas para no llamar la atención de los muggles.

Pero al llegar el verano a su fin, Ginny tenía que dejar a Harry solo varios días en semana. Ginny tenía que viajar a Holyhead, al norte de Gales. Al principio, Harry no lo llevaba nada bien, y Ron iba a casa de Harry para acompañarlo. Con el paso de los días, Harry iba a visitar a Teddy con Ron y aprendió a vivir sin Ginny cuatro días semanales. No se le hizo tan difícil una vez se acostumbró, pues el año separados en Hogwarts le había enseñado mucho.

Una de las ventajas de Harry respecto a que su novia jugara de forma profesional al quidditch es que tuvo la oportunidad de conocer a varias personas ilustres dentro del mundo de ese deporte. Harry ya era una celebridad doble en la comunidad mágica, pero aquellas personas se habían ganado su fama de una manera a la que Harry le habría encantado.

Ginny invitó a Harry a la segunda semana de entrenar a conocer a las Arpías de Holyhead, donde por fin coincidió con Gwenong Jones, capitana y bateadora del equipo. Ella había estado el día que el equipo de Gryffindor, capitaneado por Ginny en ausencia de Harry por el castigo de Snape, contra Ravenclaw, donde jugaba Cho Chang. Después de la exhibición de Ginny, Gwenong tuvo unas palabras con ella, y decidió ficharla, pero para su sorpresa, Ginny no era buscadora en Gryffindor, sino cazadora.

Las Arpías eran un equipo muy alegre, y en contradicción con lo que Hermione había dicho después de una de las fiestas del profesor Slughorn, Gwenong le pareció muy simpática y ella le ofreció un día entrenar con ellas.

Harry nunca había acabado tan exhausto después de un partido de quidditch, ni siquiera con Oliver Wood, que era quien más ejercicios físicos les hacía hacer. Aquellas chicas volaban como águilas, y aunque Harry mantenía el nivel de vuelo para ser suplente en un equipo profesional, desde luego el físico no era el adecuado. La buscadora de las Arpías, Maggie Johnson, atrapaba las snitch más rápido de lo que Harry podía recordar, y aunque Harry demostraba con ahínco sus habilidades, siempre se veía superado.

Poco a poco, Ginny se fue haciendo un hueco en el equipo. Su amiga Mary McDonald, también cazadora suplente, era su principal apoyo. Entrenaban muy duro para poder jugar algún día como titulares en el equipo, y Gwenong siempre les decía que llegarían lejos si seguían en ese plan.

Pero Ginny nunca sospechó que debutaría en un partido tan especial.

El derbi contra el Puddlemere United prometía mucho. Al contario que ellas, estaba formado ese año solo por hombres, por lo que sería un duelo con más interés. El sorteo del calendario había deparado que empezaron contra su máximo rival. Oliver Wood jugaba ese día como guardián, y se alegró mucho de ver a Harry antes del comienzo del partido.

Pero todos se llevaron una sorpresa cuando escucharon la megafonía anunciando la alineación titular de las Arpías de Holyhead:

—Y ya salen al terreno de juego las chicas vestidas de verde y dorado… ¡LAS ARPÍAS DE HOLYHEAD! Este equipo formando por mujeres arde en deseos de devolver la derrota humillante que el año pasado se llevaron de sus adversarios. Esperemos que hoy sea el día. Y con ustedes: ¡SMITH!, ¡ANDERSON!, ¡WEASLEY!, ¡MCFLY!, ¡JONES!, ¡FLINT! Y ¡ANDERLECHT! Hoy debuta como cazadora la jovencísima Ginny Weasley, fichaje de la capitana Jones que proviene del colegio Hogwarts, según mis informes, jugadora de Gryffindor. ¡Suerte, Weasley!

El partido no pudo ser más loco. La señora Weasley sufría cada vez que una bludger golpeaba a su hija, pero Ginny lograba librarse de ellas con mucha habilidad. Oliver Wood tuvo que hacer el mejor partido de su vida para parar los tiros de Ginny, que tenía una puntería exquisita. Se cometieron muchísimas faltas de parte de los dos equipos, y el árbitro no daba abasto. Anderlecht era mejor buscadora que el rival, pero los golpeadores del United acertaban mucho y en varias ocasiones hicieron que la buscadora local perdiera de vista la snitch. El partido era muy rápido, y Harry había perdido la cuenta de los goles que estaba marcando Ginny. La verdad que volaba muy bien, tenía un talento natural para robar la quaffle que tenía maravillado al comentarista. Las reiterativas faltas del United paraban mucho el partido, pero el público parecía contento con el espectáculo. Smith paraba lo imparable, y al final Gwenong consiguió acertar una bludger en el cazador rival, provocando que Ginny marcara sola para las Arpías. Si se daban prisa, podrían ganar de muchos puntos de ventaja.

Y así fue. Después del gol de Ginny, Anderlecht hizo el amago de Wrosnki y se dejó caer en picado. Su rival se acercó muchísimo a ella, pero cuando quedaban pocos metros, Anderlecht enderezó raudamente, y se dirigió hacia arriba mientras el buscador del United se estrellaba en el suelo. Ella llegó a los postes del gol, Ginny volvió a marcar y ¡se acabó! Las Arpías habían ganado. La exhibición de Ginny sumada a la genialidad del último minuto de Anderlecht daba alas a las Arpías para colocarse en primera posición de la Liga de Quidditch.


La actuación de la nueva cazadora de Las Arpías de Holyhead no había dejado indiferente a nadie. Era una de las cosas más comentadas de la comunidad mágica que seguía el deporte mágico por excelencia. Ginny acaparaba portadas cada vez que su equipo jugaba, pues cada vez parecía más afianzada al equipo, y la entrada de Mary Connor al equipo titular parecía que mejoraba mucho las posibilidades del equipo, que seguía primero tras haber vencido a los Chudley Cannons (Ron estuvo malhumorado tres días).

Ya nadie hablaba de ella como la novia de Harry Potter. Se había ganado su propio nombre en apenas tres partidos, todo un éxito para la pequeña de la familia Weasley. Ginny siempre volvía contenta a casa, pero nunca hablaba de su fama repentina, ni de los fans que querían su autógrafo. No. Ella llegaba a casa, abrazaba a Harry después de mucho tiempo sin verle y cuando estaba Teddy se encargaba con mucho cariño de él. Para Ginny su vida con Harry era más importante que las escobas voladoras y una pelota que te persigue para derribarte. Seguía siendo la maravillosa chica que se había ganado el corazón de Harry a base de nobleza y buena actitud hacia las desventuras.

Una noche, Harry se despertó en su cama. Ginny estaba dormida al lado de él, con el pelo suelo por toda la almohada y una sonrisa feliz. Harry sonrío. Le encantaba que ella se quedase dormida primero, así podía verla dormir mientras le abrazaba. Se levantó con una idea rondándole la cabeza, y después de comprobar que Teddy estaba bien en la cuna, fue a la cocina a por un vaso de agua. Kreacher dormitaba en su guarida —no había querido dejar su pequeño armario— muy tranquilo, y habría sido un crimen haberle llamado sólo por tener un poco de sed.

Se quedó sentado, pensativo. ¿Era el momento? ¿No lo era? Habían pasado mucho tiempo separados, y aunque vivían juntos, Harry no se veía preparado. ¿O tal vez sí? La duda le comía por dentro. Ginny era excepcional, cada día que pasaba Harry sentía que no podía querer a alguien más de esa manera. Pero siempre pensaba que no estaba preparado para el siguiente paso. Pero ese día se notaba distinto, y no tenía explicación. En sus sueños siempre se imaginaba a Ginny en la carpa de la boda de Bill y Fleur vestida de blanco y mirándole con sus ojos castaños directamente, una mirada que llegaba al corazón, parecía muy real. Tal vez Sirius, Remus o incluso Dumbledore, por no quitar a su padre, podrían haberle aconsejado, pero ellos ya no estaban allí. Harry sacudió la cabeza, ellos ya pertenecían a un pasado lejano, pues pensar en ellos era volver a pensar en el terror de la guerra que tanto estaba costándole olvidar. Se aferraba a Ginny como su fuente de consuelo y paz. ¿Pero, acaso eso no era lo que se suponía que buscaba una pareja antes de contraer matrimonio?

No fue la única noche que pasó. Empezó a ser constante la idea en su cabeza, y comprendió que no podría vivir en paz si no le pedía matrimonio a la mujer de su vida. ¿Pero sería muy egoísta de su parte pedirle a Ginny que se casaran cuando estaba empezando a destacar en el mundo del quidditch? Esa duda lo atormentaba todas las noches, cuando Ginny no estaba. No quería atarla a un destino donde ella no pudiera elegir, donde ella creyera que ser esposa de Harry Potter significase renunciar a un sueño que se había cumplido cuando acabó su séptimo año en Hogwarts. ¡No! De ninguna manera podía permitir que Ginny renunciase a la oportunidad de su vida. Se quedó dormido esta vez y tuvo un sueño muy raro.


Harry abrió los ojos. Reconocía el lugar. Había estado allí una vez, o eso creía, si no, no se acordaría. Pero no era posible. Harry seguía vivo, estaba tumbado en la cama, con Ginny durmiendo agarrado a él. Pero si él estaba allí… ¿¡qué estaría pasando!? Acaso le habían atacado y Ginny estaba en apuros. Trató de moverse, pero no podía. ¿Qué le estaban haciendo?

—Tranquilo, muchacho, serénate —dijo una voz conocida—. Ven, te ayudaré a levantarte.

Harry miró hacia donde estaba la voz, y de repente cayó que estaba tumbado. Alguien le estaba tendiendo un brazo, así que se agarró. Cuando se puso de pie, vio la figura de Sirius Black.

—Hola, Harry. Pareces muy alterado. ¿Qué te trae por aquí?

—¿Si… Sirius? ¿Eres tú?

—¡Pues claro, Harry! ¿No reconoces ya al viejo Sirius? —dijo otra voz.

Harry se giró, y los vio: Remus, Dumbledore, Tonks, su padre y su madre le sonreían. No comprendía que hacían todos ahí.

—Verás, Harry, creo que tendrás muchas preguntas de por qué estás aquí —dijo Dumbledore, con una sonrisa muy pronunciada.

—¡Profesor!... Bueno, sí, yo… Sí. ¿Qué hago yo aquí, señor? —preguntó Harry, un poco asustado.

—Bien, buena pregunta, muchacho. Pero esta vez, como la última vez que nos vimos, Harry, deberás decidirlo tú.

—¿Volvemos a estar en King's Cross, señor? —preguntó Harry, mirando a su alrededor.

—En efecto, Harry, si tú lo dices, estamos aquí —respondió Dumbledore.

—Dinos, Harry, ¿qué es lo que te atormenta? —preguntó su padre.

—Verás, yo es que… no sé si estoy preparado, papá —concluyó Harry.

—Ah, el amor —dijo Dumbledore, con un suspiro feliz.

—¡Harry! ¿Estás pensando lo que yo creo? —dijo Tonks.

—Seguro que sí, Dora —le respondió Remus, con voz tranquila—. Harry ya no es un niño, está preparándose para ser un adulto, con todas sus decisiones y responsabilidades.

—¿Harry, responsable? —rió Sirius, acompañado de James.

Harry no pudo contener una carcajada.

—Así que esa chica Weasley ha acabado por conquistar tu rebelde corazón, hijo. Bien hecho —y James le guiñó un ojo a su hijo.

—¡James! —le reprendió Lily—. Ella tiene nombre.

—Cierto, cierto. Perdona hijo. ¿Cómo se llama la chica?

—Ginny, Ginny Weasley.

—¡LO SABÍA! —dijo otra voz.

—¿Fred? —preguntó Harry.

Fred Weasley acababa de aparecer sin que Harry supiera de dónde.

—Hola, Harry. Un placer volver a verte. Qué raro estás sin gafas —y se rió.

—¿Cómo es que estás aquí?

—No lo sé, pronunciaste el nombre de mi hermana, y por eso aparecí aquí. Sentí como que alguien me reclamaba, y me alegré mucho de ver que eras tú. Así que estás saliendo con Ginny, ¿eh?

—Oh, bueno, sí. Vivimos juntos ya. En Grimmauld Place —afirmó Harry.

—¡¿QUÉ?! ¿Y SIGUES VIVO? Cuando pille a George…

—Tranquilo, Fred, tenemos constancia de que Harry está cuidando y muy bien a dos personas muy importantes —dijo Sirius.

—¿Sí? ¿A quiénes?

—A mi hijo, Fred. Y por supuesto, a tu hermana. Creo que Ginny ahora es muy feliz —dijo Tonks, alegre, pero mirando a Fred con una mirada de atrévete si quiera a contradecirlo.

—Oh, bueno, vale, Harry, pero más te vale cuidar de ella o me aseguraré de amargarte los sueños para el resto de tus días —dijo Fred, pero no pudo contener una pequeña risa después de mirar a la cara de Harry.

—Bueno, Dumbledore, ¿nos puedes aclarar qué hacemos exactamente aquí? —preguntó Sirius.

—Es obvio, como bien había matizado Remus, que Harry ha venido en busca de consejo. Está aquí porque nos necesita, a todos, diría yo.

—Bien, Harry, cuéntanos —preguntó Lily, y sentó al lado de su hijo en una de las sillas de plástico de la estación vacía de King's Cross.

—Bueno, está bien. Hace tiempo que me enamoré de Ginny. Estaba en sexto en Hogwarts, ella en quinto. Creo que fue un flechazo, pues siempre la he visto como una hermana pequeña. Pues bien, después de aquello, vino la guerra, con Voldemort amenazando con matar a todo aquel que me escondiera. Como era lógico, Ginny y yo cortamos nuestra relación, pues yo tenía miedo de que Voldemort o alguno de sus seguidores descubriera que yo seguía teniendo una relación amorosa con Ginny. Muerto él, pasamos un año separados, ella en Hogwarts y yo estudiando para promocionar a auror junto a Ron (por cierto, Fred, ya se decidió y está con Hermione). Y ahora vivimos juntos. Nunca me he sentido preparado para estas cosas, pero ahora creo que podría estarlo. Aunque hay algo que me frena. Ginny ahora es jugadora profesional de quidditch y no quiero atarla a una vida en la que renuncie a su libertad y sus sueños solo para compartir su vida conmigo —aclaró Harry.

—Oh, Harry… —comenzó Tonks, pero una señal de Remus la hizo callar.

Lily se había puesto de cuclillas frente a Harry. Realmente eran los mismos ojos, pensó Harry cuando su madre clavó sus verdes ojos en los de Harry.

—Te pareces mucho a tu padre, Harry, y no solo en lo físico, sino como pensador —James rió, pero una mirada de su esposa le hizo callar—. Esa chica lo es todo para ti, y no puedes dejar que un pensamiento idiota desestabilice tus ganas de avanzar. Sé que Ginny te quiere, te respeta y te comprende, hasta diría que casi lo mismo que yo —y soltó una breve risa— pero lo que está claro es que nada va a cambiar en ella porque seas valiente. Ella ha decidido su vida, y me alegro de que comprendas de que debéis ser los dos libres para elegir vuestro camino. Sé valeroso, hijo, y dile que quieres que sea tu esposa para el resto de vuestra vida.

—Gracias, mamá —dijo Harry, emocionado por el primer consejo amoroso de su vida.

Ambos se pusieron de pie, y Lily abrazó fuertemente a su hijo.

—Ánimo, hijo, sé que sabrás encontrar el momento adecuado para pedírselo. Yo lo encontré —y miró a Lily— y te aseguro que desde ese día solo verla vestida de blanco y tu nacimiento pudieron superar aquella emoción que sentí.

—Gracias, papá —James le sonrió.

Fred se acercó a Harry, y le tendió la mano.

—Si vas a casarte con ella, tendré que aceptarlo. Ya tuve que soportar a Corner y Thomas. Procura que no sea igual, Potter. Haz que sea feliz. Por mi tienes mi bendición. Pero tendrás que pedírsela también a mi padre.

Harry le estrechó la mano a Fred.

—Remus, Tonks, vuestro hijo…

—Está creciendo en las manos adecuadas. Sé que Andrómeda cuida de él sin descasando, y que tú lo has acogido en casa cómo un hijo. Jamás tendré las palabras necesarias para darte las gracias, Harry —respondió Lupin amablemente.

—Es lo que habría hecho cualquiera de vosotros, Sirius y tú, si fuera la misma situación.

—Me alegra que sigas el espíritu de los Merodeadores, Harry, estoy orgulloso —dijo Sirius.

Se acercaba un tren.

—Ahora, Harry, debes dormir. Tienes que descansar y tener la mente despejada —le aconsejó Lily.

—Harry, ya es hora de que nos marchemos. No puedes despertar hasta que nos hayamos ido, pero te sugiero que duermas mucho esta noche —dijo Dumbledore amablemente.

Harry se despidió de todos los presentes.

—Ahora, Harry, debes coger un tren hasta tu parada, que es La Madriguera.

—¿Pero profesor? ¿Todo esto es real?

—Creo que tú ya sabes esa respuesta, Harry —replicó Dumbledore, sonriendo.

—Harry los miró a todos y se fue despidiendo uno por uno. El sueño había sido muy bonito.


Harry despertó en su cama, pensando si lo que había soñado aquella noche sería cierto. Estaba decidido a dar el paso, pero una voz que venía de algún lugar de su cabeza le dijo: Con cautela, que no se lo espere, que sea una sorpresa. Entonces comprendió que debía hablar primer con alguien a quien también había considerado un padre.​

15​

PEDIDA​


Había comprendido muchas cosas esa noche. No se volvió a dormir, pero esta vez ya no era presa de las dudas. Gracias al sueño que había tenido, muchas de las personas a las que había perdido habían estado a su lado, despejando muchas incógnitas que él solo no había logrado resolver.

Ginny despertó a cabo de las horas, y ambos se levantaron para ir a desayunar. Kreacher debía haber preparado el desayuno antes de salir a comprar, pues no lo habían visto por allí. Esa tarde, propuso Harry, irían a recoger a Teddy para llevarlo a La Madriguera, pues hacía tiempo que no lo veía la señora Weasley. Era solo una excusa, pero así Harry tendría la oportunidad de hablar con quién necesitaba.

Envió a Zeus a la residencia Weasley con una nota para Ron, y después de vestirse, fue en busca de Teddy mientras Ginny se preparaba para ir a comer a casa de sus padres.

Andrómeda recibió a Harry con un abrazo, y le ofreció algo de beber. Sentados, Harry le contó qué estaba planeando, y ella, llorando de alegría, abrazó de nuevo a Harry con mucha más fuerza. Fue a buscar a Teddy, aun con un pañuelo en la boca, y momentos después los puso en las manos de su padrino.

—Volveré, Andrómeda. Espero que para cuando venga tenga el permiso que debo solicitar.

—Estoy segura de que sí, que no habrá problema. Eres un gran chico, Harry. Remus siempre lo decía, y no se equivocaba. Él te quería mucho, y nunca olvidó cuánto lo ayudaste el día que regresó con nosotros. Ahora ve, sé un hombre, y cuéntamelo todo cuando regreses, querido.

