Acción CAPÍTULO 18: LA MANSIÓN DE LOS POTTER | HARRY POTTER Y QUÉ PASÓ DESPUÉS

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LA MANSIÓN DE LOS POTTER​


Harry y Ginny despertaron la mañana siguiente aun medio vestidos con los trajes de boda. Después de fundirse en un largo y tierno beso, ambos bajaron a desayunar. Esa misma noche tomarían un avión muggle que los llevaría a Granada, una ciudad del sur de España donde la magia árabe rebosaba por cada esquina de la ciudad y de la Alhambra.

Con las maletas ya preparadas, esa tarde comerían toda la familia en el jardín de La Madriguera, así que, para ahorrar tiempo, ambos comenzaron a colocar las mesas en el exterior, y colocaron un pequeño toldo para que diera sombra.

Hermione y Ron fueron los primeros en llegar, los dos con una botella grande de cerveza de mantequilla. Se sentaron alrededor de las mesas del exterior para disfrutar de la exquisita bebida mientras comentaban las mejores anécdotas del día anterior. Harry prefirió obviar el detalle de la visita de Ron y sus hermanos a cantar debajo de la ventana borrachos como una cuba, pues Hermione seguramente se enfadaría con él.

Una vez llegaron los señores Weasley, todos contribuyeron a que la comida fuera un éxito, asaron un cordero y prepararon una buena ración de pastel de carne. George, Percy y Audrey, Bill, Fleur y Victorie, y Charlie llegaron al rato para comenzar la comida, donde también ayudarían a los novios a abrir los regalos de la boda.

Hagrid les había regalado un crup bebé —obviamente, había sido escoltado por Charlie hasta la casa de los Weasley—, los profesores de Hogwarts una réplica de plata de la Copa de Quidditch con el escudo de Gryffindor que Harry y Ginny habían ganado juntos, con el nombre de todos los integrantes del equipo de aquel año (Katie Bell, Ritchie Coote, Cormac McLaggen, Jimmy Peakes, Harry Potter, Demelza Robins, Dean Thomas, Ginny Weasley y Ron Weasley). Los señores Weasley les habían regalado el viaje a Granada; Hermione y Ron un álbum de fotos de los cuatro en Hogwarts; Bill y Fleur les regalaron un sofisticado set de abrebotellas mágico importado de Francia, por supuesto; Charlie les regaló un cuadro mágico donde aparecían Harry y Ginny vestidos de boda con el pequeño Teddy Lupin en brazos de Ginny, un cuadro de grandes dimensiones que Ginny planeaba colgar en la repisa de la chimenea de Grimmauld Place.

El señor Weasley en persona se encargó de llevar a Harry y Ginny al aeropuerto de Gatwick, en las afueras de Londres, para que tomaran un avión a Granada. El señor Weasley y Ginny miraban asombrados a su alrededor. Para ellos todo era nuevo, y el señor Weasley estaba realmente fascinado.

Cuando se despidieron, Harry y Ginny subieron al avión, y llegaron a Granada dos horas después. Cuando descendieron del avión, la temperatura de la ciudad les golpeó de lleno. No estaban habituados al calor, y no podían hacer magia hasta que los muggles que iban con ellos no estuvieran cerca. Les recogió un mago español llamado Rafael Vázquez una vez salieron del aeropuerto, y los llevó hasta el centro de la ciudad donde habían reservado en un hotel para magos y brujas; al igual que el Caldero Chorreante, solo los magos podían verlo.

Una vez instalados en una habitación con toques mozárabes, Harry y Ginny salieron a la Granada muggle para pasear y tomarse algún refresco. Harry le enseñó a Ginny qué eran los refrescos de cola y a ella le encantaron, a pesar que tenían mucha azúcar.

Por la tarde fueron a Plaza Nueva, un espacio con callejones por detrás donde había tiendas de magia árabe, donde adquirieron una pluma de fénix árabe muy bonita. También acudieron a un espectáculo mágico que combinaba una gran habilidad gimnástica con espectáculo de fuegos artificiales.

Después de una cena agradable, agotados por el viaje, se fueron a la cama. A la mañana siguiente, tendrían la visita de la Alhambra, donde a través de una visita guiada, descubrirán secretos de la hechicería árabe.

Después de un desayuno abundante, Rafael Vázquez les dejó en la entrada de la Alhambra, y les indicó a través de qué ventanilla podían preguntar por la visita mágica. Una vez compradas las entradas, les unieron con un grupo de magos y brujas extranjeros que procedían de China, Japón y Estados Unidos. La visita la harían en inglés, por lo que Harry y Ginny se perderían pocos detalles.

Una vez visitados los exteriores y jardines, la visita guiada comenzó a avanzar hacia los interiores de la fortaleza árabe. Una vez fuera de los límites permitidos a los muggles, no―magos en español, comenzaron a ver restos de batallas de la época árabe en la península. La toma de Granada del siglo XV pareció fácil para los no―magos, pero en realidad, semanas antes, los magos españoles consiguieron derrotar a los magos nazaríes que habitaban en la ciudad. Una vez capturados, los disfrazaron de rehenes y los llevaron ante el rey Boabdil, que después firmó las capitulaciones para entregar Granada a los castellanos.

Muchas de las ruinas interiores se habían dado durante los años que había durado la guerra entre los castellanos y los nazaríes, pero solo los magos castellanos habían logrado entrar. Contó el guía los magos castellanos eran reducidos pues no contaban con el apoyo real, y los pocos que lograban salvarse de la quema eran por favores anteriores a los reyes, y servían en batalla, además que muchos de ellos habían emigrado a Francia para poder estudiar en la Academia de Magia Beauxbatons; el ministerio español en la actualidad seguía manteniendo el debate sobre abrir o no una escuela de magia en España como tenían en Brasil los sudamericanos.

También visitaron la gran población hippie que existía en los pueblos de la Alpujarra, donde mucho de ellos eran magos en secreto, pero autodidactas, habían aprendido a hacer una magia rudimentaria con las manos, pero controlaban bien el fuego y las arboles frutales.

A Ginny le intentó atacar un gnomo de jardín en el Carmen de los Mártires, pero con la gran habilidad que había adquirido desgnomizando el jardín de La Madriguera, el gnomo no tuvo mucho que hacer (a Luna le encantó esa historia, que Ginny no pudo resistir en contarle a través del correo por lechuza).

Quedaron unas fotos magníficas, y después de visitar el litoral granadino, cayeron rendidos en la cama. Tomarían de nuevo el vuelo a Londres la tarde siguiente, así que Harry, en el desayuno, decidió revelarle a Ginny una noticia muy importante.

—Ginny, ¿has hecho ya las maletas? —preguntó Harry con un aura de misterio en su voz.

—Solo me faltan meter las zapatillas, que quería limpiarlas antes de meterlas.

—Cuando la acabes, no se te ocurra mandarlas a Grimmauld Place, sería un latazo viajar de nuevo hacia allí a recogerlas —dijo Harry, con una sonrisa, mientras apuraba su taza de té

—¿Cómo? —preguntó Ginny, extrañada.

—Que no vamos a volver al 12 de Grimmauld Place cuando regresemos esta tarde a Londres. Haremos noche en La Madriguera, pero no volveremos a la casa de Sirius.

—Entonces, ¿dónde vamos a vivir?

—En la casa de mis padres, en la mansión de los Potter, en Brighton.