Harry se dirigió al jardín de la casa, y despidiéndose de la señora Tonks, se despareció. Cuando volvió a aparecerse, estaba en la cocina de Grimmauld Place, donde el fuego reconfortante le invitaba a sentarse en unas sillas. Kreacher apareció y se inclinó ante Harry para ofrecerle un vaso de agua por el viaje que había realizado. Harry llamó a Ginny por las escaleras, y al rato, él y Ginny estaban listos para partir.

—Cuando lleguen los amos, ¿querrán algo de cena? Kreacher puede prepararles un exquisito pastel de carne.

—No, Kreacher, muchas gracias —dijo Ginny, amablemente.

—Como digan los amos. Buen viaje —y despareció después de obsequiarles con otra reverencia.

Llegaron al jardín de La Madriguera, donde fue a recibirlos Ron. Hermione también había ido a comer, pero estaba ayudando a la señora Weasley. Llegaron a la puerta de la cocina y les recibió allí fuera Arthur Weasley. Después de dejar a Teddy con Molly, y asegurándose de que no los oirían, Harry se acercó al señor Weasley, y le dijo:

—Señor Weasley, ¿podría enseñarme los trozos de la moto de Sirius?

—Claro, Harry, ven, acompáñame —respondió él.

Cuando entraron en el cobertizo, el señor Weasley se puso a rebuscar entre sus artilugios muggles piezas que le faltaban a una moto a medio reparar. Harry la tocó, la moto de su padrino. Había montado dos veces en ella, y siempre para ir a un lugar donde estaría más protegido. Le debía mucho a ese vehículo.

El señor Weasley se sentó en una silla y se puso a mirar la moto.

—Harry, sé que estamos aquí por otra cosa que no es la moto de tu padrino. Dime, Harry, ¿va todo bien entre tú y Ginny?

—Sí, señor Weasley. La cosa entre Ginny y yo va perfectamente, somos muy felices los dos —dijo Harry.

—Entonces, ¿por qué tanto secretismo, Harry? —dijo él.

—Déjeme explicarle. Llevo muchas semanas dándole vueltas al tema, y me consta que la mejor manera era hablando con usted, señor. Verá, como sabe, llevo enamorado de su hija mucho tiempo, cosa que ni la guerra ni dos años separados han podido evitar. Desde que vivimos juntos, todo es genial, incluso aunque haya muchos días en los que ella no esté, aprendí a sobrellevarlo. Hacía días que me planteaba dar un paso más en nuestra relación, pero no ve veía preparado. Hasta la otra noche, en la que soñé con mis padres, Dumbledore, Remus, Tonks, Sirius y... Fred. Todos me decían que debía ser valiente, y hablar con usted de esto. Señor Weasley, vengo a pedirle… la mano de su hija —explicó Harry.

El tiempo que pasó desde que el señor Weasley escuchara las últimas palabras de Harry, se le cayera uno de los espejos de la moto de Sirius, lo recogiera, se recolocase las gafas y lo mirase con sus ojos azules se le hizo eterno al chico.

—¿Harry, estás muy seguro del paso que quieres dar? —dijo sonando calmado el señor Weasley—. Ten en cuenta que es un paso muy grande, un nivel superior.

—Estoy seguro, señor. Sí no, no le habría pedido la mano de Ginny —dijo Harry, serio.

—Bien, Harry, supongo que, si eso es lo que quieres, y si Ginny está dispuesta a dar ese paso contigo, no puedo oponerme. Pero debes prometerme, Harry que Ginny es la única chica de sus hermanos, que la van a proteger allá donde esté, y que te buscarán para torturarte si algo le sucede. Creo que no hace falta que yo sería el primero en encontrarte.

—Lo comprendo, señor. Y estoy seguro de que de si algo le sucediera por mi culpa, jamás podría perdonármelo. Pero estoy dispuesto a cuidar de ella, a protegerla cuando lo necesite, a dejarla libre de ataduras del futuro que ella no desee, y que sea feliz. Eso es lo que espero en el hipotético caso de que ella me diga que sí, claro.

—Harry, estoy convencido de que ella te seguirá allá donde vayas, siempre te ha querido y siempre te lo ha demostrado. Para nosotros siempre has sido uno más de los Weasley, y ya te dijo Molly hace tiempo que ha sido todo un honor tener sentado en nuestra mesa a Harry Potter, y no al chico que sobrevivió, ni al Elegido. Simplemente, a Harry Potter, un chico normal, inquieto, pero muy bueno. Harry espero sinceramente que seas comprometido con lo que vas a hacer, y si es así, tienes mi bendición y acepto tu petición.

El señor Weasley se acercó a Harry y le tendió su mano, pero esta vez sí sonreía, como el día que le dijeron Ginny y él que se irían a vivir a Londres. Pero aquello era distinto, esta vez le tendía la mano como a un hijo, y Harry, acordándose de todo lo que le habían dicho en su sueño, alargó la mano y se la estrecho con fuerza al señor Weasley.

—Suerte, Harry. Aunque no creo que vayas a necesitarla. Y valor —le alentó Arthur.

—Créame, señor Weasley, si alguna vez he necesitado valor de verdad, es hoy, no el día que derroté a un dragón.

El señor Weasley empezó a reír, y Harry, nervioso le siguió. Entonces, se acercó a una especie de frigorífico de bebidas muggles que había detrás de la moto y sacó un par de cervezas de mantequilla.

—No le digas nada a Molly, Harry. Ella no sabe para qué funciona ese chisme, y se cree que lo uso para almacenar cosas. Bueno, almacenar, sí almaceno, pero no lo que ella cree, desde luego —dijo pícaramente.

Después hizo aparecer dos copas de cristal, muy parecidas a las que Dumbledore había hecho aparecer en su última visita a Privet Drive, y acto seguido llenó ambas copas con el líquido que contenía cada botella y le acercó una a Harry.

—A tu salud, Harry, y por tu futuro.

Se bebieron unas cuantas copas de cerveza de mantequilla y el señor Weasley empezó a hablarle un poco de la moto de Sirius y de la tediosa tarea que era poder repararla. Tenía varios libros de mecánica, probablemente adquiridos en la librería del pueblo, y Harry trató de echarle una mano en lo que podía.

La comida fue muy buena. Esta vez era el señor Weasley, quien, muy alegre, no paraba de ofrecerle comida a Harry de todo tipo, y de coger a Teddy Lupin como si fuera su propio nieto. Estaba muy contento, y Harry sospechó que tal vez él y el señor Weasley habían gastado las reservas de cerveza del frigorífico.

La tarde transcurro muy agradable, ¡con una sorpresa inesperada!
* * *​

Ron se había levantado al término del postre de la silla y había rogado silencio. Todos miraron con expectación al joven pelirrojo que anunció:

—Familia, tengo que deciros algo muy importante. Hermione y yo también vamos a mudarnos.

Todos se quedaron muy sorprendidos, pues no esperaban la noticia, ni se la habían imaginado. Hermione y Ron hacían buena pareja, pero estaban evolucionando muy lentamente, haber estado separados durante un año.

—¿Y a donde vais a ir? —preguntó la señora Weasley, después de haber felicitado todo el mundo a los dos.

—A casa de mis padres —contestó Hermione—. Estaremos unos días con ellos, en principio, y después es posible que encontremos algo en Londres.

Los planes de Ron y Hermione ya estaban ejecutados, como temía la señora Weasley, tan sólo habían hecho un anuncio oficial. A los dos días de la noticia, Ron ya había recogido sus cosas y había enviado el baúl a Grimmauld Place, mientras se llevaba lo importante en una mochila a casa de Hermione.

A Harry le pareció más difícil llevar a cabo su propio plan con Ginny entre sus ausencias y sus ganas de invitar a Ron y Hermione a comer a casa. Pero debía buscar la fórmula, pues deseaba quitarse de encima la presión de una vez.

Una mañana, Ginny se despertó y no vio a Harry. Estará en la cocina, con Kreacher, preparando el desayuno, se dijo. Se desperezó y se levantó de la cama. Fue al baño a ducharse, y cuando salió vio una carta en la cama.​
Ginny.
He tenido que salir hoy corriendo al despacho de Kingsley. Siento no poder estar esta mañana desayunando contigo. Abajo estará Kreacher con tu desayuno preparado y un regalito de cumpleaños.
¡Felicidades!

Harry.


Ginny miró instintivamente el calendario que había colgado en la pared. ¡En efecto, era su cumpleaños! Cómo había podido olvidarse. Bajó a desayunar, donde Kreacher le sirvió una buena ración de salchichas, beicon y huevo, con un vaso de zumo de calabaza frío. En la bandeja que Kreacher le ofrecía había un pequeño jarroncito con una rosa fresca en su interior. ¡Qué atento es!, pensó Ginny. También había otra nota.​
Hoy es tu gran día, y ya que no vamos a estar juntos, qué mejor manera que hacer algo más especial. Cuando acabes de desayunar, pídele a Kreacher un poco de agua para echársela a la rosa, que no se seque.

Ginny no pudo terminar de desayunar, a pesar de la insistencia de su elfo doméstico. Pidió enseguida el vaso de agua para llenar el jarrón. Se puso a mirar. No pasaba nada, así que ella pensó que era simplemente una petición para que la flor no se secara.

Pero de repente, ésta se abrió tanto que habría mostrado su lindo esplendor, de no ser por un pequeño trozo de pergamino que había guardado dentro de ella.

Ginny cogió deprisa la carta.​
Espero que hayas desayunado bien, pues creo que te viene una sorpresa muy importante, y deberías estar llena de energía. Un regalo especial te espera al final de la escalera. Cógelo si es tu deseo, y te llevará a un lugar que no te esperas.

Ginny subió corriendo las escaleras. Qué habría esperándole al final de ellas. Cuando llegó arriba del todo, estaba el dormitorio principal abierto y un paquete envuelto. Lo abrió y descubrió un libro con las páginas en blanco. Tenía una nota detrás.​
Éste si es un amigo en el que puedes confiar. Pero antes de marchar, te tendrás que ocultar. Abre el armario y una caja encontrarás, dentro hay algo que te sorprenderá.

En el armario estaba la caja que Harry señalaba en su carta, y dentro de ella la capa invisible. ¿Para qué la querría? El libro empezó a emitir un brillo extraño y Ginny comprendió. Era un traslador. Rápidamente, agarró la mochila, llamó a Kreacher diciéndole que le subiera algo de comer, y él hizo aparecer varios bocadillos de carne. Se aferró al libro, con la capa ya puesta, y comenzó a sentir como un gancho invisible le cogía por el ombligo y la arrastraba con ella.

Entonces apareció en la playa de Brighton. Llevaba la capa para que nadie de la familia la viera aparecer allí. Vio que se encontraba en el punto exacto donde Harry y ella habían estado tiempo atrás, pasando un día muy agradable. Había una sombrilla cerrada, así que decidió abrirla. Cayó una carta, así que sentándose debajo de la sombra que proyectaba el parasol que Harry había colocado allí, se puso a leer la siguiente pista.​
Aquí me diste una llave muy especial, con ella me diste un nuevo hogar. Ahora te llevas otra que debes guardar. Utiliza la llave para abrir tu siguiente pista, y tendrás algo que abrir si eres muy lista. Usa la capa para que nadie te vea llegar, y mira a tu alrededor si algo quieres encontrar en el viejo sitio que consideré mi lugar.

Ginny rebuscó en el sobre, y en efecto, había una llave idéntica a la que le había dado a Harry tiempo atrás. Guardó la llave en su mochila, y releyó la carta un par de veces. No caía donde debía de ir a continuación. Sabía que debía usar la llave para abrir algo. ¿Qué podían abrir llaves? Cerraduras —pensó—, y puertas. ¿Puertas? ¡La puerta de su casa! ¡Claro! Harry había abierto la puerta de Grimmauld Place, su hogar, y ahora debía volver atrás. Pero no bastaba con volver a La Madriguera. Si tenía que usar la capa en su visita allí, debía ser para que nadie la viera llegar. ¿Entonces?

Ginny se quedó un rato pensando, y cogió un bocadillo que Kreacher le había metido en la mochila antes de que ella saliera corriendo. Cuando comía, pensó. La Madriguera, la capa y Harry. ¡El huerto de árboles frutales! Claro debía ir allí. Entonces creyó comprender qué estaba haciendo Harry. Se levantó de un brinco y cerró bien su mochila. Volvió a colocarse la capa, y se desapareció.

Apareció en el huerto de árboles frutales, donde se escabullía de Harry las noches en las que ambos querían estar solos. ¿Pero qué debía encontrar allí para abrir? Empezó a mirar y vio que en el suelo había muchas manzanas caídas del suelo. Pero no eran del color de las que había en los árboles de los Weasley. Éstas eran de color rojo, y las manzanas de los Weasley eran de color doradas. Esa debía ser la pista que Harry le había indicado. Entonces comprobó que la distribución de las mismas formaba un camino que debía seguir. Éste terminaba en el árbol donde Harry y Ginny se solían recostar, un poco inclinado. Allí vio que el suelo había sido excavado y formaba un montículo de arena. Ginny se sacó la varita y empezó a desenterrar. Al fin, dio con una caja de metal de color caoba no se podía abrir sin una llave. ¡La llave! Esto es lo que abre pensó Ginny. Así que, con mucho cuidado, abrió la caja y la colocó en el suelo. Dentro, había una bolsita de cuero y una nota. Así que leyó.​
La bolsita te lleva a tu siguiente destino. Aquí compartimos muchos momentos bonitos, pero hay un lugar al que, si bien atino, los dos juntos por primera vez nos fuimos. No desperdicies el contenido, pues más adelante puede servirte.

¿Dónde fuimos juntos los dos solos por primera vez? ¿A Flourish y Blotts? No, habían ido todos con ellos. ¿Al Ministerio? Tampoco, durante la batalla del Departamento de Misterios habían estado también Ron, Hermione, Neville y Luna.

—¡HOGWARTS! —exclamó, recordando.

Claro, allí es donde debía de ir. Debía ir a los jardines del colegio. Y por eso tenía la capa, debía aparecer en la torre de Gryffindor sin ser vista y desde ahí bajar a los jardines del colegio. Allí seguro que estaría la siguiente pista. Así que, siendo lo más sigilosa posible, entró en su casa y subió a su cuarto. Desde allí debía prender la chimenea y aparecer en la torre. La entrada en su casa fue tediosa. Su madre estaba en la cocina, y Ginny no quería ser vista. Tuvo que esperar a que ella desapareciese de la estancia para abrir la puerta sin hacer ruido y entrar. Después tendría que esquivar a su madre si ésta aparecía por las escaleras del primer piso. Estuvo un rato escondida, hasta que su madre entró en el lavadero. Aprovechó ese descuido y entró en la casa, ignorando si había hecho mucho ruido. Subió rápidamente las escaleras y se encontró con la puerta de su habitación abierta. La cerró con cuidado y se acercó a su chimenea. Cogió pergamino viejo de la mesa y dijo en voz baja:

Incendio.

Unas llamas aparecieron en la chimenea, y Ginny cogió los polvos flu que había en la bolsita de cuero de Harry.

—A la torre de Gryffindor —susurró.

Fue dando muchas vueltas hasta llegar a la chimenea de la torre. Cómo era verano, no habría nadie allí. Ginny salió de la torre empujando el retrato de la Dama Gorda con la capa ya puesta, y corrió escaleras abajo. ¡Maldición! El vestíbulo estaba cerrado. No había forma de salir a los terrenos del castillo… hasta que Hagrid entró. Llevaba una criatura entre sus brazos, y estaba segura de que se dirigía a las cocinas para robar algo de comer para lo que llevase en brazos. Salió hacia el lago, donde debía estar la pista que Harry le habría dejado. Allí había compartido la primera tarde de noviazgo con Harry, sentados al pie de un viejo árbol contemplando de vez en cuando como el calamar gigante alzaba sus tentáculos para coger comida que le tiraban. Allí estaba la nota, clavada en el árbol con otra rosa pegada al papel.​
Ahora que estás cerca de llegar, debemos seguir mirando hacia atrás. Aunque fue King's Cross donde por primera vez nos vimos, en otro lugar de verdad nos conocimos. Si quieres llegar a la sorpresa final, un poco más has de pensar. Para meter el codo en el tarro de mantequilla, deberás volver a la estancia del reloj de las extraña manecillas. Guarda la llave, pues también será la clave. Cuando llegues, ya no te hará más falta la capa invisible, pues si no la sorpresa sería imposible. Cuando a este lugar consigas llegar, te resultará de lo más familiar.

Era la nota que Ginny no lograba entender. Qué tendría que ver la mantequilla con las manecillas y con su cumpleaños. Ginny volvió a leer la nota y estableció la línea de tiempo que le pedía: la primera vez que vio a Harry fue en la estación de King's Cross, en Londres, eso estaba claro. Pero decía que allí no se habían conocido. Trató de pensar en cuando había visto a Harry después. Lo había visto a su llegada de Hogwarts cuando ella aún no asistía… y luego… ¡SU CASA! Había conocido a Harry en su casa, cuando ella iba a ir a su primer año en Hogwarts. ¿Y la mantequilla? Ella tiraba cualquier cosa que tuviera delante con la simple presencia de Harry, y recordaba perfectamente que ella había metido el codo en el cuenco de la mantequilla cuando él le habló por primera vez. ¡Habían revivido su historia paso a paso!

Pero debía seguir pensando. La sala del reloj de extrañas manecillas debía ser el reloj de la familia Weasley, no había otro igual. Y claro, con sitio familiar, debería referirse a la cocina donde todos comían juntos, en familia.

—¡TENGO QUE IR A LA COCINA DE LA MADRIGUERA! —exclamó muy emocionada.

Volvió a ponerse la capa y subió a toda prisa a la torre de Gryffindor. Jadeando, entró en la chimenea y dijo.

—¡A la Madriguera!

Cuando Ginny abrió los ojos, se encontraba a oscuras. Era la cocina de La Madriguera, de eso no había dudas. Y de repente, sonó un ruidito extraño, y volvió la luz de nuevo. Y sin esperarlo, vio a muchísima gente allí. Estaban los Weasley, algunos miembros de la Orden y amigos.

—¡Sorpresa! —gritaron todos.

Ginny quedó muy sorprendida con el recibimiento de todos.

—¿Y esto? —preguntó, emocionada.

—¡Feliz cumpleaños, pequeña! —le dijo Harry.

—¡Gracias! ¡Gracias a todos! —dijo ella.

Harry entonces se acercó a ella, y le tendió una cajita de terciopelo, muy pequeña, pero con una cerradura en la que la llave de Ginny cabía a la perfección. Todos estaban en silencio.

Ginny tomó la cajita, y la abrió con cuidado. Allí dentro descubrió un anillo precioso, dorado, con un diamante pequeñito coronándolo. El diamante a la luz de las llamas, brillaba con intensidad. Ginny lo miró fascinada. ¡Vaya regalo!

Pero de repente, ocurrió algo muy inesperado para la chica. Harry le había cogido de la mano, y estaba de rodillas en frente de ella.

—¿Qué haces, Harry? ¡Levántate! —le dijo ella para que sólo le oyera el chico, pero él ni se inmutó.

—Ginevra Molly Weasley —comenzó Harry— hace mucho que nos conocemos y desde hace tiempo siempre he sabido que no quiero otra persona en mi vida que no seas tú. A pesar del tiempo, hemos conseguido mantener este lazo tan bonito que nos une a los dos. Dime, Ginny, así a la forma que tienen los hombres muggles de pedir matrimonio, ¿quieres casarte conmigo?

Todos vieron el rostro de Ginny cubierto de lágrimas de emoción, temblando. Ella había levantado a Harry con su mano, y le estaba besando muy tiernamente.

—Creo que esto responde a muchas cosas, Harry Potter, pero en especial a tu propuesta: sí, quiero casarme contigo.

Harry no pudo más y la besó con mucha pasión mientras los demás —a excepción de un atónito Ronald Weasley— aplaudían a rabiar y se acercaban a felicitar a los futuros esposos cuando estos ya se estaban mirando, sonriendo.

Ginny estuvo un rato largo consolando a su madre, que nunca había imaginado las sorpresas tan juntas. Cuando ella se recuperó, aplastó a Harry con todas las fuerzas de su abrazo. Nunca se había sentido tan estrujado, ni siquiera cuando Hagrid lo hacía. Pero esta vez, lo disfrutó.

16​

FIESTA SORPRESA​


Los hermanos Weasley volvieron a acorralar a Harry durante la fiesta, todos con las varitas. Sin que Harry pudiera reaccionar a tiempo, Bill ya le había hechizado, haciendo que Harry no se pudiera mover.

—Muy bien, Harry Potter —dijo Bill—. ¿Así que, planeando una boda sin permiso?

—Muy mal, muy mal, Potter. Te has equivocado de hermanos —dijo George.

—¿Qué tal si le mostramos un poco lo que les pasa a aquellos que se atreven a hacer daño a nuestra hermanita? —dijo Charlie, con emoción, haciendo como que limpiaba la varita.

—Bueno, bueno, ¡basta, basta! —les interrumpió el señor Weasley—. Liberad a Harry, Bill. ¡He dicho que lo liberéis!

Bill, de mala gana, deshizo el encantamiento, pero como Harry sospechó que hizo a propósito, con una magnitud de fuerza que hizo que Harry cayera para atrás. El señor Weasley ayudó a levantarse a Harry, quien se sujetaba la nuca del dolor de la caída.

—¿Estás bien, Harry? —le preguntó el señor Weasley.

—Eh, yo… sí, sí estoy bien —dijo Harry.

—Chicos. ¿cómo se os ocurre? Harry no tiene que pedir permiso a nadie, es un asunto de él y Ginny. Me gusta que protejáis a Ginny a capa y espada, pero embrujar a Harry…

—Estábamos de broma, papá —se excusó Ron—. Además, Harry es un Weasley más de la familia, ¿no? Tiene que entender que esto funciona así.

—Ya está bien —sentenció el señor Weasley—. Harry ya habló conmigo en su momento, y yo le di mi bendición para que le propusiera matrimonio a Ginny. Está advertido de las consecuencias, desde luego, pero no esperaba que actuarais así.

—Bueno… yo… Harry, lo sentimos mucho. Entiéndenos, es nuestra única hermana —dijo Percy.

—No pasa nada —dijo Harry, al que el dolor ya se le estaba pasando.

Harry buscó con la mirada a Ron, que le hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Entonces, Ron se adelantó y dijo:

—Creo que hablo en nombre de todos los hermanos Weasley si te digo que ¡bienvenido a la familia, Harry! —y le tendió la mano.

—Gracias, Ron.

Los demás hermanos se miraron, como comprendiendo la escena, encogieron los hombros y se acercaron a Harry, que dio un respingo. Pero esta vez todos le daban la mano y alborotaban su pelo.

La noticia de la boda no había eclipsado la celebración del cumpleaños de Ginny, que se celebró con una fiesta que duró toda la tarde. La señora Weasley iba presumiendo del anillo de su hija toda la tarde con todo el mundo. A Ginny le regalaron muchas cosas y muchos se ofrecieron para organizar detalles de la boda.

Harry y Ginny se casarían en un mes. Estaba todo dispuesto para que así fuera. Para la ocasión eligieron una cala apartada en el sur. Allí, una vez instalada la carpa del pabellón nupcial, se harían hechizos antimuggles que Kingsley y la Oficina de Aurores se encargarían de realizar.

—Ron. ¿Puedo hablar contigo? —preguntó Harry un día en el que estaban realizando el presupuesto para los Toldos Mágicos, el catering y la bebida.

—Sí, claro —respondió él.

—Bueno, Ron. Desde siempre hemos sido amigos, y me has acogido en tu casa como a un hermano. Contigo he vivido grandes aventuras desde que nos conocimos, desde burlar a un perro de tres cabezas para proteger la piedra filosofal como destruir aquellos malditos horrocruxes. Siendo así, creo que no hay otra persona mejor para que me apadrine el día de mi boda que tú, mi mejor amigo y hermano de mi futura esposa. ¿Qué me dices? —le preguntó Harry.

—¡Pues claro, tío! ¿Cómo no iba a serlo? Después de todo lo que hemos hecho juntos. Además, yo tengo claro que tú seas el mío, eso siempre y cuando consiga pedírselo yo a Hermione. Pero desde que estamos viviendo con sus padres, es muy difícil.

—Ron, tengo un regalo especial para ti.

—¿Ah, ¿sí? —preguntó extrañado Ron.

—Así es, amigo mío. Verás, sabía que encontrar algo en Londres es muy difícil. Así que, sin que Ginny lo sepa, voy a dejaros Grimmauld Place hasta que os compréis una casa propia. Ginny y yo tenemos previsto un viaje a España, para conocer el mundo mágico de allí. Y cuando volvamos, no volveremos a la que ahora considera su casa.

—¿Pero, adonde la vas a llevar después de aquello? —preguntó su amigo.

—Es un secreto. Te lo revelaré cuando llegue a Inglaterra de mi luna de miel —le prometió Harry.

—¡Harry! Se me olvidaba. ¿A quién le vas a pedir que te lleve al altar?

—Tranquilo, Ron, sé de una persona muy especial que querrá acompañarme.

Harry esperó la ocasión para hablar con esa persona tan especial, y su espera llegó muy pronto. La señora Weasley le pidió ayuda con la lavadora —Harry y Ginny estaban pasando allí unos días para organizar todo, como también Ron y Hermione—. En el lavadero, la señora Weasley iba cargando una cesta con la ropa de Harry y Ron.

—Señora Weasley, tengo que pedirle una cosa muy importante.

—¿De qué se trata, Harry, querido? —dijo ella doblando calcetines

—Verá, como sabe, los novios suelen ir acompañados de sus madres el día de su boda al altar. Pero mi madre no… no está aquí. Y había pensado que a lo mejor a usted le gustaría… bueno, acompañarme hacia el altar —expuso Harry, entrecortadamente.

—¡Oh, Harry! ¡Pues claro, claro que sí! ¿Cómo iba a negarme a tal proposición?

—Gracias, señora Weasley. Para mí, siempre fue la madre que nunca tuve. Aquí siempre fui feliz, y usted siempre, junto con el señor Weasley, se ha preocupado de que así lo fuera.

La señora Weasley le dio un abrazo a Harry que este respondió con mucho cariño.

—¡He de darme prisa! Si voy a ser la madrina de Harry Potter en la boda con mi hija, debo encontrar una túnica de gala apropiada. Madame Malkin seguro que tendrá algo estupendo para la ocasión.

—Madame Malkim estará esperándola, señora Weasley. Sabe que irá.

—¿Qué? ¿Cómo es eso? —preguntó Molly, extrañada.

—Porque la túnica de gala ya está pagada. Puede usted elegir la que quiera, es un regalo que le he hecho yo, por aceptarme como ahijado, y como un Weasley más.

La señora Weasley, Ginny, Hermione y Luna habían viajado al Callejón Diagon para comprar muchas cosas de la boda, entre ellas las túnicas de gala de la madrina del novio, la señora Weasley, las damas de honor, Hermione y Luna, obviamente, y el secretísimo vestido de novia de Ginny.


La boda de Harry y Ginny prometía ser un evento sencillo, especial e íntimo. Toda la gente que habían invitado había confirmado su asistencia. Ron fue el encargado de ir a vigilar los últimos días la cala al sur de Inglaterra que habían escogido como el lugar para el enlace.

La señora Weasley iba de un lado para otro muy nerviosa. Organizaba detalles y daba instrucciones a todos los que estaban en La Madriguera. Quedaban pocos días para la boda, y ella quería estar segura de que todo estaba bien.

Dos noches antes de la boda, Harry estaba repasando los últimos temas del libro para entrar a la Oficina de Aurores cuando entraron Percy, Bill, Charlie, George y Ron, todos con las varitas en ristre. Harry, temiendo otro ataque de celos de los hermanos Weasley, sacó su varita rápidamente, pero ya estaba helado cuando tenía la varita cogida por el mango.

—¡Obscuro! —gritó Ron, y una venda negra aparecida de la nada tapó los ojos de Harry, impidiéndolo ver algo.

—¡Vamos, Harry! Tenemos algo de prisa —dijo Charlie, entre risas.

—Ron, ¿dónde está la capa? Hay que ponérsela —dijo Bill.

Harry sintió como la capa de su padre le cubría, aunque no podía ver nada. Notó como alguien le cogía de los brazos y de repente le hacían girar muy rápido. Al momento, volvió a sentir el suelo bajo sus pies, un poco pegajoso, y sabía que había abandonado La Madriguera para ir a algún lugar extraño. Una débil luz era lo máximo que su venda le dejaba ver.

—¡Finite! —oyó decir a Percy.

Harry primero se quitó la capa de invisibilidad. Y cuando retiró la venda de sus ojos, no sólo vio sonreír a los hermanos Weasley, sino también a más gente que había allí.

—¡Sorpresa, Harry! —gritaron todos los presentes.

Harry de verdad estaba sorprendido. Allí estaban mucha gente que llevaba tiempo sin ver: Neville Longbottom, Seamus Finnigan, Dean Thomas, Justin Finch―Fletchley, Ernie MacMillan, Terry Boot, Lee Jordan, Oliver Wood y Anthony Goldstein. Harry sonrío a todos, pero un poco confuso.

—¡Bienvenido a tu fiesta de despedida de soltero! —dijo otra voz conocida, la de Hannah Abbott.

—¡Hannah! —dijo sorprendido Harry—. ¡Qué sorpresa! ¿Qué haces por aquí?

—¿Qué tal Harry? —respondió ella, alegremente—. Compré el Caldero Chorreante después de la batalla de Hogwarts, porque Tom decidió retirarse. Bueno, ya me han dicho que vas a casarte con Ginny Weasley. ¡Enhorabuena! Que seáis muy felices.

—Muchas gracias. Pero, ¿cómo que despedida de soltero? —dijo Harry girándose hacia Ron y sus hermanos.

—¿No creerías que los muggles eran los únicos que hacen estas fiestas? —dijo Bill, arqueando una ceja—. No, no, no. Nosotros también. Además, teniendo un suegro como Arthur Weasley, nos habría matado a todos de no tener alguna —y se rió.

Harry nunca había esperado una cosa así de los hermanos Weasley, pero la verdad que habían trabajado para ello. El local del Caldero Chorreante estaba vacío, sólo estaban ellos. La decoración de la estancia era absolutamente ingeniosa. Había un gran dragón verde colgando del techo (obra, naturalmente, de Charlie), que de vez en cuando escupía fuego. También colgaban del techo pequeñas bolas que emitían una luz dorada que simulaban las snitch doradas, y había pelotas de fútbol de muggles pintadas de color escarlata y azabache que daban vueltas por el techo del local —una de ellas voló demasiado cerca del balón, y estalló al recibir el impacto del fuego.

La comida y la bebida eran deliciosas. La cerveza de mantequilla corría por todos lados, el vino de elfo también tomo un importante papel, sobre todo para los más a adultos. A Harry le hicieron probar todo tipo de licores mágicos, y el que más le gustó fue el agua de la risa, un licor dulce que le provocaban carcajadas muy exageradas.

Cuanto más avanzaba la fiesta, más gracia le hacían los chistes de Neville, Ron tenía la corbata atada en la oreja y Hannah tuvo que vigilar muy de cerca —ella era la dueña del local— a George para que no incendiase nada con su espectacular demostración de fuegos artificiales. La verdad que Harry se sentía un poco mareado, pero lo estaba pasando en grande. Uno de los momentos más especiales de la velada fue cuando todos le hicieron entrega de sus regalos. Los chicos de Gryffindor le habían regalado una gran cantidad de polvo de oscuridad instantánea peruano, los de Ravenclaw una túnica de gala muy formal y elegante, acompañada por una corbata de color azul con estrellas. Los hermanos Weasley le regalaron el dragón gigante, y una caja de seis botellas de whiskey de fuego.

La fiesta se prolongó hasta tarde, y Hannah les preparó habitaciones para todos. Harry llegó apoyado en Ron y los dos se tumbaron en sus respectivas camas. Habían sido unas horas muy intensas, que nunca habría imaginado en su horrible vida muggle.​

* * *
—¡Harry! ¡Despierta! ¡Vamos! ¡HARRY! —gritaba una voz en el oído del muchacho.

—¿Qué pasa? —preguntó Harry, sobresaltado, cogiendo la varita como acto reflejo.

—¿Sabes qué hora es? Mamá nos va a matar. Hace una hora que deberíamos estar preparados para ir al ensayo general de mañana.

—¿Ensayo? ¿Qué? —dijo Harry, confundido—. ¡Ostras! —cayó de repente en la cuenta—. ¡Tu madre nos va a matar, sí!

Ambos se vistieron lo más rápido posible, ¿cómo podían haberse dejado llevar tanto y olvidarse del compromiso de aquel día? Tenían mucho que hacer, desde la colocación de los invitados hasta la degustación del menú. Harry había delegado en Ron la tarea de seleccionar la música para el baile, en Bill y Charlie la misión de encargar la mejor bebida (Bill decía que tenía una sorpresa preparada para Harry respecto a ese tema).

Los hermanos Weasley y Harry se encontraron en el comedor del Caladero Chorreante, excepto Percy, que había sido el encargado de ir a rebajar el posible mal humor de la señora Weasley, dándoles tiempo a los demás para un desayuno rápido.

Bill se desapareció para traer ropa para la ocasión, y en una hora todos estaban aseados, vestidos y desapareciéndose de Londres para aparecer en la cala de la boda. Allí ya esperaban los señores Weasley, Hermione, Ginny y Luna, estas tres con ojeras tapadas con maquillaje; seguramente también habrían tenido la fiesta de despedida de soltera de Ginny.

La señora Weasley estaba nerviosa, chasqueando la lengua en señal de desaprobación con los peinados que llevaban sus hijos y Harry, el más despeinado de todos. El señor Weasley sonreía nervioso, y su calva relucía bajo el sol. Llevó a los demás hacia dentro de la carpa, donde estaban más refugiados del calor que se iba intensificando a lo largo de la mañana.

El ensayo fue más tranquilo de lo que Harry había supuesto. Las cosas estaban preparadas, las sillas colocadas, el altar estaba reluciente y había muchos globos de color dorado por toda la carpa con las letras H y G. Luna, Hermione, las damas de honor, Ron y Neville, que serían los padrinos, aguardaban en el altar mientras Harry iba acompañado del brazo de la señora Weasley. Hermione y Ron tendrían los anillos preparados y Neville y Luna debían dirigir unas palabras al público.

Después de probar la deliciosa carne que habían seleccionado Percy y George y los postres, elección personal de Ron, todos dieron por concluido el ensayo. La verdad es que todo parecía que saldría muy bien.

Ginny y Harry se quedaron un rato más cuando todos se decidieron a volver y descansar. Se sentaron a la orilla del mar mientras anochecía lentamente sobre la costa inglesa.

—Dentro de unas horas, estaremos allí dentro, ¿no te resulta extraño cómo ha cambiado todo? —preguntó Ginny, acariciando el pelo de Harry.

—Después de tanto tiempo, y tantos obstáculos, creo que nos merecíamos algo de felicidad, ¿no crees? —dijo Harry, sonriéndole.

—Sí, ha sido un camino largo, pero mañana estaremos aquí declarando públicamente cuanto nos queremos.

—Por supuesto, y por lo difícil que pueda ser todo, tengo claro que quiero dar este paso contigo, Ginny.

Cuando el sol cayó, Ginny volvió a La Madriguera, y Harry debía volver a Grimmauld Place, donde le esperaba Ron.

17​

LA BODA DE HARRY Y GINNY.​


Harry se despertó temprano esa mañana. Kreacher le preparo el desayuno y fue a levantar a Ron. Mientras devoraba en silencio las tostadas que Kreacher le había puesto en el plato, su cabeza era un hervidero de nervios.

El elfo doméstico le hizo una reverencia a Harry y le entregó un sobre.

—Amo Harry, llegó Zeus ayer por la noche. Sospecho que es una carta de su primo, el señor Dursley.

—Gracias, Kreacher —dijo Harry, y procedió a abrir la carta.​
Harry.
¡Enhorabuena por tu enlace!
Mis padres no quieren asistir a la boda, ya lo sabes, por tanta magia que habrá alrededor. Papá enfermó un poco e iré a cuidarlo a casa, mamá ya está mayor para ocuparse del todo de él.
Me habría encantado ir, pero en vista de la situación, me resultará imposible. Espero al menos que me mandes una foto con tu mujer, Ginny, a poder ser congelada, para que mamá y papá puedan verla sin refunfuñar como de costumbre cuando ven la magia cerca.
No se me ocurría que regalarte, así que decidí mandarte mi nueva dirección para que podamos vernos un día, y tomar un té juntos, para así ponernos al día.
Quería decirte también que yo he conocido a una chica. No sabía que de mí podrían salir tantas cosas buenas, Harry, pero me alegra poder comprobarlo. Espero como tú, poder algún día dar un paso adelante, pero me queda mucho tiempo aún para eso.
Espero que seáis felices y que podamos vernos pronto para esa taza de té. Aprovecho para lamentar de nuevo no poder estar ahí este día tan especial.
Pd: mi nueva dirección es Churchill Road, 4, en Londres.

Dudley.


Harry tuvo que releer la carta un par de veces más. ¿Dudley con novia? Eran tan extraño, y a la vez Harry se alegraba tanto de que su primo al fin estuviera cambiando y no siguiese los pasos de su tío Vernon.

Con ánimos renovados, tardó más de media hora en ducharse, y cuando por fin se vistió, comprendió que de verdad iba a casarse con la mujer a la que amaba. Mientras Ron se preparaba, alguien llamaba a la puerta de la casa.