Ginny miró a Harry con una expresión de incredulidad en sus ojos, pero como no supo qué responder, se terminó la tostada, impaciente.​

* * *
Tres días después de haber regresado a Inglaterra, Ginny estaba esperando ansiosa para acometer un último viaje. Harry y Ron habían ido a la casa días antes con la capa de invisibilidad para descubrir en qué estado estaba. Pudieron entrar con la llave que Harry, días antes, había sacado de su cámara de Gringotts. Tras echar un vistazo rápido y determinar que no había nadie esperándolos allí, pudieron regresar satisfechos a La Madriguera.

Cuando llegó el día de mudarse, Harry y Kreacher se aparecieron en la casa de Grimmauld Place para recoger las últimas pertenencias del matrimonio y mandarlas a la mansión de los Potter. Kreacher se quedaría limpiando la casa, hasta que fuera llamado.

Harry tomó a Ginny de la mano, y juntos se desaparecieron. Una vez aparecieron, Ginny miró asombrada la gran puerta de madera, de roble macizo, que se alzaba ante ella. La finca era soleada, con un gran jardín, algo descuidado por el paso del tiempo. Estaban delante de la puerta principal, pero una gran valla de metal cerraba el sendero que llevaba desde el exterior a la puerta de la casa. A ambos lados de la puerta, dos grandes jardineras contenían flores que destilaban un olor muy agradable. El jardín estaba lleno de lirios, que coloreaban el césped bien recortado que se extendía por todo el exterior.

Ginny, antes de entrar, es costumbre en el mundo muggle que el marido lleve a la mujer en brazos hasta el interior de la casa. Nunca supe mucho de lo que hacían las parejas en nuestro mundo, pero si no te importa, me gustaría hacerlo de esta manera.

Ginny sonrió a Harry tiernamente, y él abrió las puertas con la llave. Cuando entraron, Ginny en brazos, avanzaron por un vestíbulo enorme, que nada tenía que envidiar al de Hogwarts, hacia una gran escalera de mármol blanco. Harry subió a Ginny por las escaleras, y cuando llegaron al primer piso, avanzó con cuidado hasta una puerta también tallada en roble.

—Vamos, Ginny, ábrela —dijo Harry tiernamente.

Ginny abrió la puerta y descubrió una habitación enorme, donde todo la cocina y el salón de La Madriguera podría caber con facilidad. Harry depositó a Ginny en una cama con dosel muy cómoda, que tenía las sábanas de satén rojo más suaves que se podrían encontrar.

—Bienvenida a casa, Ginny Potter.

Ginny miró fascinada la estancia. Una gran chimenea, con una alfombra elegante a sus pies, reinaba en la sala. Cuando ella se acercó a observarla, pudo ver tallada en piedra animales como ciervos, lobos y perros enormes. Mientras tanto, Harry descorrió unas cortinas y la luz entró con potencia. Al descorrer las cortinas, un gran ventanal gótico dejaba ver toda la extensión del jardín y el bosque que había al final del camino que llevaba a la casa.

—¿De verdad vamos a vivir aquí, Harry? —preguntó Ginny a su marido, asombrada.

—Sí —respondió él—, esta será nuestra nueva casa. Era la casa de mis padres, y la de mis abuelos paternos. Es la mansión Potter, como ya te he contado antes. Mis tatarabuelos la adquirieron después de amasar su gran fortuna vendiendo pociones y fue pasando de generación en generación. Solo he estado aquí una vez, y solo conocía este dormitorio y el vestíbulo. Vine con Ron y sólo investigamos la primera planta, pero supimos que no había nadie. La casa estaba limpia, todo en orden, como la habrían dejado mis padres una vez que nos fuimos de aquí. Pensé que sería genial que investigásemos la casa los dos juntos.

—¿Y cómo has sabido de su existencia? —preguntó Ginny, intrigada.

—Una tarde, Kingsley vino a La Madriguera. Con la excusa de querer hablar conmigo ciertas cosas de Voldemort, subimos a mi habitación y me dio esto, junto con una carta.

Ginny cogió un pergamino que le tendía Harry.​

Última voluntad y testamento de James Charlus Potter.
—Busca mi nombre, creo que es el que está más abajo. Dejó otras cosas para sus amigos, y algo de dinero para Hogwarts y San Mungo, el hospital —le especificó Harry.​
Yo, James Charlus Potter, lego a mi hijo y heredero Harry James Potter, todas mis pertenencias —no repartidas anteriormente en este testamento— adquiridas hasta la fecha, y todas aquellas que pueda generar hasta el día de mi muerte.
Entre ellas, lego a Harry James Potter las siguientes: mi cuenta corriente de Gringotts, la cámara 687; la mansión de la familia Potter, situada en las afueras de Brighton, Sussex; la casa familiar ubicada en Godric's Hollow; mi escoba de carreras, Nimbus 1500.

Ginny devolvió el pergamino a Harry, y el con sumo cuidado, se lo volvió a meter en el bolsillo.

—Así que, es nuestra, Ginny, esta es la casa de la familia Potter. Esto, sumado a la herencia de Sirius, que fue Grimmauld Place, todo lo que había dentro, Witherwings, o sea, Buckbeak, que lo tiene Hagrid a su cuidado ahora, y Kreacher. Aquí vivieron mis padres conmigo, antes de que Dumbledore les consiguiera una casa en Godric's Hollow. Después nos mudamos, y vivimos allí hasta que nos encontró Voldemort. Me lo cuenta todo en una carta Dumbledore.

Ginny y Harry comenzaron a explorar un poco la casa. En el primer piso se hallaban las habitaciones más grandes, en total unas cinco habitaciones. En el segundo, había habitaciones algo más pequeñas, seguramente corresponderían al servicio que estuviera en la casa en los años de los primeros Potter que vivieron allí. Y en la tercera planta, encontraron un gran desván donde habían almacenados cientos de objetos mágicos que Harry no había visto. Al final, cerca de una de las ventanas que daban a la entrada principal, estaba la escoba que James había legado a su hijo. Cuando se acercó, vio una caja de madera al lado con el logo de Hogwarts. La abrió, y encontró la túnica de quidditch que había pertenecido a su padre cuando era cazador en Gryffindor. Debajo de ella, había una quaffle y la snitch que había visto años atrás en el pensadero, cuando vio los recuerdos de Snape.

—Mira lo que he encontrado, Harry —dijo Ginny, que había estado mirando por otro lado del desván.

Ginny sujetaba un gran cuadro donde aparecían todos los miembros de la familia Potter, él incluido, y cuando miró bien, vio exactamente la misma imagen que cuando miró el espejo de Oesed. Así que por eso sabía qué aspecto tenían todos los miembros de su familia, porque ya los había visto alguna vez.

—Bájalo luego a la segunda planta Ginny, lo limpiaremos un poco y le buscaremos un sitio para colocarlo. Bueno, es casi la hora de comer, y Hermione, Ron y Bill estarán al caer con el resto de las cosas que nos faltan.

Bajaron a las cocinas, que estaban en el sótano, y allí encontraron una escena que les dejó boquiabiertos.

—¡Amo Harry! —exclamaron de repente cinco elfos domésticos que había allí.

—¿Perdón? ¿Amo Harry? —preguntó Harry, extrañado.