Kreacher abrió, y en el umbral estaba Neville, ya vestido y con un clavel en la solapa de su túnica de gala. Llevaba una botella en la mano.

Cuando Ron ya estaba preparado, se permitieron el lujo de beber un trago de cerveza de mantequilla, brindando los tres. Harry, nervioso, iba dando vueltas de un lado al otro del salón. Debían esperar a que llegase la señora Weasley, y entonces los cuatro debían aparecerse en la cala. Charlie y Bill se pasaron por Grimmauld Place dos horas antes de la partida de Harry para colocarle un clavel fresco en la solapa y asegurarse que todo estaba bien.

Por fin Molly Weasley apareció en el umbral de la puerta, y tras dar un repaso profundo a Harry, Neville y Ron, se desaparecieron. El vestido aguamarina de la señora Weasley hacía juego con los ojos de ella, que relucían brillantes. Harry había escogido una corbata de idéntico color, con una túnica negra elegante y sencilla. La gente que estaba ya allí se acercó a saludar a Harry, pero no por mucho tiempo.

La señora Weasley comenzó a mandar a todo el mundo dentro de la carpa nupcial frunciendo el ceño a quienes se entretenían mucho tiempo en entrar, alegando que era ya muy tarde y que la novia debía estar al llegar. George y Percy tenían que ir colocando a la gente que había sido invitada.

Harry se alejó un poco de ellos, pues Percy hacía ademanes muy pomposos cuando veía a alguien importante, y George hablaba con la vieja tía Muriel.

—¡Profesora McGonagall! No esperaba verla por aquí. ¡Ajá! Sí, aquí está en la lista. No sabía que Harry la había invitado —dijo Percy.

—Así es, Weasley. He venido en representación de Hogwarts, claro.

—Profesora, aquí siempre será bienvenida —replicó Percy.

—Gracias, Weasley. Ahora, por favor, indícame el asiento que me corresponde.

—Por supuesto. Harry la ha sentado cerca, creo que la tiene en muy alta estima. Se oyeron rumores de que enfrentó a varios mortífagos para defenderla en la Torre de Ravenclaw.

—Sí, es cierto que el señor Potter me echó un cable, pero no para defenderme porque me atacaban, sino más bien porque me escupieron y faltaron al respeto. Al menos, los rumores que se cuentan sobre el chico son para alabar su valentía y lealtad, y no como cuando estaba en el colegio —replicó la profesora, con un deje de altivez en sus palabras.

—Hemos llegado, señora. Puede sentarse cuando quiera. Si me disculpa, tengo que atender a más invitados. Que se divierta.

Además de la profesora McGonagall, Pomona Sprout, Filius Flitwick, Rolanda Hooch, Poppy Pomfrey, Horace Slughorn y Hagrid habían sido invitados al evento en representación de Hogwarts, además de Madame Maxime. Junto a ellos, los miembros de la casa de Gryffindor, Hufflepuff y Ravenclaw de las promociones de Harry y Ginny, los miembros de E.D, Viktor Krum y las Arpías de Holyhead fueron otros de los miembros sonados de la ceremonia. Teddy y Andrómeda por supuesto habían sido invitados, y tendrían un sitio de honor junto a los señores Weasley.

Cuando todos estaban ya sentados, una melodía solemne comenzó a sonar y Harry, acompañado de la señora Weasley comenzó a avanzar hacia el altar. Sonriendo a todo el mundo, Harry llegó a la altura de una mesa elevada con un mantel blanco y dorado donde esperaban Ron y Neville, ambos con una sonrisa de oreja a oreja. Harry no pudo evitar recordar la foto de la boda de sus padres en la que aparecía Sirius de padrino.

Entonces, una magia intensa cubrió el corazón de Harry cuando la melodía cambió para dar paso a la novia. Hermione y Luna, ambas vestidas de dorado, alcanzaron el altar, y con sus varitas, hicieron caer una lluvia de pétalos de clavel por donde Ginny y el señor Weasley aparecieron. A Harry no le quedó más remedio que soltar unas lágrimas de emoción cuando vio a Ginny vestida de blanco. El vestido era precioso y elegante, con una cola larga y con los hombros al descubierto. Ginny llevaba un recogido muy complicado y elegante, los ojos azules de la muchacha también estaban cubiertos de unas lágrimas delgadas. Avanzaban despacio mientras la pelirroja iba saludando con su mano a los que estaban sentados a los lados del pasillo. Como era habitual, Hagrid estaba sollozando ampliamente y sonándose en su pañuelo estampado del tamaño de un mantel.

El señor Wesley dejo a Ginny delante de Harry, y le estrechó la mano.

—Sed felices, hijos —dijo con una sonrisa muy amplia.

—Gracias —pudo decir Harry, sin apartar su mirada de Ginny.

Harry y Ginny se miraron, radiantes de felicidad, dedicándose una mirada tierna.

—Queridos amigos —pronunció la voz del ministro de Magia— es para mí un gran placer oficiar la boda del héroe Harry Potter con la agradable y valerosa Ginevra Weasley. Dos almas nobles, puras y osadas, que han construido su amor después de la gran contienda que tuvo al mundo mágico en vilo. Demos gracias a los cielos que el amor sigue vivo en el mundo, y que sean estos jóvenes quienes sigan amando.

Kingsley siguió con un bonito discurso sobre el amor triunfando por encima del mal, recordando también a aquellos que no estaban pero que serían felices de poder asistir a un evento de tal calibre, y llegó el momento que Harry llevaba tiempo esperando.

—Hagrid, trae los anillos.

Harry escuchó un estruendo al final del pasillo de la carpa. Hagrid se había levantado y llevaba un cojín de terciopelo rojo con detalles dorados, y encima se podían encontrar dos grandes anillos de oro que relucían ante los ojos de los invitados. Hagrid avanzaba torpemente a través del pasillo que había entre las sillas, enjugándose las lágrimas en su enorme pañuelo de lunares, mientras una suave melodía solemne se escuchaba de fondo.

Harry no pudo contener una sonrisa al ver las trenzas que se había hecho en el pelo, aunque el aspecto del semigigante era limpio y ordenado, algo que Harry nunca había logrado alcanzar a ver, ni siquiera cuando tuvo aquella cita con Madame Maxime durante el Baile de Navidad. Una vez Hagrid llegó al altar, sonrió a la feliz pareja y se situó a la derecha de Kingsley.

—Y aquí, delante de testigos, amigos y familiares, te pregunto a ti, Harry James Potter, si deseas contraer matrimonio con Ginevra Molly Weasley, para protegerla y amarla siempre frente cualquier adversidad hasta el fin de tus días.

—Sí, quiero —contestó Harry, emocionado.

Entonces Hagrid alargó con suavidad el cojín hacia Harry con suma delicadeza para no dejar caer los anillos, y Harry escogió el que había a la derecha, un anillo de oro un poco más pequeño que el de la izquierda, pero muy elegante, y tomó la mano de Ginny. Con cariño, le colocó la sortija en el dedo anular de la pelirroja, que no paraba de sonreír, con los ojos llenos de lágrimas de emoción.

—Bien. Y a ti, Ginevra Molly Weasley, te pregunto si quieres a Harry James Potter como futuro marido, para cuidarlo y amarlo hasta la muerte.

—Sí, quiero —contestó Ginny con lágrimas en los ojos.

Y esta vez Hagrid le tendió el cojín a Ginny para que tomase el anillo de oro y se lo colocase a Harry en el dedo. Harry sintió el fino tacto de las manos de Ginny, y un sentimiento de felicidad inconmensurable le recorrió por todo el cuerpo. Harry no se había sentido tan feliz en mucho tiempo.

—Pues con el poder que me da la comunidad mágica de Gran Bretaña y en calidad de ministro de magia, yo declaro a esta pareja como marido y mujer. Podéis besaros.

Harry tomó a Ginny de las manos y la acercó a él para darle el beso de amor más romántico que jamás se habían dado. Los vítores y los aplausos quedaban muy lejanos mientras ellos se fundían en una de las pruebas de amor más verdaderas que habían experimentado. Cuando se separaron, se sonrieron el uno al otro y mirando hacia los demás, descendieron las escaleras para abandonar juntos la carpa hacia el exterior.

Afuera, la gente se acercaba a los novios para darles la enhorabuena. La temperatura era magnifica, las olas del mar amenizaban las conversaciones de los invitados, y Hermione con una sacudida de varita hizo aparecer mesas donde aparecieron copas de cristal, mientras que las botellas de champán daban vueltas alrededor de la gente para serviles.

Después de un rato de conversación en el exterior, la carpa nupcial cambió para dar paso a un amplio comedor y una gran pista de baile. La gente empezó a refugiarse en el interior cuando el calor comenzó a apretar, y encontraron bandejas llenas de pequeños entrantes, como también había una banda de música que tocaba para deleitar el evento.

Kreacher se subió a una silla y anunció a los presentes que por favor se sentasen para recibir al almuerzo. La gente fue tomando sus lugares por las distintas mesas redondas que había distribuidas por la carpa, y en la gran mesa nupcial se sentaron Harry, Ginny, los señores Weasley y la señora Tonks. Teddy estaba sentado en el regazo de Ginny, sonriéndole muy abiertamente. Ginny le hacía muecas graciosas y el bebé se reía con ella. Harry miraba la escena, embelesado.

El banquete fue colosal, y la gente quedó satisfecha. Harry y Ginny dieron una vuelta por las mesas repartiendo algunos regalos a los invitados. Harry les regaló a los hombres unos puros de hierbas mágicas cubanas, mientras que Ginny les regaló a las mujeres una figurita tallada de ella vestida de blanco, figuritas que Hagrid se había encargado de tallar en su cabaña y a la que les había puesto todo su cariño y dedicación para que salieran perfectas.

Después de la comida, Kreacher llevó a Harry y a Ginny la copia de la espada de Gryffindor, obsequiada por McGonagall para la ceremonia, para cortar la tarta nupcial, que estaba coronada por otra figurita de Hagrid donde Ginny y Harry estaban cogidos de las manos, sonriéndose. Dennis Creevey, quien había heredado la cámara de su hermano, sacó muchas fotos de la boda. Las dos instantáneas que más le gustaron a Harry fueron la que salieron ella y Ginny acompañados de Teddy, y otra en la que salieron toda la familia Weasley, Hermione, Teddy y Andrómeda Tonks.

Después, Kingsley dio paso al baile, donde Harry y Ginny lo abrían con un bonito vals que la banda empezó a tocar. Harry miraba a Ginny a través de sus gafas y la emoción que recorría su cuerpo era enorme, y detectó una tierna mirada de Ginny, devolviéndole todo el cariño.

Al rato, se unieron Hermione y Ron, Neville y Hannah Abbott, Hagrid y Madame Maxime, Luna con el joven Rolf Scamander, los señores Weasley, y más parejas del resto de invitados. Al rato, Harry también bailó con Hermione, la señora Weasley y la señora Tonks.

Harry, exhausto, se sentó en una silla con el pequeño Teddy en brazos. A su lado, se sentó la profesora McGonagall, que había bailado un rato con Horace Slughorn.

—Bueno, Potter. ¿Cómo van los estudios para ser auror?

—Muy bien profesora. Ahora la cosa se complica, pero su libro me está sirviendo de gran utilidad. En unos meses tendremos que afrontar la prueba escrita, y la magia tan avanzada que estamos aprendiendo es cada día más difícil de aprender sin un buen maestro.

—Ya sabes Potter, que todo esfuerzo conlleva una gran recompensa. Después de lo que pasó en mi despacho con esa horrible Umbridge queriendo frenar tu carrera, me decidí en que te ayudaría a conseguir ser un auror. Potter, tienes que concentrarte al máximo. El profesor Dumbledore siempre pensó que serías un gran auror.

—Gracias, profesora.

—Déjame también que te diga, que, si no fuera por la gran fortuna que tu padre ostentaba, él, como tu madre, habrían escogido el mismo camino. Ellos estarían orgullosos de ti, como lo estoy yo, Potter. Siempre me enorgullecerá contar que yo di clases al gran Harry Potter en Hogwarts, y que perteneció a mi casa.

Cuando la profesora se fue, Harry pudo notar que tenía una sonrisa poco disimulada. Minerva McGonagall no era la típica mujer que hacía cumplidos y era tierna, era una mujer de carácter, seria y estricta, pero leal y bondadosa. Harry también estaba orgulloso de que ella hubiera sido su profesora.

La fiesta se alargó durante gran parte de la noche, gracias a la actuación de la banda mágica Las Brujas de Macbeth, un regalo de las Arpías de Holyhead para Ginny, que era una gran fan.

También hubo más gente que se acercó a Harry después de que la directora de Hogwarts dejase su asiento. Andrómeda Tonks se sentó con Teddy, y Harry pidió a Kreacher que le trajese un trozo de tarta para dársela al chiquillo. Hablaron un rato largo acerca de Lupin y Tonks, y al rato Ginny, también cansada de bailar con sus hermanos, se sentó al lado de Harry y revolvió el pelo de Teddy, que era dorado para la ocasión.

El profesor Flitwick se acercó y le pidió a Andrómeda que bailase con ella, y tras aceptar, Harry y Ginny se quedaron solos por primera vez en toda la ceremonia. Ginny suspiró, y Harry la miró.

—¿Qué te ocurre? —preguntó Harry.

—Nada malo —sonrió ella—. Estoy muy feliz, jamás pensé que llegaría este día.

—Yo tampoco. Parecía que el universo tenía planes para que yo no pudiera ser feliz —respondió Harry.

—Pero estamos aquí, por fin. Y míranos, no podíamos haber empezado mejor, Harry. Tenemos una familia que nos quieren, amigos que te han acompañado hasta la muerte para detener a Voldemort, y tenemos un proyecto de vida en común que empieza hoy.

—Además, tenemos al pequeñín de Teddy Lupin, nuestro ahijado. Nada puede salir mal, Ginny. Nos toca ser felices —concedió Harry.

—Exactamente. Ahora si me disculpas, voy a buscar a las chicas. Creo que es hora de irnos despidiendo, estoy cansada —respondió Ginny, dando un pequeño bostezo.

Harry y Ginny se retiraron a La Madriguera, donde estarían solos aquella noche. Cuando llegaron a la residencia Weasley y fueron a la habitación de Ginny, Harry tenía preparada una sorpresa. Allí les esperaba una botella fría de champán y una cama llena de pétalos de rosas. Los esposos se dejaron llevar por la pasión y por los deseos en una noche mágica.

Una vez recostados y apurando las últimas gotas de champán de la botella, se oyeron voces en el exterior. Harry cogió la varita y se asomó a la ventana. Pero no era una amenaza, eran Ron, sus hermanos, Neville, Seamus y Dean Thomas borrachos que se habían aparecido allí para cantarles borrachos a la pareja recién casada. Ginny y él se rieron mucho con la escena. Cuando ya lograron desprenderse de la visita, cansados, apagaron las luces y se durmieron.

18​

LA MANSIÓN DE LOS POTTER​


Harry y Ginny despertaron la mañana siguiente aun medio vestidos con los trajes de boda. Después de fundirse en un largo y tierno beso, ambos bajaron a desayunar. Esa misma noche tomarían un avión muggle que los llevaría a Granada, una ciudad del sur de España donde la magia árabe rebosaba por cada esquina de la ciudad y de la Alhambra.

Con las maletas ya preparadas, esa tarde comerían toda la familia en el jardín de La Madriguera, así que, para ahorrar tiempo, ambos comenzaron a colocar las mesas en el exterior, y colocaron un pequeño toldo para que diera sombra.

Hermione y Ron fueron los primeros en llegar, los dos con una botella grande de cerveza de mantequilla. Se sentaron alrededor de las mesas del exterior para disfrutar de la exquisita bebida mientras comentaban las mejores anécdotas del día anterior. Harry prefirió obviar el detalle de la visita de Ron y sus hermanos a cantar debajo de la ventana borrachos como una cuba, pues Hermione seguramente se enfadaría con él.

Una vez llegaron los señores Weasley, todos contribuyeron a que la comida fuera un éxito, asaron un cordero y prepararon una buena ración de pastel de carne. George, Percy y Audrey, Bill, Fleur y Victorie, y Charlie llegaron al rato para comenzar la comida, donde también ayudarían a los novios a abrir los regalos de la boda.

Hagrid les había regalado un crup bebé —obviamente, había sido escoltado por Charlie hasta la casa de los Weasley—, los profesores de Hogwarts una réplica de plata de la Copa de Quidditch con el escudo de Gryffindor que Harry y Ginny habían ganado juntos, con el nombre de todos los integrantes del equipo de aquel año (Katie Bell, Ritchie Coote, Cormac McLaggen, Jimmy Peakes, Harry Potter, Demelza Robins, Dean Thomas, Ginny Weasley y Ron Weasley). Los señores Weasley les habían regalado el viaje a Granada; Hermione y Ron un álbum de fotos de los cuatro en Hogwarts; Bill y Fleur les regalaron un sofisticado set de abrebotellas mágico importado de Francia, por supuesto; Charlie les regaló un cuadro mágico donde aparecían Harry y Ginny vestidos de boda con el pequeño Teddy Lupin en brazos de Ginny, un cuadro de grandes dimensiones que Ginny planeaba colgar en la repisa de la chimenea de Grimmauld Place.

El señor Weasley en persona se encargó de llevar a Harry y Ginny al aeropuerto de Gatwick, en las afueras de Londres, para que tomaran un avión a Granada. El señor Weasley y Ginny miraban asombrados a su alrededor. Para ellos todo era nuevo, y el señor Weasley estaba realmente fascinado.

Cuando se despidieron, Harry y Ginny subieron al avión, y llegaron a Granada dos horas después. Cuando descendieron del avión, la temperatura de la ciudad les golpeó de lleno. No estaban habituados al calor, y no podían hacer magia hasta que los muggles que iban con ellos no estuvieran cerca. Les recogió un mago español llamado Rafael Vázquez una vez salieron del aeropuerto, y los llevó hasta el centro de la ciudad donde habían reservado en un hotel para magos y brujas; al igual que el Caldero Chorreante, solo los magos podían verlo.

Una vez instalados en una habitación con toques mozárabes, Harry y Ginny salieron a la Granada muggle para pasear y tomarse algún refresco. Harry le enseñó a Ginny qué eran los refrescos de cola y a ella le encantaron, a pesar que tenían mucha azúcar.

Por la tarde fueron a Plaza Nueva, un espacio con callejones por detrás donde había tiendas de magia árabe, donde adquirieron una pluma de fénix árabe muy bonita. También acudieron a un espectáculo mágico que combinaba una gran habilidad gimnástica con espectáculo de fuegos artificiales.

Después de una cena agradable, agotados por el viaje, se fueron a la cama. A la mañana siguiente, tendrían la visita de la Alhambra, donde a través de una visita guiada, descubrirán secretos de la hechicería árabe.

Después de un desayuno abundante, Rafael Vázquez les dejó en la entrada de la Alhambra, y les indicó a través de qué ventanilla podían preguntar por la visita mágica. Una vez compradas las entradas, les unieron con un grupo de magos y brujas extranjeros que procedían de China, Japón y Estados Unidos. La visita la harían en inglés, por lo que Harry y Ginny se perderían pocos detalles.

Una vez visitados los exteriores y jardines, la visita guiada comenzó a avanzar hacia los interiores de la fortaleza árabe. Una vez fuera de los límites permitidos a los muggles, no―magos en español, comenzaron a ver restos de batallas de la época árabe en la península. La toma de Granada del siglo XV pareció fácil para los no―magos, pero en realidad, semanas antes, los magos españoles consiguieron derrotar a los magos nazaríes que habitaban en la ciudad. Una vez capturados, los disfrazaron de rehenes y los llevaron ante el rey Boabdil, que después firmó las capitulaciones para entregar Granada a los castellanos.

Muchas de las ruinas interiores se habían dado durante los años que había durado la guerra entre los castellanos y los nazaríes, pero solo los magos castellanos habían logrado entrar. Contó el guía los magos castellanos eran reducidos pues no contaban con el apoyo real, y los pocos que lograban salvarse de la quema eran por favores anteriores a los reyes, y servían en batalla, además que muchos de ellos habían emigrado a Francia para poder estudiar en la Academia de Magia Beauxbatons; el ministerio español en la actualidad seguía manteniendo el debate sobre abrir o no una escuela de magia en España como tenían en Brasil los sudamericanos.

También visitaron la gran población hippie que existía en los pueblos de la Alpujarra, donde mucho de ellos eran magos en secreto, pero autodidactas, habían aprendido a hacer una magia rudimentaria con las manos, pero controlaban bien el fuego y las arboles frutales.

A Ginny le intentó atacar un gnomo de jardín en el Carmen de los Mártires, pero con la gran habilidad que había adquirido desgnomizando el jardín de La Madriguera, el gnomo no tuvo mucho que hacer (a Luna le encantó esa historia, que Ginny no pudo resistir en contarle a través del correo por lechuza).

Quedaron unas fotos magníficas, y después de visitar el litoral granadino, cayeron rendidos en la cama. Tomarían de nuevo el vuelo a Londres la tarde siguiente, así que Harry, en el desayuno, decidió revelarle a Ginny una noticia muy importante.

—Ginny, ¿has hecho ya las maletas? —preguntó Harry con un aura de misterio en su voz.

—Solo me faltan meter las zapatillas, que quería limpiarlas antes de meterlas.

—Cuando la acabes, no se te ocurra mandarlas a Grimmauld Place, sería un latazo viajar de nuevo hacia allí a recogerlas —dijo Harry, con una sonrisa, mientras apuraba su taza de té

—¿Cómo? —preguntó Ginny, extrañada.

—Que no vamos a volver al 12 de Grimmauld Place cuando regresemos esta tarde a Londres. Haremos noche en La Madriguera, pero no volveremos a la casa de Sirius.

—Entonces, ¿dónde vamos a vivir?

—En la casa de mis padres, en la mansión de los Potter, en Brighton.

Ginny miró a Harry con una expresión de incredulidad en sus ojos, pero como no supo qué responder, se terminó la tostada, impaciente.​

* * *
Tres días después de haber regresado a Inglaterra, Ginny estaba esperando ansiosa para acometer un último viaje. Harry y Ron habían ido a la casa días antes con la capa de invisibilidad para descubrir en qué estado estaba. Pudieron entrar con la llave que Harry, días antes, había sacado de su cámara de Gringotts. Tras echar un vistazo rápido y determinar que no había nadie esperándolos allí, pudieron regresar satisfechos a La Madriguera.

Cuando llegó el día de mudarse, Harry y Kreacher se aparecieron en la casa de Grimmauld Place para recoger las últimas pertenencias del matrimonio y mandarlas a la mansión de los Potter. Kreacher se quedaría limpiando la casa, hasta que fuera llamado.

Harry tomó a Ginny de la mano, y juntos se desaparecieron. Una vez aparecieron, Ginny miró asombrada la gran puerta de madera, de roble macizo, que se alzaba ante ella. La finca era soleada, con un gran jardín, algo descuidado por el paso del tiempo. Estaban delante de la puerta principal, pero una gran valla de metal cerraba el sendero que llevaba desde el exterior a la puerta de la casa. A ambos lados de la puerta, dos grandes jardineras contenían flores que destilaban un olor muy agradable. El jardín estaba lleno de lirios, que coloreaban el césped bien recortado que se extendía por todo el exterior.

Ginny, antes de entrar, es costumbre en el mundo muggle que el marido lleve a la mujer en brazos hasta el interior de la casa. Nunca supe mucho de lo que hacían las parejas en nuestro mundo, pero si no te importa, me gustaría hacerlo de esta manera.

Ginny sonrió a Harry tiernamente, y él abrió las puertas con la llave. Cuando entraron, Ginny en brazos, avanzaron por un vestíbulo enorme, que nada tenía que envidiar al de Hogwarts, hacia una gran escalera de mármol blanco. Harry subió a Ginny por las escaleras, y cuando llegaron al primer piso, avanzó con cuidado hasta una puerta también tallada en roble.

—Vamos, Ginny, ábrela —dijo Harry tiernamente.

Ginny abrió la puerta y descubrió una habitación enorme, donde todo la cocina y el salón de La Madriguera podría caber con facilidad. Harry depositó a Ginny en una cama con dosel muy cómoda, que tenía las sábanas de satén rojo más suaves que se podrían encontrar.

—Bienvenida a casa, Ginny Potter.

Ginny miró fascinada la estancia. Una gran chimenea, con una alfombra elegante a sus pies, reinaba en la sala. Cuando ella se acercó a observarla, pudo ver tallada en piedra animales como ciervos, lobos y perros enormes. Mientras tanto, Harry descorrió unas cortinas y la luz entró con potencia. Al descorrer las cortinas, un gran ventanal gótico dejaba ver toda la extensión del jardín y el bosque que había al final del camino que llevaba a la casa.

—¿De verdad vamos a vivir aquí, Harry? —preguntó Ginny a su marido, asombrada.

—Sí —respondió él—, esta será nuestra nueva casa. Era la casa de mis padres, y la de mis abuelos paternos. Es la mansión Potter, como ya te he contado antes. Mis tatarabuelos la adquirieron después de amasar su gran fortuna vendiendo pociones y fue pasando de generación en generación. Solo he estado aquí una vez, y solo conocía este dormitorio y el vestíbulo. Vine con Ron y sólo investigamos la primera planta, pero supimos que no había nadie. La casa estaba limpia, todo en orden, como la habrían dejado mis padres una vez que nos fuimos de aquí. Pensé que sería genial que investigásemos la casa los dos juntos.

—¿Y cómo has sabido de su existencia? —preguntó Ginny, intrigada.

—Una tarde, Kingsley vino a La Madriguera. Con la excusa de querer hablar conmigo ciertas cosas de Voldemort, subimos a mi habitación y me dio esto, junto con una carta.

Ginny cogió un pergamino que le tendía Harry.​

Última voluntad y testamento de James Charlus Potter.
—Busca mi nombre, creo que es el que está más abajo. Dejó otras cosas para sus amigos, y algo de dinero para Hogwarts y San Mungo, el hospital —le especificó Harry.​
Yo, James Charlus Potter, lego a mi hijo y heredero Harry James Potter, todas mis pertenencias —no repartidas anteriormente en este testamento— adquiridas hasta la fecha, y todas aquellas que pueda generar hasta el día de mi muerte.
Entre ellas, lego a Harry James Potter las siguientes: mi cuenta corriente de Gringotts, la cámara 687; la mansión de la familia Potter, situada en las afueras de Brighton, Sussex; la casa familiar ubicada en Godric's Hollow; mi escoba de carreras, Nimbus 1500.
Ginny devolvió el pergamino a Harry, y el con sumo cuidado, se lo volvió a meter en el bolsillo.

—Así que, es nuestra, Ginny, esta es la casa de la familia Potter. Esto, sumado a la herencia de Sirius, que fue Grimmauld Place, todo lo que había dentro, Witherwings, o sea, Buckbeak, que lo tiene Hagrid a su cuidado ahora, y Kreacher. Aquí vivieron mis padres conmigo, antes de que Dumbledore les consiguiera una casa en Godric's Hollow. Después nos mudamos, y vivimos allí hasta que nos encontró Voldemort. Me lo cuenta todo en una carta Dumbledore.

Ginny y Harry comenzaron a explorar un poco la casa. En el primer piso se hallaban las habitaciones más grandes, en total unas cinco habitaciones. En el segundo, había habitaciones algo más pequeñas, seguramente corresponderían al servicio que estuviera en la casa en los años de los primeros Potter que vivieron allí. Y en la tercera planta, encontraron un gran desván donde habían almacenados cientos de objetos mágicos que Harry no había visto. Al final, cerca de una de las ventanas que daban a la entrada principal, estaba la escoba que James había legado a su hijo. Cuando se acercó, vio una caja de madera al lado con el logo de Hogwarts. La abrió, y encontró la túnica de quidditch que había pertenecido a su padre cuando era cazador en Gryffindor. Debajo de ella, había una quaffle y la snitch que había visto años atrás en el pensadero, cuando vio los recuerdos de Snape.

—Mira lo que he encontrado, Harry —dijo Ginny, que había estado mirando por otro lado del desván.

Ginny sujetaba un gran cuadro donde aparecían todos los miembros de la familia Potter, él incluido, y cuando miró bien, vio exactamente la misma imagen que cuando miró el espejo de Oesed. Así que por eso sabía qué aspecto tenían todos los miembros de su familia, porque ya los había visto alguna vez.

—Bájalo luego a la segunda planta Ginny, lo limpiaremos un poco y le buscaremos un sitio para colocarlo. Bueno, es casi la hora de comer, y Hermione, Ron y Bill estarán al caer con el resto de las cosas que nos faltan.

Bajaron a las cocinas, que estaban en el sótano, y allí encontraron una escena que les dejó boquiabiertos.

—¡Amo Harry! —exclamaron de repente cinco elfos domésticos que había allí.

—¿Perdón? ¿Amo Harry? —preguntó Harry, extrañado.

Uno de los elfos domésticos se puso encima de una gran mesa, y tras hacerle una reverencia, les dijo:

—Sabíamos que regresaría algún día, señor. Dodge sabía que el amo volvería, y así lo ha dicho siempre a sus hermanos. Hemos cuidado de la mansión porque el señor Potter así lo pidió, y aquí estamos, señor, dejando la casa muy limpia —dijo el elfo con su voz alegre y chillona.

—¿Ustedes trabajaban para el señor Potter, para James Potter? —preguntó Harry.

—En efecto, señor. Su padre fue siempre bueno con nosotros, señor. Siempre fue amable. Nos pidió el amo que guardáramos el secreto de por qué se fueron, y así lo hemos mantenido, señor. Y al fin ha vuelto, amo Harry. Muchos nos preguntábamos cuándo volvería, y por fin lo hizo.

—Gracias, Dodge. No sabía que tenía elfos domésticos a mi disposición. Es un placer conoceros.

—El amo es atento, como lo fue el señor Potter, nosotros solo podemos ser agradecidos con él —dijo otro elfo tras hacerle una reverencia.

—No, no es necesario…

Totty, señor —le respondió el elfo.

—No es necesario tanta reverencia, Totty —y les sonrió.

—Ha hecho un largo viaje, señor. ¿Puede Dodge ayudarles a instalarse?

—Esto… sí, gracias. Las maletas están en la puerta, Dodge. Vamos a ocupar la habitación grande.

Dodge y Totty abandonaron las cocinas para instalar a Harry y Ginny en la mansión. Mientras, los otros tres elfos domésticos, que se presentaron como Hunt, Fastret y Bloom, ofrecieron a los nuevos propietarios de la mansión una comida suculenta. La sirvieron en un gran comedor que había cruzado el vestíbulo hacia el a través de un amplio corredor. El comedor tenía vistas al jardín trasero de la mansión, donde se erguía un enorme robledal que daba señorío a la finca. Los árboles eran tan altos como para ocultar a una persona jugando quidditch a media altura.

Después de comer, Ron, Hermione y Bill se aparecieron en la mansión para terminar de ayudar a instalarse a Harry y Ginny. Hermione dio un grito y todos, varitas en ristre, fueron a donde se encontraba. Bajando hacia las cocinas, había una puerta oculta, y tras ella, la biblioteca más grande que jamás habían visto. Hermione, como no, se acercó a mirar todo tipo de libros que había allí acumulados.

—Harry, déjame vivir aquí —pidió Hermione, emocionada.

Ron y Bill tuvieron que sujetar a Hermione para que no entrara a las cocinas, pues no querían alarmar a los elfos domésticos desde el primer día. Después de ordenar todas las cosas que se habían llevado, Harry y Bill entraron al dormitorio más cercano al de matrimonio. Harry quería adornarlo para que Teddy pudiera quedarse de vez en cuando con ellos. Cuando entraron, vieron una cama pequeña, adornada con un cabecero con lechuzas dibujadas.

—Harry, creo que esta sería la habitación que tus padres tenían pensado darte aquí.

—Sí, eso parece.

—¿Quieres que te deje sólo, Harry?

—¿Qué? No, no, Bill, no te preocupes. Sabía que esto me lo tendría que encontrar. Vamos a dejar esto adornado para el pequeño Teddy. Estoy bien —dijo sonriendo Harry.

Después de un rato, Bill, que era un manitas con la magia, había construido una barra de seguridad en la cama, pintado las paredes de un color verde relajante y convertido un trozo de madera en una lámpara con forma de lechuza.

Ginny entró en la habitación con Ron —Hermione seguía en la biblioteca— y cuando vio la estancia, cogió de la mano a Harry y le dijo con ternura:

—Seguro que a Teddy le va a encantar. No veo la hora de que esté con nosotros.

Después de haber dejado todo ordenado, los señores Weasley aparecieron por la chimenea del salón principal, que se hallaba a la derecha del vestíbulo. Allí, los señores Weasley se quedaron maravillados de todas las cosas que la mansión Potter tenía. Después de la recepción en el salón, Dodge les aviso que la cena estaba lista. Sentados alrededor de la gran mesa del comedor, que Bill había empequeñecido un poco para hacerla un poco más familiar, todos disfrutaron de un buen festín, servido por los elfos domésticos de la casa. Hermione, absorta en la lectura de un libro titulado Las grandes aportaciones de Godric Gryffindor al mundo mágico, olvidó protestar por quien le servía la comida.

Durante los postres, Harry anunció:

—Bueno, si queréis escucharme, tengo una cosa que decir —cuando todos le prestaron atención, continuó—. Ahora que Ginny y yo vamos a vivir aquí, quisiera hacer un regalo a dos personas que están con nosotros. La casa de Grimmauld Place no la necesitamos de momento, y quería regalársela a Ron y Hermione, para que también empiecen su vida en común.

—¡Oh, Harry! —dijo Hermione entre lágrimas—. No tenías porqué.

—Gracias, tío, pero no sé si puedo aceptarla —dijo Ron.

—Te haré una maldición como Hermione y tú no os decidáis a mudaros allí —le advirtió Harry, con una sonrisa.

—Solo nos iremos con una promesa, Harry —dijo Hermione, aún emocionada.

—Dime, Hermione.

—Que me dejes venir a la biblioteca todos los días.

Después de anunciar la noticia, Hunt trajo una botella de hidromiel de Madame Rosmerta, y el señor Weasley brindó por la nueva vida que les venía por delante a Ginny y Harry, y también a Ron y Hermione.

19​

EL NÚMERO 4 DE CHURCHILL ROAD​


Las semanas pasaron en la nueva residencia Potter. Harry y Ginny comenzaron a decorar la mansión a su gusto, dejando el desván bien ordenado gracias a la ayuda de los elfos domésticos de la casa. Harry había encontrado una estancia en la segunda planta que habría funcionado como una pequeña biblioteca y estableció allí su estudio. Sacó del desván un viejo escritorio que había pertenecido a su abuelo, y colocó en una pequeña vitrina que Hermione creó mediante magia una de las réplicas de la Copa de las Casas que le habían regalado tiempo atrás. La escoba que su padre le había legado ahora lucía colgada en la pared donde Harry había colocado su escritorio. La pequeña chimenea de la estancia también estaba decorada con una foto de Harry y el pequeño Teddy el día de su bautizo. Una mesa de té y unos cuantos sillones de color púrpura terminaban de dar el toque de elegancia que la estancia requería. Ron solía pasar algunos días para estudiar allí con Harry. Dodge se encargaba que Harry y Ron tuvieran siempre a su disposición galletas y pastas recién hechas y una buena jarra de zumo de calabaza.

El gran salón de la casa tenía una enorme alfombra de un color rojo elegante extendida delante de la chimenea, la más grande de toda la mansión. Todas las chimeneas estaban talladas, pero aquella era la única que tenía grabada el escudo de armas de la familia Potter. Dodge le había comentado a Harry que todos los Potter que heredaban la casa tenían derecho a modificar el escudo para personalizarlo de acuerdo al carácter del heredero. Harry sustituyó un tejón (que había puesto su tatarabuelo) por un rayo, que hacía recuerdo a la batalla librada contra Lord Voldemort. Una gran estantería de cristal brillaba con el reflejo de las llamas de la chimenea, donde se encontraban los trofeos que Harry y Ginny habían ganado a lo largo de sus años en Hogwarts. En una cajita de color rojo escarlata, Harry había depositado su insignia de capitán de quidditch, un año maravilloso a nivel deportivo, y había colocado una copia en el escritorio de su despacho.

Ginny ya volvió a los entrenamientos después de su permiso matrimonial, y Harry comenzaba a estar solo en la gran mansión. Ron acudía para hacerle compañía, a veces acompañado de Hermione, que se encerraba en la biblioteca de la casa, donde hacía un repaso profundo a los títulos que allí se encontraban.

La temporada de Ginny en las Arpías de Holyhead no estaba siendo desapercibida para la comunidad mágica. La Liga de Quidditch seguía avanzando con Ginny Potter, Mary Connor y Gwenog Jones como las cazadoras estrella del equipo. Maggie Johnson había batido el récord de atrapar la snitch dorada más rápido en un partido de liga profesional. Las Arpías seguían dominando con puño de hierro la Liga, venciendo con claridad sobre sus rivales. El Puddlemere United, su rival histórico, estaba posicionado segundo, pero con una desventaja de 250 puntos (los Chudley Cannons, como de costumbre, eran los últimos clasificados).

La temporada de quidditch se interrumpía siempre en Navidad por el mal temporal, así que Ginny no tenía que viajar durante un mes. Así pues, una tarde, sentado en la butaca en frente de la chimenea de su despacho, Harry dejó el libro que estaba leyendo y bajó al salón en busca de Ginny. Allí, dormida delante de la chimenea estaba ella. Su cabello brillaba con el resplandor de las llamas. Harry se sentó a sus pies, mirándola. Ginny estaba exhausta. Los viajes siempre la tenían ocupada, y tenía que emplear mucho físico en los entrenamientos.