Uno de los elfos domésticos se puso encima de una gran mesa, y tras hacerle una reverencia, les dijo:

—Sabíamos que regresaría algún día, señor. Dodge sabía que el amo volvería, y así lo ha dicho siempre a sus hermanos. Hemos cuidado de la mansión porque el señor Potter así lo pidió, y aquí estamos, señor, dejando la casa muy limpia —dijo el elfo con su voz alegre y chillona.

—¿Ustedes trabajaban para el señor Potter, para James Potter? —preguntó Harry.

—En efecto, señor. Su padre fue siempre bueno con nosotros, señor. Siempre fue amable. Nos pidió el amo que guardáramos el secreto de por qué se fueron, y así lo hemos mantenido, señor. Y al fin ha vuelto, amo Harry. Muchos nos preguntábamos cuándo volvería, y por fin lo hizo.

—Gracias, Dodge. No sabía que tenía elfos domésticos a mi disposición. Es un placer conoceros.

—El amo es atento, como lo fue el señor Potter, nosotros solo podemos ser agradecidos con él —dijo otro elfo tras hacerle una reverencia.

—No, no es necesario…

Totty, señor —le respondió el elfo.

—No es necesario tanta reverencia, Totty —y les sonrió.

—Ha hecho un largo viaje, señor. ¿Puede Dodge ayudarles a instalarse?

—Esto… sí, gracias. Las maletas están en la puerta, Dodge. Vamos a ocupar la habitación grande.

Dodge y Totty abandonaron las cocinas para instalar a Harry y Ginny en la mansión. Mientras, los otros tres elfos domésticos, que se presentaron como Hunt, Fastret y Bloom, ofrecieron a los nuevos propietarios de la mansión una comida suculenta. La sirvieron en un gran comedor que había cruzado el vestíbulo hacia el a través de un amplio corredor. El comedor tenía vistas al jardín trasero de la mansión, donde se erguía un enorme robledal que daba señorío a la finca. Los árboles eran tan altos como para ocultar a una persona jugando quidditch a media altura.

Después de comer, Ron, Hermione y Bill se aparecieron en la mansión para terminar de ayudar a instalarse a Harry y Ginny. Hermione dio un grito y todos, varitas en ristre, fueron a donde se encontraba. Bajando hacia las cocinas, había una puerta oculta, y tras ella, la biblioteca más grande que jamás habían visto. Hermione, como no, se acercó a mirar todo tipo de libros que había allí acumulados.

—Harry, déjame vivir aquí —pidió Hermione, emocionada.

Ron y Bill tuvieron que sujetar a Hermione para que no entrara a las cocinas, pues no querían alarmar a los elfos domésticos desde el primer día. Después de ordenar todas las cosas que se habían llevado, Harry y Bill entraron al dormitorio más cercano al de matrimonio. Harry quería adornarlo para que Teddy pudiera quedarse de vez en cuando con ellos. Cuando entraron, vieron una cama pequeña, adornada con un cabecero con lechuzas dibujadas.

—Harry, creo que esta sería la habitación que tus padres tenían pensado darte aquí.

—Sí, eso parece.

—¿Quieres que te deje sólo, Harry?

—¿Qué? No, no, Bill, no te preocupes. Sabía que esto me lo tendría que encontrar. Vamos a dejar esto adornado para el pequeño Teddy. Estoy bien —dijo sonriendo Harry.

Después de un rato, Bill, que era un manitas con la magia, había construido una barra de seguridad en la cama, pintado las paredes de un color verde relajante y convertido un trozo de madera en una lámpara con forma de lechuza.

Ginny entró en la habitación con Ron —Hermione seguía en la biblioteca— y cuando vio la estancia, cogió de la mano a Harry y le dijo con ternura:

—Seguro que a Teddy le va a encantar. No veo la hora de que esté con nosotros.

Después de haber dejado todo ordenado, los señores Weasley aparecieron por la chimenea del salón principal, que se hallaba a la derecha del vestíbulo. Allí, los señores Weasley se quedaron maravillados de todas las cosas que la mansión Potter tenía. Después de la recepción en el salón, Dodge les aviso que la cena estaba lista. Sentados alrededor de la gran mesa del comedor, que Bill había empequeñecido un poco para hacerla un poco más familiar, todos disfrutaron de un buen festín, servido por los elfos domésticos de la casa. Hermione, absorta en la lectura de un libro titulado Las grandes aportaciones de Godric Gryffindor al mundo mágico, olvidó protestar por quien le servía la comida.

Durante los postres, Harry anunció:

—Bueno, si queréis escucharme, tengo una cosa que decir —cuando todos le prestaron atención, continuó—. Ahora que Ginny y yo vamos a vivir aquí, quisiera hacer un regalo a dos personas que están con nosotros. La casa de Grimmauld Place no la necesitamos de momento, y quería regalársela a Ron y Hermione, para que también empiecen su vida en común.

—¡Oh, Harry! —dijo Hermione entre lágrimas—. No tenías porqué.

—Gracias, tío, pero no sé si puedo aceptarla —dijo Ron.

—Te haré una maldición como Hermione y tú no os decidáis a mudaros allí —le advirtió Harry, con una sonrisa.

—Solo nos iremos con una promesa, Harry —dijo Hermione, aún emocionada.

—Dime, Hermione.

—Que me dejes venir a la biblioteca todos los días.

Después de anunciar la noticia, Hunt trajo una botella de hidromiel de Madame Rosmerta, y el señor Weasley brindó por la nueva vida que les venía por delante a Ginny y Harry, y también a Ron y Hermione.


MENCIONES DE HONOR: @amopotter @Jguardo @Jules Snape Black @Raphaela Dumbledore @Serman @Albahe @almudena @andremateo @ImAlbus @Elisa Dippet Brown @Alicia Black @Oso @diener @Amelia Moody Black @slygirl @Sergmalfoy @Alice A. Malfoy B. @lunalunita @oscutlon @Laucha @Nymphad0ra @dracmorde @Nicole Potter Evanns @holapotter @oscutlon @Susana Weasley @Monicman @Laucha @Xzmaster @generacionpotterhead @Christian black @Emily Avril Black Potter @AdoroPotter

¡Hola a todos los mencionados!

Que sepáis que en el link de a continuación podréis leer todos los capítulos enteros (del 1-17) seguidos. y que cada vez que subo alguno aparecerá también completo ahí, para aquellos que quieran leer más seguido.
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LA MANSIÓN DE LOS POTTER​


Harry y Ginny despertaron la mañana siguiente aun medio vestidos con los trajes de boda. Después de fundirse en un largo y tierno beso, ambos bajaron a desayunar. Esa misma noche tomarían un avión muggle que los llevaría a Granada, una ciudad del sur de España donde la magia árabe rebosaba por cada esquina de la ciudad y de la Alhambra.

Con las maletas ya preparadas, esa tarde comerían toda la familia en el jardín de La Madriguera, así que, para ahorrar tiempo, ambos comenzaron a colocar las mesas en el exterior, y colocaron un pequeño toldo para que diera sombra.

Hermione y Ron fueron los primeros en llegar, los dos con una botella grande de cerveza de mantequilla. Se sentaron alrededor de las mesas del exterior para disfrutar de la exquisita bebida mientras comentaban las mejores anécdotas del día anterior. Harry prefirió obviar el detalle de la visita de Ron y sus hermanos a cantar debajo de la ventana borrachos como una cuba, pues Hermione seguramente se enfadaría con él.