Justo cuando Harry iba a levantarse del sofá para buscar una manta para ella, Ginny abrió los ojos. Harry le sonrió, y le cogió la mano, apretándosela con ternura. Ginny se desperezó y se echó sobre su marido, quien acariciaba su pelo, sedoso al tacto. Los dos en silencio escuchaban como el fuego chisporroteaba.

—Ginny, esta Navidad va a ser especial.

—¿Por qué lo dices, Harry? —pregunto Ginny, mirando directamente a los ojos de su marido.

—Hace unos días, me escribí con Andrómeda. Va a dejar a Teddy aquí toda la Navidad —dijo Harry, ilusionado.

—Jo, Harry, qué bien. Echaba ya de menos al pequeño Teddy. Con esto de los viajes, es más difícil que se quede en casa con nosotros.

—Por eso he pensado, querida, que este año vamos a hacer la celebración de Navidad aquí, en casa. Que se venga toda la familia aquí, hay sitio de sobra para todos, y todos cabemos.

—¡Qué fantástica idea! Me muero de ganas.

—¿Qué tal si vamos a recoger al pequeño Teddy? Le llevaremos a Andrómeda algunas de las pastas de té que hace Bloom, están riquísimas, y de paso, la invitaremos a cenar a casa el día de Nochebuena. Me gustaría que se quedase aquí, pero creo que esta Navidad iba a estar en casa de los Malfoy.

Harry cogió un poco de polvos flu del macetero de la repisa de la chimenea, y se introdujo en el interior.

—Te veo allí en un minuto, Ginny —dijo Harry—. ¡A la casa de Andrómeda Tonks!

Después de aparecer por la chimenea de la casa de los Tonks, una voz inconfundible soltó un grito de asombro y corrió hacia él.

—Hola, Teddy. Ya viene Ginny en camino —y le sonrió.

La señora Tonks apareció por la puerta del salón.

—Ah, hola, Harry, supuse que eras tú, llegas algo tarde —dijo amablemente la señora Tonks.

—Hola, Andrómeda. Sí, disculpa, pero algunas se han quedado dormidas enfrente de la chimenea— dijo Harry, en torno burlón cuando Ginny había aparecido por el hueco de la chimenea.

—Hola, Andrómeda, ¿cómo estás? —preguntó Ginny, y después miró a Harry de manera fulminante, y éste borró de su cara la expresión burlona.

Se sentaron a tomar el té en el salón de la casa, mientras el pequeño Teddy jugaba con una escoba de juguete que Harry le había regalado.

—Le gusta mucho la escoba, Harry, no para de usarla. Ahora está aprendiendo a hablar, así que estoy enseñándole a decir algunas palabras. Espero que una de sus primeras palabras sea quidditch o abuela.

—No te preocupes, Andrómeda, si en casa dice algo, te mandaremos una lechuza de inmediato. Seguro que Harry intentará que hable una vez hayamos instalado a Ted en su cuarto. ¿Seguro que no quieres venirte con nosotros? Sabes de sobra que en casa hay espacio de sobra para todos —ofreció Ginny amablemente.

—No, Ginny, gracias. Quedé con Cissy en ir allí, y mejor si no me acompaña Teddy, ya sabéis que no le tenían mucha simpatía a Remus. Teddy estará mejor estas Navidades con vosotros —comentó Andrómeda.

Bueno, al menos ven a comer con nosotros el día de Navidad. Molly tendrá preparado un delicioso pavo, como el año pasado —dijo Harry, sonriendo.

—Está bien, me pasaré a comer —prometió ella, devolviéndole la sonrisa.

Después de recoger todas las cosas de Teddy, Ginny sacudió la varita y estas desaparecieron para aparecer en la casa de los Potter. Andrómeda se despidió del bebé, y los acompañó hasta la chimenea.

Harry y Ginny aparecieron en la cocina de La Madriguera, con Teddy en brazos de su madrina.

—¡Ginny! ¡Harry! ¡Y el pequeño Teddy! ¡Qué sorpresa! —exclamó la señora Weasley cuando los vio aparecer en la cocina.

—Hola, mamá. Hemos venido a veros. ¿Cómo estáis? —dijo Ginny abrazando a su madre.

—Bueno, pues pensando en cómo vamos a organizar este año las navidades, cielo. Este año la familia ha crecido, y Bill y Fleur vendrán a dormir aquí con la pequeña Victorie. Charlie, Ron y Hermione también, desde luego. Percy y George tampoco viven aquí. Y vosotros, con Teddy. Menudo rompecabezas va a ser este año.

—Por eso estamos aquí, señora Weasley —dijo Harry con calma—. Sabemos que todos estos años nos las hemos ingeniado para pasar la Navidad juntos. Pero este año Ginny y yo queremos hacerlo de manera especial.

—¿Especial? Harry, querido, no te sigo —respondió la señora Weasley.

—Este año celebraremos la Navidad en casa, mama, en nuestra casa —dijo Ginny, sonriendo.

—¿Cómo? No hija, vosotros estáis recién casados, nuestra casa está preparada…

—Lo sabemos, pero a Harry y a mí nos haría mucha ilusión. Seguro que papá estaría de acuerdo. Por cierto, ¿dónde está papá?

—Estará en el cobertizo. Harry, cielo, puedes ir a buscarle y decirle que venga a cenar.


Una tarde, Harry estaba saboreando una copa de zumo de calabaza en el gran salón cuando Zeus entró por el ventanal para posarse en un perchero que Harry había instalado para él. Llevaba un sobre blanco con su nombre escrito en tinta negra. En seguida reconoció la letra, era de Dudley.​
Harry.
Mamá y papá ya vieron las fotos de la boda. No han comentado mucho, como ya supondrías, pero mamá al menos guardó la foto en un cajón. Menos mal que seguiste mi consejo y no estaba embrujada para moverse.
Pronto se acerca la navidad, y sé que la pasaras con la familia de tu esposa, pero me gustaría que pudiéramos vernos los cuatro para poder tomar una taza de té y conocernos mejor.
Espero que puedas venir el viernes de la semana que viene, te esperaré en la dirección que te mandé hace un tiempo. Espero tu respuesta con tu lechuza, a la que le encanta mucho picar las almendras que le ofrezco cuando la veo llegar.
Pd: Laura no sabe nada de que eres mago, así que os agradecería que no hicierais ninguna demostración de vuestros poderes.

Dudley.


Harry consultó el calendario de Ginny, y vio que estaba libre el próximo viernes. Así que Harry, mediante magia, acercó una mesa y redactó una nota de respuesta para Dudley. Cuando Ginny regresó a la casa —Hunt le sirvió una copa de vino—, Harry le comentó mirando a la chimenea que Dudley les esperaba el próximo viernes para conocer a Laura, su nueva pareja. Ginny respondió que le encantaría acompañarle, le dio un beso y le anunció que se retiraba a la cama.

La semana pasó rápido para Harry, que estaba impaciente por realizar la visita a Londres. Se había pasado por la ciudad de Brighton para comprarles un regalo a Dudley y Laura. Aprovechó también para comprar algo de ropa muggle, ya que después de la batalla de Hogwarts apenas había ido de tiendas. A Ginny le compró un bonito vestido de color verde para que lo llevase el viernes a casa de Dudley. Después de comer en las cocinas de la mansión —Harry y Ginny lo preferían así en vez del comedor, pues la estancia era más cálida y humilde—, Harry entregó a Ginny el vestido, y tras llenarlo de besos por la sorpresa, ambos se vistieron de muggles para ir al número 4 de Churchill Road.

Harry y Ginny, tal y como habían prometido a Dudley, no usarían la magia, así que bajaron a estación de tren más cercana, a unos tres kilómetros de la mansión, y tras hacer transbordo en la estación de Brighton, tomaron otro tren a Londres. El paisaje era bonito, y el traqueteo del tren hacía que Harry se relajase mucho. Un par de horas después, Harry y Ginny bajaron en la estación de Victoria. Cogieron un taxi en la salida de la estación, y bajaron en la calle de Churchill Road. Ante ellos, unas casitas de ladrillo rojizo se alzaban ante ellos. Harry se aproximó al interfono de la puerta, y llamó.

—¿Quién es? ―dijo una voz femenina que respondió a la llamada.

—Hola, soy Harry Potter, el primo de Dudley Dursley, venía a visitarlo. Vengo con mi esposa, Ginny.

—Ah, sí, por supuesto. Adelante, pasad.

Abrieron la verja que daba paso a una escalinata rojiza, y una chica rubia abrió la puerta. Tras un breve saludo, les dejó pasar al interior de la vivienda. El recibidor era acogedor, y el corredor que llevaba al salón estaba lleno de las fotos de Dudley con sus padres. Dudley, que leía un periódico —a Harry le recordó a su tío Vernon—, levantó sus ojillos y miró a Harry y Ginny.

—Ah, hola. Bienvenidos.

—Hola, Dudley —saludó Harry.

—Sentaos, por favor— pidió Dudley, señalando unos sillones que había alrededor de una mesa de té—. Laura —prosiguió Dudley—, voy a ver cómo va el té.

Harry y Ginny tomaron asiento, y Laura se sentó en frente de ellos dos.

—¿Así que tú eres Harry? Me complace mucho conocerte. Dudley me habló mucho de ti, dice que vivisteis juntos dieciséis años.

—Sí. Desde que tenía un año —dijo Harry, intentando controlarse mucho.

—No te preocupes, ya me ha contado que tuvisteis una relación tormentosa. Eso, hasta que según él…

—Hasta que me salvó la vida, Laura —sentenció Dudley con una sonrisa—. ¿Pastas, Ginny? Son caseras, las hace Laura —ofreció Dudley.

—Sí, muchas gracias —respondió ella con una sonrisa.

—Dudley, yo no… —balbuceó Harry.

—Sí, Harry. Tú me salvaste la vida —sentenció Dudley—. Si no llegas a estar allí, esos dos matones habrían acabado conmigo. Supongo que me lo merecía, pero desde ese día cambiaron muchas cosas en mi cabeza. Dejé de tratar mal a los demás.

Tomaron el té, y Laura comenzó a hablarles de ella. Era una chica de Londres que había comenzado los estudios de nutricionista en la universidad y estaba de prácticas en la consulta de un famoso médico nutricionista de familia. Dudley la había conocido un día que fue a Londres a comprar con sus padres. Cuando ellos decidieron ir a ver a la tía Marge, que se había mudado, él decidió ir a tomar un café. Allí, en la cafetería, conoció a Laura, comenzaron a hablar, y hasta la fecha. Fue un flechazo romántico.

Después de apurar la taza de té, Harry y Ginny anunciaron que ya se iban. Después de llevarse una caja con pastas caseras de Laura, salieron de la casa, y buscando algún callejón discreto, se desaparecieron.​

* * *​

La tarde antes de que la familia llegase a La Ponderosa, como así habían llamado a la casa Harry y Ginny, habían colocado un gran cartel tallado en madera con el nombre en latón estaba incrustado en la piedra del muro exterior al lado de la gran cancela que daba paso al sendero que atravesaba el jardín hasta la entrada de la mansión.

Gracias a la colaboración de los elfos domésticos, habilitaron las habitaciones del primer piso para Hermione y Ron, George y Charlie. Los señores Weasley dormirían en una de las grandes habitaciones del segundo piso, y agrandaron una antigua habitación para Bill y Fleur, donde colocaron una cuna para la pequeña Victorie. Percy y Audrey también se instalarían en la segunda planta.

El día 22 de diciembre, la familia comenzó a aparecer por la chimenea de la casa. Primero llegaron Bill y Fleur, con Victorie dormida. Después de que Fastret colocara los abrigos de la pareja, colocaron unos almohadones delante de la chimenea, donde en alguno de ellos dormitaba Teddy, y dejaron a los pequeños al calor de las llamas. Se sentaron en una gran mesa que habían colocado en el salón y Bloom les trajo a Harry y Bill una botella de cerveza de mantequilla. Mientras bebían comentado acerca de cómo la normalidad había vuelto a la administración del banco Gringotts, aparecieron Hermione y Ron por la chimenea. Hermione iba muy sonriente, y Ron con las orejas muy coloradas. Se sentaron a la mesa también después de saludar, y Ron no dudó en coger algunos de los dulces que Bloom había preparado para la recepción de la familia Weasley.

Los señores Weasley aparecieron con Charlie, que tenía más cicatrices que nunca en sus brazos. Como era habitual, después de haberse encontrado con su madre, Charlie llevaba el pelo muy corto, y Charlie se pasaba la mano por la cabeza de vez en cuando, poniendo muecas que evidenciaban que echaba de menos su melena pelirroja.

Después de que llegasen Percy y Audrey, solo quedaba por llegar George. Y cuando lo vieron aparecer, nadie se esperaba que llegase acompañado.

—Familia, ésta es Angelina Johnson —dijo sonriendo George.

20​

NAVIDADES EN LA PONDEROSA​


Las primeras Navidades de Harry y Ginny como casados no podían haber empezado mejor. Toda la familia estaba reunida en La Ponderosa, en torno a la chimenea del salón grande, bebiendo un gran tazón de chocolate caliente. El gran salón había quedado muy bonito con todos los adornos que Harry y Ginny habían colocado. Un gran abeto coronaba la decoración, lleno de luces y estrellas de plata. Fleur había implorado a Harry que no permitiera escuchar a Celestina Warbeck en la radio, pero Harry no pudo hacer nada, pues la señora Weasley ya había colocado su emisora preferida.

Harry y Ron colocaron sendas butacas enfrente de la chimenea, terminando por fin los últimos capítulos de El camino de obstáculos hasta la meta del auror, pues a finales de enero tendrían un examen ante Fletcher para entrar definitivamente en el Departamento. Hermione también entraría en el Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas en enero, así los tres amigos volverían a verse a diario. Aprovechando los días en La Ponderosa, Hermione llevaba todos los días cuatro o cinco libros al salón, y también aprovechaba para leer todos los libros que encontraba sobre criaturas en la gran biblioteca de la mansión.

Teddy y Victoire jugaban mucho juntos. Otto, el crup bebé de los Potter, que hasta ahora estaba cuidando Charlie, también apareció en escena, y olisqueaba siempre los pies de Teddy, y cuando los dos bebés se quedaban dormidos, él se quedaba al lado de ellos, velando su sueño, hasta que se quedaba dormido. Bill había prohibido categóricamente que Victoire montara la escoba de Teddy, así que ella se contentaba mirando como el pequeño flotaba a un palmo del suelo, y se reía a carcajadas cuando pisaba la cola de Crookshanks, y mientras Otto perseguía por todo el salón a Teddy, ladrando enérgicamente. También pasaban mucho rato dormitando los dos, muy juntitos, en los almohadones delante de la chimenea, a los pies de Ginny.

Angelina, que se llevaba muy bien con Harry y Ron, disfruto como mucho del jardín de los Potter. Como una más de la familia, salían por la tarde a volar, bien cubiertos por los altos árboles que rodeaban la finca. Gracias al robo de James Potter, tenían a su disposición una quaffle, en vez de las manzanas que usaban en el huerto de árboles frutales de La Madriguera. Después se reponían dentro con un buen pastel de calabaza.

La noche de Navidad, Molly sorprendió con una espectacular cena. Ayudado por Kreacher, Dodge, Hunt, Hunt, Fastret y Bloom, Harry colocó en la mesa la mejor vajilla de cerámica negra con hojas blancas pintadas a mano, y una cubertería de plata. Las copas eran de un cristal muy fino y resistente, y las servilletas de una seda muy fina. Harry, para gusto de Fleur, puso música navideña en otra emisora de radio, que acompañaba muy bien el ambiente creado en el comedor de la casa. Kingsley y Hagrid también habían ido a cenar con los Weasley.

Cuando todos se sentaron a la mesa, probaron las maravillosas delicias preparadas por la señora Weasley. Incluso los elfos domésticos estaban invitados a comer (todos habían hecho mil reverencias a Molly Weasley) y estos disfrutaban con lágrimas en los ojos los manjares de la mesa. Harry y Ginny no pudieron desear una Navidad más bonita.

Llegó la hora de abrir los regalos, ya de nuevo en el comedor. La sala se llenó de repente de papeles de envolver y de caras de gratitud de los unos a los otros. El regalo más alabado fue la escoba que Harry le regaló a Ginny, una Saeta de Fuego 2 con el mango de color verde y dorado, pues con una pequeña cantidad adicional, había conseguido personalizarla. En dorado, también estaba inscrito el nombre de su dueña, Ginny Potter.

—Es el último modelo, salió hace tres semanas. Espero que la disfrutes y vueles como nunca —le deseó Harry, sonriéndole. Ginny le besó como respuesta.

El señor Weasley colocó uno de los cuadros que le habían regalado a Harry después de salir de Hogwarts. Los Weasley, Andrómeda, Teddy, Hermione y Harry saludaban desde el cuadro a todos los presentes. Las fotos de la boda y del bautizo también estaban colocadas en las estanterías del salón.

Al día siguiente, durante la comida de Navidad, Andrómeda Tonks se sumó a los festejos de la familia Weasley y la mejor noticia es que Percy y Audrey anunciaban que se casaban en mayo. Todos brindaron a la salud de los nuevos prometidos.

Por la tarde, Harry, Ginny, Hermione y Ron bajaron a Brighton para disfrutar de la ciudad, llega de muggles corriendo de un lado para otro, cargados con bolsas de todos los colores. Entraron a un pub deportivo —Harry y Hermione tuvieron que volver a explicarles a Ron y Ginny las reglas del fútbol— a tomarse unas cervezas y disfrutar de un ambiente navideño. Después, se reunieron con el resto de la familia para visitar el Brighton Pavillion, un edificio situado en el centro de la ciudad, cerca de la playa, que había sido el palacio de verano de los Reyes británicos.

Ya de nuevo en casa, y cenando lo que había sobrado de la comida, Harry se puso a juguetear con Teddy y Victoire. Cuando Harry chinchaba a Teddy, éste cambiaba su pelo de azul a color rojo. Ginny le ponía caras de enfado cada vez que Harry molestaba al niño, así que Teddy se dedicaba a darle besitos en la mejilla a su madrina.

Hermione y Fleur, a su vez, también intentaban enseñar a Victoire a caminar. Teddy siempre andaba delante de ella, chuleándose —Harry pensaba que lo hacía para impresionarla—, hasta que una tarde, ella aprendió a caminar mejor que él, y más rápido. Así que el pequeño aprovechaba a tope los ratos que podía coger la escoba para ir flotando por el aire. Bill se dio cuenta de la situación, así que tomó cartas en el asunto. Redujo el tiempo andando con Victorie, y empezó a jugar más con Teddy, incluso, siempre supervisado por Bill y agarrada por él, permitió a la pequeña coger la escoba voladora. Una tarde, Harry apareció con una escoba de juguete color dorado para Victoire, y después de aquello, se arrepintió un poco. Tanto Teddy como la pequeña Victoire aprendieron a manejar la escoba sin necesidad de que nadie los sujetase, y aprendieron a ir más rápido. Harry tuvo que soportar una charla larga de Fleur.