Una vez llegaron los señores Weasley, todos contribuyeron a que la comida fuera un éxito, asaron un cordero y prepararon una buena ración de pastel de carne. George, Percy y Audrey, Bill, Fleur y Victorie, y Charlie llegaron al rato para comenzar la comida, donde también ayudarían a los novios a abrir los regalos de la boda.

Hagrid les había regalado un crup bebé —obviamente, había sido escoltado por Charlie hasta la casa de los Weasley—, los profesores de Hogwarts una réplica de plata de la Copa de Quidditch con el escudo de Gryffindor que Harry y Ginny habían ganado juntos, con el nombre de todos los integrantes del equipo de aquel año (Katie Bell, Ritchie Coote, Cormac McLaggen, Jimmy Peakes, Harry Potter, Demelza Robins, Dean Thomas, Ginny Weasley y Ron Weasley). Los señores Weasley les habían regalado el viaje a Granada; Hermione y Ron un álbum de fotos de los cuatro en Hogwarts; Bill y Fleur les regalaron un sofisticado set de abrebotellas mágico importado de Francia, por supuesto; Charlie les regaló un cuadro mágico donde aparecían Harry y Ginny vestidos de boda con el pequeño Teddy Lupin en brazos de Ginny, un cuadro de grandes dimensiones que Ginny planeaba colgar en la repisa de la chimenea de Grimmauld Place.

El señor Weasley en persona se encargó de llevar a Harry y Ginny al aeropuerto de Gatwick, en las afueras de Londres, para que tomaran un avión a Granada. El señor Weasley y Ginny miraban asombrados a su alrededor. Para ellos todo era nuevo, y el señor Weasley estaba realmente fascinado.

Cuando se despidieron, Harry y Ginny subieron al avión, y llegaron a Granada dos horas después. Cuando descendieron del avión, la temperatura de la ciudad les golpeó de lleno. No estaban habituados al calor, y no podían hacer magia hasta que los muggles que iban con ellos no estuvieran cerca. Les recogió un mago español llamado Rafael Vázquez una vez salieron del aeropuerto, y los llevó hasta el centro de la ciudad donde habían reservado en un hotel para magos y brujas; al igual que el Caldero Chorreante, solo los magos podían verlo.

Una vez instalados en una habitación con toques mozárabes, Harry y Ginny salieron a la Granada muggle para pasear y tomarse algún refresco. Harry le enseñó a Ginny qué eran los refrescos de cola y a ella le encantaron, a pesar que tenían mucha azúcar.

Por la tarde fueron a Plaza Nueva, un espacio con callejones por detrás donde había tiendas de magia árabe, donde adquirieron una pluma de fénix árabe muy bonita. También acudieron a un espectáculo mágico que combinaba una gran habilidad gimnástica con espectáculo de fuegos artificiales.

Después de una cena agradable, agotados por el viaje, se fueron a la cama. A la mañana siguiente, tendrían la visita de la Alhambra, donde a través de una visita guiada, descubrirán secretos de la hechicería árabe.

Después de un desayuno abundante, Rafael Vázquez les dejó en la entrada de la Alhambra, y les indicó a través de qué ventanilla podían preguntar por la visita mágica. Una vez compradas las entradas, les unieron con un grupo de magos y brujas extranjeros que procedían de China, Japón y Estados Unidos. La visita la harían en inglés, por lo que Harry y Ginny se perderían pocos detalles.

Una vez visitados los exteriores y jardines, la visita guiada comenzó a avanzar hacia los interiores de la fortaleza árabe. Una vez fuera de los límites permitidos a los muggles, no―magos en español, comenzaron a ver restos de batallas de la época árabe en la península. La toma de Granada del siglo XV pareció fácil para los no―magos, pero en realidad, semanas antes, los magos españoles consiguieron derrotar a los magos nazaríes que habitaban en la ciudad. Una vez capturados, los disfrazaron de rehenes y los llevaron ante el rey Boabdil, que después firmó las capitulaciones para entregar Granada a los castellanos.

Muchas de las ruinas interiores se habían dado durante los años que había durado la guerra entre los castellanos y los nazaríes, pero solo los magos castellanos habían logrado entrar. Contó el guía los magos castellanos eran reducidos pues no contaban con el apoyo real, y los pocos que lograban salvarse de la quema eran por favores anteriores a los reyes, y servían en batalla, además que muchos de ellos habían emigrado a Francia para poder estudiar en la Academia de Magia Beauxbatons; el ministerio español en la actualidad seguía manteniendo el debate sobre abrir o no una escuela de magia en España como tenían en Brasil los sudamericanos.

También visitaron la gran población hippie que existía en los pueblos de la Alpujarra, donde mucho de ellos eran magos en secreto, pero autodidactas, habían aprendido a hacer una magia rudimentaria con las manos, pero controlaban bien el fuego y las arboles frutales.

A Ginny le intentó atacar un gnomo de jardín en el Carmen de los Mártires, pero con la gran habilidad que había adquirido desgnomizando el jardín de La Madriguera, el gnomo no tuvo mucho que hacer (a Luna le encantó esa historia, que Ginny no pudo resistir en contarle a través del correo por lechuza).

Quedaron unas fotos magníficas, y después de visitar el litoral granadino, cayeron rendidos en la cama. Tomarían de nuevo el vuelo a Londres la tarde siguiente, así que Harry, en el desayuno, decidió revelarle a Ginny una noticia muy importante.

—Ginny, ¿has hecho ya las maletas? —preguntó Harry con un aura de misterio en su voz.

—Solo me faltan meter las zapatillas, que quería limpiarlas antes de meterlas.

—Cuando la acabes, no se te ocurra mandarlas a Grimmauld Place, sería un latazo viajar de nuevo hacia allí a recogerlas —dijo Harry, con una sonrisa, mientras apuraba su taza de té

—¿Cómo? —preguntó Ginny, extrañada.

—Que no vamos a volver al 12 de Grimmauld Place cuando regresemos esta tarde a Londres. Haremos noche en La Madriguera, pero no volveremos a la casa de Sirius.

—Entonces, ¿dónde vamos a vivir?

—En la casa de mis padres, en la mansión de los Potter, en Brighton.

Ginny miró a Harry con una expresión de incredulidad en sus ojos, pero como no supo qué responder, se terminó la tostada, impaciente.​

* * *
Tres días después de haber regresado a Inglaterra, Ginny estaba esperando ansiosa para acometer un último viaje. Harry y Ron habían ido a la casa días antes con la capa de invisibilidad para descubrir en qué estado estaba. Pudieron entrar con la llave que Harry, días antes, había sacado de su cámara de Gringotts. Tras echar un vistazo rápido y determinar que no había nadie esperándolos allí, pudieron regresar satisfechos a La Madriguera.

Cuando llegó el día de mudarse, Harry y Kreacher se aparecieron en la casa de Grimmauld Place para recoger las últimas pertenencias del matrimonio y mandarlas a la mansión de los Potter. Kreacher se quedaría limpiando la casa, hasta que fuera llamado.

Harry tomó a Ginny de la mano, y juntos se desaparecieron. Una vez aparecieron, Ginny miró asombrada la gran puerta de madera, de roble macizo, que se alzaba ante ella. La finca era soleada, con un gran jardín, algo descuidado por el paso del tiempo. Estaban delante de la puerta principal, pero una gran valla de metal cerraba el sendero que llevaba desde el exterior a la puerta de la casa. A ambos lados de la puerta, dos grandes jardineras contenían flores que destilaban un olor muy agradable. El jardín estaba lleno de lirios, que coloreaban el césped bien recortado que se extendía por todo el exterior.

Ginny, antes de entrar, es costumbre en el mundo muggle que el marido lleve a la mujer en brazos hasta el interior de la casa. Nunca supe mucho de lo que hacían las parejas en nuestro mundo, pero si no te importa, me gustaría hacerlo de esta manera.

Ginny sonrió a Harry tiernamente, y él abrió las puertas con la llave. Cuando entraron, Ginny en brazos, avanzaron por un vestíbulo enorme, que nada tenía que envidiar al de Hogwarts, hacia una gran escalera de mármol blanco. Harry subió a Ginny por las escaleras, y cuando llegaron al primer piso, avanzó con cuidado hasta una puerta también tallada en roble.

—Vamos, Ginny, ábrela —dijo Harry tiernamente.

Ginny abrió la puerta y descubrió una habitación enorme, donde todo la cocina y el salón de La Madriguera podría caber con facilidad. Harry depositó a Ginny en una cama con dosel muy cómoda, que tenía las sábanas de satén rojo más suaves que se podrían encontrar.

—Bienvenida a casa, Ginny Potter.

Ginny miró fascinada la estancia. Una gran chimenea, con una alfombra elegante a sus pies, reinaba en la sala. Cuando ella se acercó a observarla, pudo ver tallada en piedra animales como ciervos, lobos y perros enormes. Mientras tanto, Harry descorrió unas cortinas y la luz entró con potencia. Al descorrer las cortinas, un gran ventanal gótico dejaba ver toda la extensión del jardín y el bosque que había al final del camino que llevaba a la casa.

—¿De verdad vamos a vivir aquí, Harry? —preguntó Ginny a su marido, asombrada.

—Sí —respondió él—, esta será nuestra nueva casa. Era la casa de mis padres, y la de mis abuelos paternos. Es la mansión Potter, como ya te he contado antes. Mis tatarabuelos la adquirieron después de amasar su gran fortuna vendiendo pociones y fue pasando de generación en generación. Solo he estado aquí una vez, y solo conocía este dormitorio y el vestíbulo. Vine con Ron y sólo investigamos la primera planta, pero supimos que no había nadie. La casa estaba limpia, todo en orden, como la habrían dejado mis padres una vez que nos fuimos de aquí. Pensé que sería genial que investigásemos la casa los dos juntos.

—¿Y cómo has sabido de su existencia? —preguntó Ginny, intrigada.

—Una tarde, Kingsley vino a La Madriguera. Con la excusa de querer hablar conmigo ciertas cosas de Voldemort, subimos a mi habitación y me dio esto, junto con una carta.

Ginny cogió un pergamino que le tendía Harry.​

Última voluntad y testamento de James Charlus Potter.
—Busca mi nombre, creo que es el que está más abajo. Dejó otras cosas para sus amigos, y algo de dinero para Hogwarts y San Mungo, el hospital —le especificó Harry.​

Yo, James Charlus Potter, lego a mi hijo y heredero Harry James Potter, todas mis pertenencias —no repartidas anteriormente en este testamento— adquiridas hasta la fecha, y todas aquellas que pueda generar hasta el día de mi muerte.


Entre ellas, lego a Harry James Potter las siguientes: mi cuenta corriente de Gringotts, la cámara 687; la mansión de la familia Potter, situada en las afueras de Brighton, Sussex; la casa familiar ubicada en Godric's Hollow; mi escoba de carreras, Nimbus 1500.



Ginny devolvió el pergamino a Harry, y el con sumo cuidado, se lo volvió a meter en el bolsillo.

—Así que, es nuestra, Ginny, esta es la casa de la familia Potter. Esto, sumado a la herencia de Sirius, que fue Grimmauld Place, todo lo que había dentro, Witherwings, o sea, Buckbeak, que lo tiene Hagrid a su cuidado ahora, y Kreacher. Aquí vivieron mis padres conmigo, antes de que Dumbledore les consiguiera una casa en Godric's Hollow. Después nos mudamos, y vivimos allí hasta que nos encontró Voldemort. Me lo cuenta todo en una carta Dumbledore.

Ginny y Harry comenzaron a explorar un poco la casa. En el primer piso se hallaban las habitaciones más grandes, en total unas cinco habitaciones. En el segundo, había habitaciones algo más pequeñas, seguramente corresponderían al servicio que estuviera en la casa en los años de los primeros Potter que vivieron allí. Y en la tercera planta, encontraron un gran desván donde habían almacenados cientos de objetos mágicos que Harry no había visto. Al final, cerca de una de las ventanas que daban a la entrada principal, estaba la escoba que James había legado a su hijo. Cuando se acercó, vio una caja de madera al lado con el logo de Hogwarts. La abrió, y encontró la túnica de quidditch que había pertenecido a su padre cuando era cazador en Gryffindor. Debajo de ella, había una quaffle y la snitch que había visto años atrás en el pensadero, cuando vio los recuerdos de Snape.

—Mira lo que he encontrado, Harry —dijo Ginny, que había estado mirando por otro lado del desván.

Ginny sujetaba un gran cuadro donde aparecían todos los miembros de la familia Potter, él incluido, y cuando miró bien, vio exactamente la misma imagen que cuando miró el espejo de Oesed. Así que por eso sabía qué aspecto tenían todos los miembros de su familia, porque ya los había visto alguna vez.

—Bájalo luego a la segunda planta Ginny, lo limpiaremos un poco y le buscaremos un sitio para colocarlo. Bueno, es casi la hora de comer, y Hermione, Ron y Bill estarán al caer con el resto de las cosas que nos faltan.

Bajaron a las cocinas, que estaban en el sótano, y allí encontraron una escena que les dejó boquiabiertos.

—¡Amo Harry! —exclamaron de repente cinco elfos domésticos que había allí.

—¿Perdón? ¿Amo Harry? —preguntó Harry, extrañado.

Uno de los elfos domésticos se puso encima de una gran mesa, y tras hacerle una reverencia, les dijo:

—Sabíamos que regresaría algún día, señor. Dodge sabía que el amo volvería, y así lo ha dicho siempre a sus hermanos. Hemos cuidado de la mansión porque el señor Potter así lo pidió, y aquí estamos, señor, dejando la casa muy limpia —dijo el elfo con su voz alegre y chillona.

—¿Ustedes trabajaban para el señor Potter, para James Potter? —preguntó Harry.

—En efecto, señor. Su padre fue siempre bueno con nosotros, señor. Siempre fue amable. Nos pidió el amo que guardáramos el secreto de por qué se fueron, y así lo hemos mantenido, señor. Y al fin ha vuelto, amo Harry. Muchos nos preguntábamos cuándo volvería, y por fin lo hizo.

—Gracias, Dodge. No sabía que tenía elfos domésticos a mi disposición. Es un placer conoceros.

—El amo es atento, como lo fue el señor Potter, nosotros solo podemos ser agradecidos con él —dijo otro elfo tras hacerle una reverencia.

—No, no es necesario…

Totty, señor —le respondió el elfo.

—No es necesario tanta reverencia, Totty —y les sonrió.

—Ha hecho un largo viaje, señor. ¿Puede Dodge ayudarles a instalarse?

—Esto… sí, gracias. Las maletas están en la puerta, Dodge. Vamos a ocupar la habitación grande.