Las Navidades se iban acabando conforme llegaba la fecha de Año Nuevo. Después de esa noche, todos volverían a sus respectivos hogares. Harry convenció a Hermione para que ellos se quedasen al menos hasta que Ron y Harry accedieran al Ministerio.

Las despedidas fueron un poco tristes, pues Teddy se había encariñado mucho con Victoire, y Harry y Ginny con él. La rutina era la norma que conducía la vida de toda la familia. Andrómeda, apiadándose de la pareja, prometió llevarles a Teddy los viernes para que pasara con ellos los fines de semana.

—¿Lo ves, Teddy? Te vas a quedar con nosotros mucho tiempo —dijo Ginny sonriendo. Además, el tío Ron y la tía Hermione van a estar aquí un tiempo, así que podrás jugar también con ellos.​

21​

EXAMEN DE AUROR.​


Harry echaba de menos la acción. Llevaba ya casi dos años estudiando para el examen final de los aurores, y lo que menos le apetecía era estar allí sentado repasando todos los esquemas que Hermione le había dado. Se encerraban horas y horas en la biblioteca de La Ponderosa, hasta bien entrada la noche. Ginny, los días que no iba a entrenar, se solidarizaba con ellos y se ponía a leer en la biblioteca en un sillón muy cómodo cerca del fuego.


Los meses pasaban y Harry echaba de menos a Teddy, pues con las horas que debía dedicar a estudiar en la biblioteca no tenía tiempo para el niño, pero se prometió a sí mismo que en cuanto acabasen sus estudios y tuviera un horario de oficina, entonces se dedicaría a jugar con el pequeño en los jardines de la casa y a jugar con él con la escoba de juguete.


Ron, siempre malhumorado cuando tenía que estudiar, tenía que salir de la biblioteca cada hora porque Hermione le había prohibido taxativamente que no podía comer nada en la preciada biblioteca. Él miraba a Harry, esperanzado, pero Harry le devolvía un gesto que Ron entendía como sí no queda más remedio

La temporada de quidditch también iba tocando a su fin. Las Arpías iban primeras, pero sacaban pocos puntos al Puddlemere United, así que se reunían más que nunca, pues estaban ante una oportunidad histórica de conquistar un título de Liga. Además, ese año se retiraba la capitana, Gwenog Jones. Ginny seguía acaparando muchas portadas en la sección de deportes, cosa que le fastidiaba mucho, pues tenía que conceder muchas más entrevistas de las que ella habitualmente daba. Hasta el momento, las entrevistas las intentaba dar en la sede de las Arpías de Holyhead, y estaba evitando todas las relaciones con la prensa rosa y esa odiosa escritora, Rita Skeeter.

Hermione a veces se iba con Ginny al pueblo que había cerca de la mansión, Falmer. Estaba cerca de la Universidad de Sussex, por lo que Hermione y Ginny se entremezclaban con los estudiantes. Después, volvían con alguna comida para Harry y Ron, dando éstos rienda suelta a su hambre contenida por las horas de estudio.

La noche antes del examen, Harry y Ron se dieron el lujo de no repasar más. Necesitaban dormir, pues el cerebro estaba a punto de estallarles. Por la tarde, una lechuza del ministerio había aparecido en la percha del salón, y les dejó una nota del Departamento de Aurores.​
Estimados Harry y Ron.
El examen de auror tendrá lugar mañana, viernes 28 de enero a las 13.00 horas en la puerta de la Oficina de Aurores. Debéis estar antes, a las 12.00 horas en mi despacho, para pasar por una comprobación de varitas de mano de Garrick Ollivander.

Kingsley.

Kreacher despertó temprano a Harry y Ron para que desayunaran algo y repasaran algo antes de la hora de partir. Después de un rico desayuno en las cocinas, Hermione y Ginny se reunieron con ellos en la biblioteca. Hermione, nerviosa, controlaba el tiempo en un reloj de plata que había colgado encima de la chimenea. A las 11, Harry y Ron dejaron los esquemas, y se fueron a vestir.

Ginny miraba a Harry mientras este terminaba de abrocharse la capa de viaje. No había dicho nada desde que había entrado en la habitación, pero no le veía nervioso. Al contrario, Harry se sentía con ganas de demostrar que valía como auror, después de todo, con la gran aventura buscando horrocruxes con Hermione y Ron, y matando después a Voldemort, había demostrado su capacidad ante toda la comunidad mágica.

—¿Estás bien, Harry? —preguntó Ginny a su marido.

—Sí, estoy bien, estoy preparado —le respondió él, y después de besarla, bajaron a esperar a Ron y Hermione.

Después de acceder los cuatro mediante Red Flu al atrio, los cuatro montaron en un ascensor. El despacho de Kingsley estaba en la primera planta. Así que, tras ascender los ocho pisos que separaban el despacho del ministro con el recibidor principal, Harry y Ron avanzaron hacia la puerta de roble macizo que había al final del pasillo. Ginny llamó a la puerta y una voz calmada les invitó a pasar.

—Ah, señor Potter, es usted. Y el señor Weasley, desde luego —les saludó la voz del señor Ollivander.

—Hola, Harry, Ron. Pasad, y sentaos. Ya veo que venís acompañados, no esperaba menos. Ginny, Hermione, ¿qué hay? Tomad asiento vosotras dos también. No tardaremos mucho, ¿verdad Ollivander?

—No señor ministro, ya sabe usted que esto es rápido. Primero usted señor Weasley, hágame el favor de entregarme su varita si es tan amable —y Ron le entregó su varita— Sí, recuerdo está bien, sauce, núcleo de pelo de unicornio, treinta y seis centímetros, razonadamente flexible y muy útil para los encantamientos. Veo que la tiene usted muy bien cuidada.

—Sí, señor. La traté muy bien desde que me la vendió cuando empecé mi tercer curso de Hogwarts. Me la quitaron en la mansión de los Malfoy, pero la pude recuperar en la batalla de Hogwarts, la tenía un carroñero. Y también la de Hermione.

—¿No le ha dado fallos? —pregunto Ollivander.

—No, está bien desde el primer día que la recupere. Noté el mismo calorcillo que el día que la compré.

—Entonces quién se la quitó no tenía intenciones reales de quitársela. Me alegro, señor Weasley, recuperar una varita es como recuperar una parte de uno mismo.

El señor Ollivander sostuvo un rato más la varita de Ron, y tras hacer aparecer chispas verdes, se la devolvió con una sonrisa a su propietario.

—Bien, ahora usted señor Potter. Ajá, la varita más impresionante que recuerde haber vendido, a parte, claro está, de la del Aquel―que―no―debe―ser―nombrado. Acebo, pluma de fénix, veintiocho centímetros. Muy bonita y flexible. Muy buena para la defensa de las artes oscuras, y por lo que veo, no estaba equivocado. ¡Lumos! —y tras aparecer luz de la punta de la varita, Ollivander la apagó, y se la devolvió a Harry—. Noto algo diferente en su varita, señor Potter. Una magia más poderosa que el día que la confeccioné. Trátela con cautela. Y esconda bien la otra.

Sin decir nada más, el señor Ollivander se levantó, inclinó un poco la cabeza ante Kingsley, y se desapareció.

—Bueno, chicos, es hora de llevaros ante el señor Fletcher. Es hora de que demostréis que podéis entrar en el Departamento de Aurores.

Cuando retrocedieron por el pasillo del primer piso, atravesaron dos puertas grandes de roble y entraron donde estaban los aurores. Éstos, al verlos, estallaron en aplausos. Entraron al despacho del señor Fletcher, donde había una persona más.

—¡Neville! ¿También te presentas para el examen? —preguntó Ron.

—Sí, claro. Después de los ÉXTASIS, quería probar suerte aquí —afirmó Neville con una sonrisa.

—Vaya, veo que se conocen bien, señores —señaló Fletcher—. Bueno, ya habrá tiempo para hablar. Ahora tenemos un examen por delante. Por favor, ministro, señora Potter, señorita Granger, si son tan amables, debemos comenzar.

El examen fue más fácil de lo que había pensado Harry, que por fin entendió a McGonagall. Les había dado más tarea para entrar más preparados, y por ello, aprobar holgadamente. A pesar de todo, el examen tenía su dificultad, y Harry tuvo que poner todo su empeño en concentrarse. Definió los pasos para convocar hechizos de magia defensiva avanzada, y gracias a los apuntes de Hermione, resumió brevemente los doce usos de la sangre de dragón. Después de una hora de examen, Harry, Neville y Ron salieron del despacho de Fletcher.

Ron comentaba nerviosamente con Neville las propiedades de la sangre de dragón, pero Harry estaba deseando la parte práctica.

Fletcher llamó al despacho a Harry, que entró nervioso. Sus ojos no pudieron evitar mirar un gran armario que había aparecido en mitad de la sala. Era un gran armario robusto, de madera de ébano, tallado con runas que Harry jamás había visto y con un gran pomo de oro.

—Un armario evanescente —aventuró Harry.

—Excelente, señor Potter. Es un armario evanescente. Su misión es entrar dentro de este armario y enfrentarse a lo que hay a continuación. Tranquilo, si en algún momento se ve incapaz de continuar, solo haga saltar chispas de color esmeralda de su varita, y el examen se dará por concluido. Adelante, y suerte.

Harry abrió con cuidado la puerta del armario evanescente. Detrás de él se cerró de un portazo y de repente se vio sumido en la oscuridad.


Lumos —conjuró Harry, alzando su varita a la altura de sus ojos verdes. Pero no logró ver nada. Como no sabía qué debía de hacer, avanzó en línea recta desde la puerta, moviendo rápidamente su varita de un lado a otro, esperando ver algo.

Siguió avanzando a través de la oscuridad, pisando despacio por si despertaba alguna maldición o alguna criatura mágica que no deseara. Y por fin divisó algo brillante al final de su camino. Siguiendo la metodología, avanzó despacio hacia la luz, que se iba convirtiendo en un brillo anaranjado conforme se acercaba.

Harry se topó con una puerta de color negro, con un brillante pomo de color naranja. Harry inspeccionó los alrededores de la puerta, buscando algo que pudiera darle pistas acerca de lo que le esperaba detrás. Solo alcanzaba a ver runas alrededor del marco de la puerta de madera.

Mientras seguía mirando, un viento helado atravesó la estancia en la que estaba Harry, que rápidamente se puso en alerta. Varita en mano, apuntó hacia el origen de la corriente, pero tras pasar un poco de tiempo esperando que sucediera algo, bajó la guardia para volver a centrarse en la puerta.

Sabía por experiencia que no podía estar allí parado, esperando a aquello que fuera que había provocado el viento helado. Así que tomó el pomo y se propuso abrir la puerta y atravesara, pero, sin embargo, un impulso en la mente de Harry le convenció para dejar el pomo y volver a levantar la varita.

—Diantres, vamos a ver que ha sido eso —pensó para sí.

Harry se volvió hacia la procedencia del frio, y avanzó despacio, cauteloso. De nuevo la oscuridad invadió el espacio, pero conforme avanzaba, escuchaba ruido. Parecían lamentos. Siguió avanzando, temeroso de encontrarse con alguna situación que no conociera.

De pronto, una luz cegadora azulada dio lleno a Harry. Cuando Harry acostumbró su vista al torrente de luz se vio de repente en un atrio, al borde de un escalón de unas gradas. Aquel arco le era familiar.

Los lamentos se incrementaron conforme Harry se acercaba al arco.

—No puedes hacer nada por ellos —pronunció una voz grave.

Harry se sobresaltó y giró lo más rápido posible. Ante él, una figura de un fantasma se alzaba brillante, vestido de juglar y con el pelo rizado. Era el fantasma de alguien joven, no pasaría de los treinta años, y en sus manos llevaba unas cadenas.

—Has llegado hasta aquí después de sentir el viento helado, has renunciado a abrir la puerta de madera y te has encontrado el Atrio.

Harry sólo pudo asentir.

—Has seguido tu instinto, por tanto, la prueba derivará en desarrollar tu instinto. Ahora, debes enfrentarte a tus miedos, atraviesa aquella puerta del final y demuestra de lo que eres capaz —y el fantasma se elevó, atravesando el techo.

Cuando Harry bajó de nuevo la vista, se dio cuenta de que la sala estaba de nuevo iluminada. Unas líneas en el suelo le indicaban el lugar al que le había mandado el fantasma, así que volvió a echar a andar despacio.

Abrió cautelosamente la puerta, y atravesó un oscuro pasillo hasta otra puerta que había más adelante. Había un cartel.​

Cuídate de ti mismo.

Entonces Harry atravesó la puerta y se dirigió hacia un espejo que había colgado en mitad de una habitación circular. Todo alrededor era brillante, de color de plata, pero el espejo era dorado, acorde con la forma de la sala. Harry se acercó más y contempló su reflejo.

Pero aquel Harry que se reflejaba no era Harry. Aquel Harry era un poco más alto, sin gafas, sin la cicatriz que caracterizaba la frente del joven mago, un pelo ordenado y una túnica con detalles esmeraldas. Harry observó con cuidado y vio la serpiente de Slytherin ondear en la túnica.

—Estaba esperándote, Harry —dijo el otro Harry, desde el espejo.

—Aquí estoy —respondió Harry, calmadamente.

—Tenía ganas de conocerte, Harry, quería conocer al hombre que derrotó al Señor Tenebroso. Mírate, aun débil, sin ambición.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Harry, desafiante.

—Tenías el poder en la palma de tu mano, y decidiste no entregar la piedra. Míranos. No somos nadie. Bueno, tú no eres nadie. Yo soy más poderoso, mucho más grande, mucho más fuerte —se admiraba el reflejo de Harry. —Decidiste entregarte a Dumbledore, y más aún, sabes que te falló, que te mintió, que no confió en ti.

—Mientes —dijo Harry, fríamente, sujetando fríamente la varita entre sus dedos. Notaba un calor intenso invadiendo su cuerpo.

El Harry del espejo se río, fríamente.

—Desprestigiaste a Voldemort, a Slytherin, al saber elegir el poder. Yo soy todo lo que podrías haber sido, lo que podrías haber logrado. Podríamos haber hecho cosas extraordinarias, ser más poderosos que el Señor Oscuro, pero decidiste entregarte a los brazos de ese viejo chalado, y saliste más débil, más vulnerable.

—¿Eso crees? —preguntó Harry, con amargura.

—Sí. Mírate, Harry, sujetando patéticamente la varita sin decidir si atacarme o dejarme con vida. Dudas, Harry, y la duda te hace débil. Ven. Ven conmigo, atraviesa este espejo, y sé todo lo que podrías llegar a ser. Sé lo que todos esperaban de ti cuando te creían el heredero de Slytherin. Ven, y coje todo el poder que te ofrece las enseñanzas de las Artes Oscuras. No sabes qué podrías logar, qué podrías alcanzar, qué podrías dominar…

Y el reflejo salió del espejo. Alzó una pierna y con ella atravesó el marco, para quedarse a horcajadas entre la realidad y entre el espejo. Le tendió la mano a Harry.

—Ven, y sé el mago más poderoso de todos los tiempos. Todos te amarán, te temerán, te respetarán. Y serás el más grande, Harry.

—Creo que no —se resistió Harry, apuntando con la varita hacia el pecho de su reflejo. —Me das asco —afirmó.

De nuevo, su reflejo se rió fríamente, y alzó la varita. Apuntó a Harry.

—¡Crucio!

Harry no pudo vencer al dolor aquella vez. Cayó al suelo, retorciéndose e intentado buscar calma para resistirse. Pero el dolor cada vez era más intenso.

De repente, ese dolor desapareció.

—Únete a mí, Harry. Cesará el dolor, terminarán las dudas. Deja atrás el miedo, el sufrimiento y coje lo que por derecho es tuyo, ¡EL PODER!

—¡NO! —gritó Harry.

Y volvió a retorcerse de dolor. La cara del relejo era de pura diversión.

—No eres más que una burda imitación de mí, no tienes poder sobre mí, nunca podrás convencerme —jadeó Harry, agarrándose las costillas.

—Si estoy aquí es porque existo, Harry. Estoy aquí para enseñarte el camino de la verdad, del poder, del triunfo. Vence a tus debilidades, al temor, y únete a mí para ser mejor.

—Eres una ilusión —respondió entrecortadamente Harry. —Si pienso que no existes, desaparecerás.

—No puedo desaparecer, soy parte de ti, de tu destino. Soy quien soy porque en tu interior anhelas de verdad el poder, ansías ser más grande de lo que lograron Dumbledore y Ryddle.

—No lo quiero, no puedes hacerme más daño. Tú no eres yo, eres un intento de mí para ser aquellos por lo que nunca he luchado. No me harás más daño.

—¡Crucio!

Pero esta vez, Harry saltó a tiempo, evitando el conjuro del reflejo y contratacó.

¡Experlliarmus!

Pero no hizo efecto.

—Previsible, Harry, previsible. Has decidido tu camino, y ahora te voy a enseñar yo el verdadero camino del dolor.

Volvió a alzar la varita y apuntó de nuevo a Harry. Un torrente de magia brotó de la varita del reflejo a toda velocidad que resultó imposible de esquivar.

Pero Harry no se inmutó. El reflejo entonces le miró con sorpresa, y clavó sus ojos en los de Harry.

—Eres poderoso, pero sigues lleno de dudas. Atraviesa el espejo, Harry. Ven, y conviértete en todo lo que puedes llegar a ser. Aprovecha tu potencial. ¡Crucio!

De nuevo, la maldición del reflejo dio de lleno en el pecho de Harry, que volvió a no inmutarse.

—Las dudas las tienes tú —dijo Harry, con voz enérgica. —Tú has escogido el camino del dolor, de la mentira. El poder no se consigue infundiendo temor, sino con compasión, con compresión. Todo lo que tú no eres. Todo lo que yo no quiero ser.

Y cuando de nuevo la magia del reflejo se dirigía hacia Harry, el dio un paso al lado, levantó la varita y gritó:

¡REDUCTO!

Y destrozó el espejo.

Entonces la figura comenzó a convulsionar. Se le abrieron mucho los ojos, y de ellos brotaron una luz de color blanco. Harry cerró los ojos durante un instante. Cuando se atrevió a abrirlos, la luz había desaparecido, pero el espejo estaba intacto. La sala estaba iluminada y Harry, aun con un poco de miedo, volvió a mirar al espejo.

Esta vez, el rostro de Harry era idéntico a él. Y, pícaramente, le guiñó un ojo.

—Enhorabuena, Potter —escuchó Harry.



Una mano invisible tiró de él, atravesó la puerta de la sala del espejo y le llevó a través del oscuro pasillo, de nuevo a la puerta del pomo naranja.

—Ah, estás ya aquí —dijo el fantasma una vez la magia le dejó caer sobre el suelo.