Dodge y Totty abandonaron las cocinas para instalar a Harry y Ginny en la mansión. Mientras, los otros tres elfos domésticos, que se presentaron como Hunt, Fastret y Bloom, ofrecieron a los nuevos propietarios de la mansión una comida suculenta. La sirvieron en un gran comedor que había cruzado el vestíbulo hacia el a través de un amplio corredor. El comedor tenía vistas al jardín trasero de la mansión, donde se erguía un enorme robledal que daba señorío a la finca. Los árboles eran tan altos como para ocultar a una persona jugando quidditch a media altura.

Después de comer, Ron, Hermione y Bill se aparecieron en la mansión para terminar de ayudar a instalarse a Harry y Ginny. Hermione dio un grito y todos, varitas en ristre, fueron a donde se encontraba. Bajando hacia las cocinas, había una puerta oculta, y tras ella, la biblioteca más grande que jamás habían visto. Hermione, como no, se acercó a mirar todo tipo de libros que había allí acumulados.

—Harry, déjame vivir aquí —pidió Hermione, emocionada.

Ron y Bill tuvieron que sujetar a Hermione para que no entrara a las cocinas, pues no querían alarmar a los elfos domésticos desde el primer día. Después de ordenar todas las cosas que se habían llevado, Harry y Bill entraron al dormitorio más cercano al de matrimonio. Harry quería adornarlo para que Teddy pudiera quedarse de vez en cuando con ellos. Cuando entraron, vieron una cama pequeña, adornada con un cabecero con lechuzas dibujadas.

—Harry, creo que esta sería la habitación que tus padres tenían pensado darte aquí.

—Sí, eso parece.

—¿Quieres que te deje sólo, Harry?

—¿Qué? No, no, Bill, no te preocupes. Sabía que esto me lo tendría que encontrar. Vamos a dejar esto adornado para el pequeño Teddy. Estoy bien —dijo sonriendo Harry.

Después de un rato, Bill, que era un manitas con la magia, había construido una barra de seguridad en la cama, pintado las paredes de un color verde relajante y convertido un trozo de madera en una lámpara con forma de lechuza.

Ginny entró en la habitación con Ron —Hermione seguía en la biblioteca— y cuando vio la estancia, cogió de la mano a Harry y le dijo con ternura:

—Seguro que a Teddy le va a encantar. No veo la hora de que esté con nosotros.

Después de haber dejado todo ordenado, los señores Weasley aparecieron por la chimenea del salón principal, que se hallaba a la derecha del vestíbulo. Allí, los señores Weasley se quedaron maravillados de todas las cosas que la mansión Potter tenía. Después de la recepción en el salón, Dodge les aviso que la cena estaba lista. Sentados alrededor de la gran mesa del comedor, que Bill había empequeñecido un poco para hacerla un poco más familiar, todos disfrutaron de un buen festín, servido por los elfos domésticos de la casa. Hermione, absorta en la lectura de un libro titulado Las grandes aportaciones de Godric Gryffindor al mundo mágico, olvidó protestar por quien le servía la comida.

Durante los postres, Harry anunció:

—Bueno, si queréis escucharme, tengo una cosa que decir —cuando todos le prestaron atención, continuó—. Ahora que Ginny y yo vamos a vivir aquí, quisiera hacer un regalo a dos personas que están con nosotros. La casa de Grimmauld Place no la necesitamos de momento, y quería regalársela a Ron y Hermione, para que también empiecen su vida en común.

—¡Oh, Harry! —dijo Hermione entre lágrimas—. No tenías porqué.

—Gracias, tío, pero no sé si puedo aceptarla —dijo Ron.

—Te haré una maldición como Hermione y tú no os decidáis a mudaros allí —le advirtió Harry, con una sonrisa.

—Solo nos iremos con una promesa, Harry —dijo Hermione, aún emocionada.

—Dime, Hermione.

—Que me dejes venir a la biblioteca todos los días.

Después de anunciar la noticia, Hunt trajo una botella de hidromiel de Madame Rosmerta, y el señor Weasley brindó por la nueva vida que les venía por delante a Ginny y Harry, y también a Ron y Hermione.


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LA MANSIÓN DE LOS POTTER​


Harry y Ginny despertaron la mañana siguiente aun medio vestidos con los trajes de boda. Después de fundirse en un largo y tierno beso, ambos bajaron a desayunar. Esa misma noche tomarían un avión muggle que los llevaría a Granada, una ciudad del sur de España donde la magia árabe rebosaba por cada esquina de la ciudad y de la Alhambra.

Con las maletas ya preparadas, esa tarde comerían toda la familia en el jardín de La Madriguera, así que, para ahorrar tiempo, ambos comenzaron a colocar las mesas en el exterior, y colocaron un pequeño toldo para que diera sombra.

Hermione y Ron fueron los primeros en llegar, los dos con una botella grande de cerveza de mantequilla. Se sentaron alrededor de las mesas del exterior para disfrutar de la exquisita bebida mientras comentaban las mejores anécdotas del día anterior. Harry prefirió obviar el detalle de la visita de Ron y sus hermanos a cantar debajo de la ventana borrachos como una cuba, pues Hermione seguramente se enfadaría con él.

Una vez llegaron los señores Weasley, todos contribuyeron a que la comida fuera un éxito, asaron un cordero y prepararon una buena ración de pastel de carne. George, Percy y Audrey, Bill, Fleur y Victorie, y Charlie llegaron al rato para comenzar la comida, donde también ayudarían a los novios a abrir los regalos de la boda.

Hagrid les había regalado un crup bebé —obviamente, había sido escoltado por Charlie hasta la casa de los Weasley—, los profesores de Hogwarts una réplica de plata de la Copa de Quidditch con el escudo de Gryffindor que Harry y Ginny habían ganado juntos, con el nombre de todos los integrantes del equipo de aquel año (Katie Bell, Ritchie Coote, Cormac McLaggen, Jimmy Peakes, Harry Potter, Demelza Robins, Dean Thomas, Ginny Weasley y Ron Weasley). Los señores Weasley les habían regalado el viaje a Granada; Hermione y Ron un álbum de fotos de los cuatro en Hogwarts; Bill y Fleur les regalaron un sofisticado set de abrebotellas mágico importado de Francia, por supuesto; Charlie les regaló un cuadro mágico donde aparecían Harry y Ginny vestidos de boda con el pequeño Teddy Lupin en brazos de Ginny, un cuadro de grandes dimensiones que Ginny planeaba colgar en la repisa de la chimenea de Grimmauld Place.

El señor Weasley en persona se encargó de llevar a Harry y Ginny al aeropuerto de Gatwick, en las afueras de Londres, para que tomaran un avión a Granada. El señor Weasley y Ginny miraban asombrados a su alrededor. Para ellos todo era nuevo, y el señor Weasley estaba realmente fascinado.

Cuando se despidieron, Harry y Ginny subieron al avión, y llegaron a Granada dos horas después. Cuando descendieron del avión, la temperatura de la ciudad les golpeó de lleno. No estaban habituados al calor, y no podían hacer magia hasta que los muggles que iban con ellos no estuvieran cerca. Les recogió un mago español llamado Rafael Vázquez una vez salieron del aeropuerto, y los llevó hasta el centro de la ciudad donde habían reservado en un hotel para magos y brujas; al igual que el Caldero Chorreante, solo los magos podían verlo.