—Eso parece— respondió Harry, frotándose el trasero.

—Has pasado la prueba, ahora puedes atravesar la puerta, y regresar.

Harry atravesó la puerta, y se halló de nuevo en el despacho de Fletcher. Allí, le esperaba el jefe de la Oficina de Aurores.

—Excelente, Potter, excelente. Salga, por favor, y avise al señor Weasley.
* * *​

Ron salió del examen algo alterado. Llamó a Neville con la fuerza que le quedaban y se sentó en el suelo. Harry se sentó a su lado.

—¿Qué has visto? — preguntó.

— Ha sido horrible —dijo Ron, recobrando el aliento. Intenté atravesar la primera puerta. Y cuando entré me encontré con un dragón enorme. Me atacó, y decidí esconderme. Cuando se dio la vuelta, buscándome, salí de allí y cerré la puerta. Corrí, alejándome. Y noté un viento helado. No sabía qué podía ser. De pronto un fantasma se acercó a mí y me señaló el camino de unas escaleras y llegué a una habitación redonda. Allí había un espejo. Salió de allí mi propio reflejo. Me dijo que no llegaría lejos si no le acompañaba, que no era fuerte, que era débil. Me pidió que atravesara el espejo con él, pero me resistí. Me hizo daño, pero yo le ataqué a él. Busqué la puerta, pero no estaba. Se acercó a mí, y entonces le mandé una maldición. Le atravesó. Volvió a pedirme que fuera con él, pero me resistí. Intentó tocarme, pero al hacerlo, estalló en llamas y todo se quedó blanco por un instante. Luego, estaba de nuevo en el espejo, sonriéndome. Apareció la puerta, y salí al despacho de Fletcher. ¿Tú que tal?

Harry le contó cómo había superado las fases de la prueba. después, suspiraron y dieron vueltas por la entresala esperando a Neville.

Tras media hora, el jefe de los Aurores salió al exterior de su despacho, acompañado de Neville y anunció.

—Me complace anunciar que, desde hoy, los señores Harry James Potter, Ronald Bilius Weasley y Neville Longbottom son ahora miembros de nuestra oficina de aurores.


Lo habían logrado, ya eran aurores.​

22​

PRIMERA MISIÓN.​


Harry y Ron habían entrado por todo lo alto en la Oficina de Aurores. Todos los que estaban allí conocían a Harry y Ron como los héroes que habían derrotado por fin al Señor Tenebroso. La historia de la cacería de horrocruxes se había extendido como la pólvora, así que tuvieron que contar muchas veces el relato a los interesados.

Harry tenía su cubículo cerca del de Ron, así que pasaban mucho tiempo juntos. A ellos se le había sumado la recién incorporada Beatrice Haywood y Neville Longbottom. Ellos cuatro eran los nuevos en la Oficina de Aurores.

La vida de auror no era como Harry había pensado. Él creía que todos los días habría misiones que cumplir, magos que detener… o al menos eso es lo que Ron le había contado. Pero era todo lo contario, tenían bastante trabajo de oficina. Todos los días, Harry se enfrentaba a una montaña de papeleo, siempre sobre familias destruidas que estaban buscando a miembros desaparecidos. Muchos de los expedientes llegaban por la mañana, pero por la tarde eran retirados pues muchos de las personas que estaban en búsqueda habían aparecido asesinadas. La Oficina de Aurores colaboraba estrechamente con el Departamento de Seguridad Mágica, y siempre en los desplazamientos un auror era acompañado por mínimo un empleado de Seguridad Mágica.

Los meses avanzaban, pero sólo los más expertos eran los que salían a la búsqueda de las personas extraviadas. Cientos de informes hacían pensar a Harry en lo horrible que había sido la cacería antimuggles, y lo mucho que odiaba a Dolores Umbridge, la persona responsable de los crímenes hacia los nacidos de muggles. Según se informó Harry, Umbridge había sido procesada y enviada a Azkaban por participar de manera activa en contra los nacidos de muggle, y obligada a restituir el dinero de todos aquellos que debían comprar de nuevo una varita, pues ella mandaba destruir todas aquellas que requisaba.

Una mañana, mientras Harry, con ayuda de Ron, repasaba el expediente de la familia Patterson, Fletcher se les acercó con cara de nerviosismo.

—Ah, Potter, Weasley, me alegro de encontraros aquí. Dawlish ha sido herido por un mortífago que estaba en busca y captura. Creemos que hay algunos que lograron escapar de Hogwarts, como Avery o Nott. Dawlish tenía que encontrar a la hija de los Patterson… ah ya veo que tenéis ahí el expediente. Bien. Tenéis que ir a investigar a Elephant and Castle, lugar donde desapareció la niña, y donde han atacado a Dawlish. Podéis llevaros a Haywood. Suerte, muchachos. Le diré a Roberts que tiene que acompañaros, le enviaré ahora mismo un memorando interdepartamental. Esperadle en las chimeneas del Atrio.

Harry y Ron recibieron la noticia con mucho entusiasmo. Avisaron a Haywood, que estaba con Neville hablando sobre los sucesos de la serpiente de Voldemort. Cuando le comunicaron que ella debía ir con ellos, la joven saltó de alegría, y pisó sin querer el pie izquierdo de Neville.

Bajaron en el ascensor hasta las chimeneas del Atrio, esperando a Roberts. Cuando le vieron aparecer, Ron pensó que debía ser pariente suyo lejano, pues era pelirrojo y de ojos azules, con una envergadura muy parecida a la de Charlie, pero con menos masa muscular y sin cicatrices de quemaduras. Hechas las presentaciones, Roberts sacó un pergamino de su túnica y repasó el expediente. Una vez determinadas las medidas de seguridad que debían cumplir —siempre en parejas y nunca usar maldiciones imperdonables salvo situación extrema— salieron del Ministerio y se aparecieron en Elephant and Castle.

El pueblo era lúgubre, y una potente niebla estaba presente, dificultando ver más de 5 metros de distancia. Buscaron la casa de los Patterson, que no estaba muy lejos de donde ellos habían aparecido. Una vez entraron, vieron signos de violencia por todo el salón, seguramente la chica a la que se habían llevado habría intentado defenderse.

Roberts comenzó a mirar las marcas de magia en las paredes, y determinó que las maldiciones que habían lanzado no eran imperdonables, así que lo más lógico es que se la hubieran llevado sin matarla. Harry revisó de nuevo el expediente, y comprobó que el resto de la familia se había ocultado en Francia.

Se sentaron en el sofá, y repasaron los lugares donde la chica podría estar encarcelada. Desecharon la Mansión Malfoy, pues era la base de Lord Voldemort, y allí solo estaban los prisioneros de más valor. Harry, Ron y Hermione, con ayuda del elfo doméstico Dobby habían liberado a Dean Thomas, Luna Lovegood, Garrick Ollivander y el enano Griphook. Una vez descartado, pensaron en qué sitios más podrían haber escondido a los hijos de muggles. Ron sugirió la casa de Snape, pero Harry intuía que antes de irse a Hogwarts, habrían dejado de usarla, pues Snape era el director del colegio.

Pero a Harry se le acababa de encender la bombilla.

—Seguro que están en Little Hangleton.

—¿Little Hangleton? ¿No era allí donde tenía el padre de Quién―tú―sabes su mansión? —preguntó Ron.

—Exacto. Voldemort —Ron y Beatrice se estremecieron— la usó de casa franca cuando me intentó matar en el cementerio. De la casa, solo vi el salón principal y la entrada trasera de la cocina, pero seguro que también tenían allí a gente. Voldemort no estaba siempre en casa de los Malfoy, y viajaba mucho buscando la Varita de Saúco. Seguro que algunos de los nacidos de muggle están allí.

Cuando acabó de hablar, de repente la sala se quedó a oscuras y un rayo de color rojo atravesó la sala y dio de lleno a Roberts. Este se desmayó, cayendo aparatosamente.

—Así que el joven Potter ha descubierto uno de los secretos que mejor guardábamos. Muy hábil Potter, sí, pero te hará falta más que eso para derrotarnos.

—Sal y da la cara. ¿Quién eres?

Otro rayo rojo salió de la nada y Ron pudo esquivarlo a tiempo.

—Somos los fieles servidores del Señor Tenebroso. Los malditos sangre sucia van a pagar muy caro, y en especial tú Potter.

—Pues yo creo que no. ¡Homenum revelio!

De la varita de Harry apareció una luz azulada, que se intensificó cuando reveló la presencia de dos figuras encapuchadas.

La pelea fue brutal. Haywood era un poco inexperta en duelos mágicos, por lo que Ron tuvo que emplear muchas de sus fuerzas en defenderla. Los rayos que lanzaban los mortífagos empezaron a convertirse en color verde, así que Harry y Ron tenían que esquivar muy bien y seguir apuntándolos.

Viendo que no podían hacer mucho más por atacarles, los mortífagos intentaron huir por la puerta del salón, pero alguien les derribó con un encantamiento obstaculizador. Neville había aparecido de la nada y había derribado a los dos mortífagos. Pero éstos comenzaron a atacar a Neville y este perdió el equilibrio en las escaleras de la entrada. Harry y Ron tuvieron que ayudar a Neville a defenderse, y uno de los hechizos fallidos de uno de los mortífagos dio en la puerta, provocando una explosión. La distracción fue suficiente para que ambos pudieran escapar y desaparecerse.

—¡MIERDA! —exclamó Harry con todas sus fuerzas. Habían huido.

—Tranquilo, Harry, los vamos a encontrar —dijo Ron—. Prepárate porque vamos a asaltar Little Hangleton.​

* * *​

Harry, Beatrice, Ron, Roberts y Neville se aparecieron en el cementerio de Pequeño Hangleton. Rápidamente, se desilusionaron para evitar ser vistos con facilidad. Harry les explicó por dónde quedaba la casa, y como la podrían asaltar.

Se acercaron sigilosamente por el patio trasero. Los muy idiotas no habían puesto encantamientos alrededor de la casa. Pero Harry pidió prudencia porque sospechaba que igual ellos les estaban esperando. Atravesaron el jardín, y abrieron la puerta de la cocina, proyectando en ella un hechizo silenciador. Una vez dentro de la casa, se ocultaron dentro de un armario grande y repartieron las salas a investigar. Harry y Beatrice irían juntos.

Una vez separados, Harry y Beatrice bajaron al sótano de la mansión. Todo estaba oscuro, así que evitaron encender luces. Beatrice iba agarrada de la túnica de Harry, temblando. Se detuvieron al final de la escalera y pisaron en firme. Oían unos lamentos a lo lejos, así que decidieron ir a ver que era. Cuando avanzaron, vieron una luz a lo lejos, así que Harry detuvo a Beatrice y le indicó que se quedase donde él le había pedido. Avanzó sigilosamente, y sacó la capa de invisibilidad. Con ella puesta, entró en la sala donde había luz y vio a un mortífago agitando su varita. Abrió una puerta metálica, y se adentró por el hueco que dejó. A través de los barrotes, pudo distinguir un pasillo que descendía en pendiente.

Salió de la sala en busca de Beatrice, pero no la encontró. No estaba detrás de la columna donde la había dejado Harry. Maldiciendo, Harry empezó a buscarla por el pasillo. Como no la vio, se puso de nuevo la capa invisible y volvió a la primera planta. Cuando llegó, un chorro de luz verde pasó delante de los ojos de Harry, que al fijarse hacia donde iba dirigido, vio a Ron esquivándolo. Neville, Roberts y Ron estaban peleando con cinco mortífagos que peleaban a sangre lanzando maldiciones. Harry se acercó por detrás, y antes de atacar a uno de ellos, se quitó la capa.

—Se acabó el juego, ¡EXPELLIARMUS!

Harry derribó al mortífago que había lanzado la maldición contra Ron, pero ahora, al revelarse, debía confrontar a los demás. El suelo comenzó a recalentarse, pues las maldiciones rebotaban por todo el vestíbulo de la casa.

—¡Alto! Bajad las varitas. Tiradlas —dijo de repente otro mortífago.

La poca luz que entró por una ventana reveló a Yaxley, el mortífago que había contribuido a la toma del Ministerio de Magia durante el ascenso de Voldemort. Cuando vieron a Beatrice Haywood encadenada al cuerpo del mortífago, los aurores debieron arrojar las varitas al suelo.

—No hagáis tonterías, o la chica morirá. Lo digo enserio, Potter —los aurores depositaron las varitas en el suelo y Yaxley río—. Ingenuos. ¡Incarcero! Ahora, silencio —Yaxley se acercó a Neville—. Neville Longbottom, siempre has sido un escollo para nosotros. Ahora voy a darte un poco de medicina para que aprendas a temernos. ¡Crucio!

Neville comenzó a retorcerse en el suelo y aullar de dolor.

—¡Avery! ¿Cómo es posible que hayan descubierto que estamos aquí? Responde, ya.

—Potter fue a investigar la casa de los Patterson, Yaxley. Nos ha seguido hasta aquí.

—¿Y por qué motivo os han seguido? ¡Se supone que debíais haberlos matado! Vuestra misión era matad al auror que fuera a investigar la casa de esa sangre sucia.

—Nos atacaron, Yaxley.

—Me ocuparé de ti después, Avery. Ahora volvamos con Potter. ¿Qué tal si le damos a probar un poco de nuestra medicina? ¡Crucio!

Harry se dejó caer, pero ya había aprendido a resistir la maldición tortura. Cayó cerca de su varita así que comenzó a rodar simulando dolor y la cogió con fuerzas.

—Así es, Potter, vas a pagar por todo el daño que nos has hecho. Cuando vea la luz apagándose en tus pupilas, vengaré al Señor Tenebroso, y volveremos al régimen de antes —dijo Yaxley, con los ojos fuera de sus órbitas, deseando matar.

Se acercó despacio a Harry, elevando con una sonrisa despectiva su varita, y, cuando iba a lanzarlo, una expresión de terror le invadió el rostro.

—Yo no cantaría victoria tan fácilmente. ¡DESMAIUS!

El mortífago cayó hacia atrás, y antes de que golpease el suelo, Harry sacó humo de su varita. Aprovechando la confusión, Harry golpeó al mortífago que apuntaba a Ron y recogieron sus varitas. Beatrice, también liberada, aprovechó para liberar a Neville. Juntos, derrotaron a los mortífagos.

—Aún no hemos terminado aquí. Vi a un mortífago entrar en una sala del sótano que accedía a una sala más profunda. Debemos entrar allí, no sabemos cuántos hijos de muggles pueden estar ahí ocultos —explicó Harry.​
 

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Serman

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Felicidades por ser alumno :) me gustó la historia.

Te aconsejo esto: (Es lo que hacen quienes escriben fanficts)

Si vas a subir más capítulos pon debajo de cada capítulo los capítulos anteriores.

O bien, subir todo de golpe =)
 
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¡Hola a todos!

Por fin soy Alumno en este ForoPotter. Qué alegría más inmensa. Por fin puedo recuperar el tiempo perdido y seguir buscando lectores para mi fanfiction HARRY POTTER Y QUÉ PASÓ DESPUÉS. Advierto que pueden haber fallos de ortografía, de datos e incluso de cronología, pero esta historia seguirá el canon lo más fiel que pueda. No soy fan de los shippeos no oficiales, así que espero que no me lo pidais en comentarios, lo que si espero es una participación activa para saber vuestras opiniones acerca de cada capítulo. Revisaré asimismo las normas de publicación para no comenter errores que puedan violar las mismas. Sin más, os dejo con Harry, Ron y Hermione en sus nuevas aventuras...



Harry Potter, Ron Weasley y Hermione Granger acaban de derrotar al señor Tenebroso. Sumando fuerzas, la batalla de Hogwarts ha conseguido liberar a la comunidad mágica de Gran Bretaña del régimen autoritario de Lord Voldemort y comienza así un nuevo futuro para todos.


A través de esta historia -lo más cerca posible del canon oficial de J.K Rowling- conoceremos mí versión de la historia sobre los hechos que van desde que Harry, Ron y Hermione abandonan el despacho del profesor Albus Dumbledore hasta la llegada de Albus Severus Potter a la estación 9 y 3/4.


Cualquier cosa que se acerque a otras historias aquí presentes en Potterfics/ForoPotter/Wattpad es pura casualidad. cualquier nombre de personajes corresponde a los personajes de JK Rowling, a excepción de los que son de mi pura invención.


Espero que a todos os guste la lectura de esta historia, que la escribo con todo el cariño y dedicación que merece el mundo potterhead. Gracias a todos los que habéis suscrito esta historia entre vuestras favoritas, así que haremos que la magia llegue a todos vosotros.
¡Me encanta!
Vas en un buen comienzo, y comúnmente (yo ya me acostumbré) te comentarán "AMO", y la verdad es que recibes apoyo xd.
 

KikePotter7

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Felicidades por ser alumno :) me gustó la historia.

Te aconsejo esto: (Es lo que hacen quienes escriben fanficts)

Si vas a subir más capítulos pon debajo de cada capítulo los capítulos anteriores.

O bien, subir todo de golpe =)
Eso estaba viendo, cómo ir publicando uno a uno los capítulos sin que se pierda la lectura del anterior. Pondré los enlaces de cada capítulo al inicio de cada uno. No tengo acabada la historia, así qe intentaré subir capítulo por día hasta ponerme al día en este foro.

Muchas gracias por tus comentarios y por ser el primer seguidor de esta historia en Harry Potter y qué pasó después. Tendrás una mención honorífica -cuando aprenda a hacerlas- en el capítulo 1 <3
 

Serman

Prefecto
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Eso estaba viendo, cómo ir publicando uno a uno los capítulos sin que se pierda la lectura del anterior. Pondré los enlaces de cada capítulo al inicio de cada uno. No tengo acabada la historia, así qe intentaré subir capítulo por día hasta ponerme al día en este foro.

Muchas gracias por tus comentarios y por ser el primer seguidor de esta historia en Harry Potter y qué pasó después. Tendrás una mención honorífica -cuando aprenda a hacerlas- en el capítulo 1 <3
Gracias a ti por compartir tu tiempo y talento
 
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¡Hola a todos!

Por fin soy Alumno en este ForoPotter.
Felicidades!!!
Qué alegría más inmensa. Por fin puedo recuperar el tiempo perdido y seguir buscando lectores para mi fanfiction HARRY POTTER Y QUÉ PASÓ DESPUÉS. Advierto que pueden haber fallos de ortografía, de datos e incluso de cronología, pero esta historia seguirá el canon lo más fiel que pueda. No soy fan de los shippeos no oficiales, así que espero que no me lo pidais en comentarios, lo que si espero es una participación activa para saber vuestras opiniones acerca de cada capítulo. Revisaré asimismo las normas de publicación para no comenter errores que puedan violar las mismas. Sin más, os dejo con Harry, Ron y Hermione en sus nuevas aventuras...



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ENLACE AL CAPÍTULO 1: DESPUÉS DE LA GUERRA: ENLACE AL CAPÍTULO 2: VUELTA A LA MADRIGUERA:
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