Una vez instalados en una habitación con toques mozárabes, Harry y Ginny salieron a la Granada muggle para pasear y tomarse algún refresco. Harry le enseñó a Ginny qué eran los refrescos de cola y a ella le encantaron, a pesar que tenían mucha azúcar.

Por la tarde fueron a Plaza Nueva, un espacio con callejones por detrás donde había tiendas de magia árabe, donde adquirieron una pluma de fénix árabe muy bonita. También acudieron a un espectáculo mágico que combinaba una gran habilidad gimnástica con espectáculo de fuegos artificiales.

Después de una cena agradable, agotados por el viaje, se fueron a la cama. A la mañana siguiente, tendrían la visita de la Alhambra, donde a través de una visita guiada, descubrirán secretos de la hechicería árabe.

Después de un desayuno abundante, Rafael Vázquez les dejó en la entrada de la Alhambra, y les indicó a través de qué ventanilla podían preguntar por la visita mágica. Una vez compradas las entradas, les unieron con un grupo de magos y brujas extranjeros que procedían de China, Japón y Estados Unidos. La visita la harían en inglés, por lo que Harry y Ginny se perderían pocos detalles.

Una vez visitados los exteriores y jardines, la visita guiada comenzó a avanzar hacia los interiores de la fortaleza árabe. Una vez fuera de los límites permitidos a los muggles, no―magos en español, comenzaron a ver restos de batallas de la época árabe en la península. La toma de Granada del siglo XV pareció fácil para los no―magos, pero en realidad, semanas antes, los magos españoles consiguieron derrotar a los magos nazaríes que habitaban en la ciudad. Una vez capturados, los disfrazaron de rehenes y los llevaron ante el rey Boabdil, que después firmó las capitulaciones para entregar Granada a los castellanos.

Muchas de las ruinas interiores se habían dado durante los años que había durado la guerra entre los castellanos y los nazaríes, pero solo los magos castellanos habían logrado entrar. Contó el guía los magos castellanos eran reducidos pues no contaban con el apoyo real, y los pocos que lograban salvarse de la quema eran por favores anteriores a los reyes, y servían en batalla, además que muchos de ellos habían emigrado a Francia para poder estudiar en la Academia de Magia Beauxbatons; el ministerio español en la actualidad seguía manteniendo el debate sobre abrir o no una escuela de magia en España como tenían en Brasil los sudamericanos.

También visitaron la gran población hippie que existía en los pueblos de la Alpujarra, donde mucho de ellos eran magos en secreto, pero autodidactas, habían aprendido a hacer una magia rudimentaria con las manos, pero controlaban bien el fuego y las arboles frutales.

A Ginny le intentó atacar un gnomo de jardín en el Carmen de los Mártires, pero con la gran habilidad que había adquirido desgnomizando el jardín de La Madriguera, el gnomo no tuvo mucho que hacer (a Luna le encantó esa historia, que Ginny no pudo resistir en contarle a través del correo por lechuza).

Quedaron unas fotos magníficas, y después de visitar el litoral granadino, cayeron rendidos en la cama. Tomarían de nuevo el vuelo a Londres la tarde siguiente, así que Harry, en el desayuno, decidió revelarle a Ginny una noticia muy importante.

—Ginny, ¿has hecho ya las maletas? —preguntó Harry con un aura de misterio en su voz.

—Solo me faltan meter las zapatillas, que quería limpiarlas antes de meterlas.

—Cuando la acabes, no se te ocurra mandarlas a Grimmauld Place, sería un latazo viajar de nuevo hacia allí a recogerlas —dijo Harry, con una sonrisa, mientras apuraba su taza de té

—¿Cómo? —preguntó Ginny, extrañada.

—Que no vamos a volver al 12 de Grimmauld Place cuando regresemos esta tarde a Londres. Haremos noche en La Madriguera, pero no volveremos a la casa de Sirius.

—Entonces, ¿dónde vamos a vivir?

—En la casa de mis padres, en la mansión de los Potter, en Brighton.

Ginny miró a Harry con una expresión de incredulidad en sus ojos, pero como no supo qué responder, se terminó la tostada, impaciente.​

* * *
Tres días después de haber regresado a Inglaterra, Ginny estaba esperando ansiosa para acometer un último viaje. Harry y Ron habían ido a la casa días antes con la capa de invisibilidad para descubrir en qué estado estaba. Pudieron entrar con la llave que Harry, días antes, había sacado de su cámara de Gringotts. Tras echar un vistazo rápido y determinar que no había nadie esperándolos allí, pudieron regresar satisfechos a La Madriguera.

Cuando llegó el día de mudarse, Harry y Kreacher se aparecieron en la casa de Grimmauld Place para recoger las últimas pertenencias del matrimonio y mandarlas a la mansión de los Potter. Kreacher se quedaría limpiando la casa, hasta que fuera llamado.

Harry tomó a Ginny de la mano, y juntos se desaparecieron. Una vez aparecieron, Ginny miró asombrada la gran puerta de madera, de roble macizo, que se alzaba ante ella. La finca era soleada, con un gran jardín, algo descuidado por el paso del tiempo. Estaban delante de la puerta principal, pero una gran valla de metal cerraba el sendero que llevaba desde el exterior a la puerta de la casa. A ambos lados de la puerta, dos grandes jardineras contenían flores que destilaban un olor muy agradable. El jardín estaba lleno de lirios, que coloreaban el césped bien recortado que se extendía por todo el exterior.

Ginny, antes de entrar, es costumbre en el mundo muggle que el marido lleve a la mujer en brazos hasta el interior de la casa. Nunca supe mucho de lo que hacían las parejas en nuestro mundo, pero si no te importa, me gustaría hacerlo de esta manera.

Ginny sonrió a Harry tiernamente, y él abrió las puertas con la llave. Cuando entraron, Ginny en brazos, avanzaron por un vestíbulo enorme, que nada tenía que envidiar al de Hogwarts, hacia una gran escalera de mármol blanco. Harry subió a Ginny por las escaleras, y cuando llegaron al primer piso, avanzó con cuidado hasta una puerta también tallada en roble.

—Vamos, Ginny, ábrela —dijo Harry tiernamente.

Ginny abrió la puerta y descubrió una habitación enorme, donde todo la cocina y el salón de La Madriguera podría caber con facilidad. Harry depositó a Ginny en una cama con dosel muy cómoda, que tenía las sábanas de satén rojo más suaves que se podrían encontrar.

—Bienvenida a casa, Ginny Potter.

Ginny miró fascinada la estancia. Una gran chimenea, con una alfombra elegante a sus pies, reinaba en la sala. Cuando ella se acercó a observarla, pudo ver tallada en piedra animales como ciervos, lobos y perros enormes. Mientras tanto, Harry descorrió unas cortinas y la luz entró con potencia. Al descorrer las cortinas, un gran ventanal gótico dejaba ver toda la extensión del jardín y el bosque que había al final del camino que llevaba a la casa.

—¿De verdad vamos a vivir aquí, Harry? —preguntó Ginny a su marido, asombrada.

—Sí —respondió él—, esta será nuestra nueva casa. Era la casa de mis padres, y la de mis abuelos paternos. Es la mansión Potter, como ya te he contado antes. Mis tatarabuelos la adquirieron después de amasar su gran fortuna vendiendo pociones y fue pasando de generación en generación. Solo he estado aquí una vez, y solo conocía este dormitorio y el vestíbulo. Vine con Ron y sólo investigamos la primera planta, pero supimos que no había nadie. La casa estaba limpia, todo en orden, como la habrían dejado mis padres una vez que nos fuimos de aquí. Pensé que sería genial que investigásemos la casa los dos juntos.

—¿Y cómo has sabido de su existencia? —preguntó Ginny, intrigada.

—Una tarde, Kingsley vino a La Madriguera. Con la excusa de querer hablar conmigo ciertas cosas de Voldemort, subimos a mi habitación y me dio esto, junto con una carta.

Ginny cogió un pergamino que le tendía Harry.​

Última voluntad y testamento de James Charlus Potter.
—Busca mi nombre, creo que es el que está más abajo. Dejó otras cosas para sus amigos, y algo de dinero para Hogwarts y San Mungo, el hospital —le especificó Harry.​
Yo, James Charlus Potter, lego a mi hijo y heredero Harry James Potter, todas mis pertenencias —no repartidas anteriormente en este testamento— adquiridas hasta la fecha, y todas aquellas que pueda generar hasta el día de mi muerte.
Entre ellas, lego a Harry James Potter las siguientes: mi cuenta corriente de Gringotts, la cámara 687; la mansión de la familia Potter, situada en las afueras de Brighton, Sussex; la casa familiar ubicada en Godric's Hollow; mi escoba de carreras, Nimbus 1500.

Ginny devolvió el pergamino a Harry, y el con sumo cuidado, se lo volvió a meter en el bolsillo.

—Así que, es nuestra, Ginny, esta es la casa de la familia Potter. Esto, sumado a la herencia de Sirius, que fue Grimmauld Place, todo lo que había dentro, Witherwings, o sea, Buckbeak, que lo tiene Hagrid a su cuidado ahora, y Kreacher. Aquí vivieron mis padres conmigo, antes de que Dumbledore les consiguiera una casa en Godric's Hollow. Después nos mudamos, y vivimos allí hasta que nos encontró Voldemort. Me lo cuenta todo en una carta Dumbledore.

Ginny y Harry comenzaron a explorar un poco la casa. En el primer piso se hallaban las habitaciones más grandes, en total unas cinco habitaciones. En el segundo, había habitaciones algo más pequeñas, seguramente corresponderían al servicio que estuviera en la casa en los años de los primeros Potter que vivieron allí. Y en la tercera planta, encontraron un gran desván donde habían almacenados cientos de objetos mágicos que Harry no había visto. Al final, cerca de una de las ventanas que daban a la entrada principal, estaba la escoba que James había legado a su hijo. Cuando se acercó, vio una caja de madera al lado con el logo de Hogwarts. La abrió, y encontró la túnica de quidditch que había pertenecido a su padre cuando era cazador en Gryffindor. Debajo de ella, había una quaffle y la snitch que había visto años atrás en el pensadero, cuando vio los recuerdos de Snape.

—Mira lo que he encontrado, Harry —dijo Ginny, que había estado mirando por otro lado del desván.

Ginny sujetaba un gran cuadro donde aparecían todos los miembros de la familia Potter, él incluido, y cuando miró bien, vio exactamente la misma imagen que cuando miró el espejo de Oesed. Así que por eso sabía qué aspecto tenían todos los miembros de su familia, porque ya los había visto alguna vez.

—Bájalo luego a la segunda planta Ginny, lo limpiaremos un poco y le buscaremos un sitio para colocarlo. Bueno, es casi la hora de comer, y Hermione, Ron y Bill estarán al caer con el resto de las cosas que nos faltan.

Bajaron a las cocinas, que estaban en el sótano, y allí encontraron una escena que les dejó boquiabiertos.

—¡Amo Harry! —exclamaron de repente cinco elfos domésticos que había allí.

—¿Perdón? ¿Amo Harry? —preguntó Harry, extrañado.

Uno de los elfos domésticos se puso encima de una gran mesa, y tras hacerle una reverencia, les dijo:

—Sabíamos que regresaría algún día, señor. Dodge sabía que el amo volvería, y así lo ha dicho siempre a sus hermanos. Hemos cuidado de la mansión porque el señor Potter así lo pidió, y aquí estamos, señor, dejando la casa muy limpia —dijo el elfo con su voz alegre y chillona.

—¿Ustedes trabajaban para el señor Potter, para James Potter? —preguntó Harry.

—En efecto, señor. Su padre fue siempre bueno con nosotros, señor. Siempre fue amable. Nos pidió el amo que guardáramos el secreto de por qué se fueron, y así lo hemos mantenido, señor. Y al fin ha vuelto, amo Harry. Muchos nos preguntábamos cuándo volvería, y por fin lo hizo.

—Gracias, Dodge. No sabía que tenía elfos domésticos a mi disposición. Es un placer conoceros.

—El amo es atento, como lo fue el señor Potter, nosotros solo podemos ser agradecidos con él —dijo otro elfo tras hacerle una reverencia.

—No, no es necesario…

Totty, señor —le respondió el elfo.

—No es necesario tanta reverencia, Totty —y les sonrió.

—Ha hecho un largo viaje, señor. ¿Puede Dodge ayudarles a instalarse?

—Esto… sí, gracias. Las maletas están en la puerta, Dodge. Vamos a ocupar la habitación grande.

Dodge y Totty abandonaron las cocinas para instalar a Harry y Ginny en la mansión. Mientras, los otros tres elfos domésticos, que se presentaron como Hunt, Fastret y Bloom, ofrecieron a los nuevos propietarios de la mansión una comida suculenta. La sirvieron en un gran comedor que había cruzado el vestíbulo hacia el a través de un amplio corredor. El comedor tenía vistas al jardín trasero de la mansión, donde se erguía un enorme robledal que daba señorío a la finca. Los árboles eran tan altos como para ocultar a una persona jugando quidditch a media altura.

Después de comer, Ron, Hermione y Bill se aparecieron en la mansión para terminar de ayudar a instalarse a Harry y Ginny. Hermione dio un grito y todos, varitas en ristre, fueron a donde se encontraba. Bajando hacia las cocinas, había una puerta oculta, y tras ella, la biblioteca más grande que jamás habían visto. Hermione, como no, se acercó a mirar todo tipo de libros que había allí acumulados.

—Harry, déjame vivir aquí —pidió Hermione, emocionada.

Ron y Bill tuvieron que sujetar a Hermione para que no entrara a las cocinas, pues no querían alarmar a los elfos domésticos desde el primer día. Después de ordenar todas las cosas que se habían llevado, Harry y Bill entraron al dormitorio más cercano al de matrimonio. Harry quería adornarlo para que Teddy pudiera quedarse de vez en cuando con ellos. Cuando entraron, vieron una cama pequeña, adornada con un cabecero con lechuzas dibujadas.

—Harry, creo que esta sería la habitación que tus padres tenían pensado darte aquí.

—Sí, eso parece.

—¿Quieres que te deje sólo, Harry?

—¿Qué? No, no, Bill, no te preocupes. Sabía que esto me lo tendría que encontrar. Vamos a dejar esto adornado para el pequeño Teddy. Estoy bien —dijo sonriendo Harry.

Después de un rato, Bill, que era un manitas con la magia, había construido una barra de seguridad en la cama, pintado las paredes de un color verde relajante y convertido un trozo de madera en una lámpara con forma de lechuza.

Ginny entró en la habitación con Ron —Hermione seguía en la biblioteca— y cuando vio la estancia, cogió de la mano a Harry y le dijo con ternura:

—Seguro que a Teddy le va a encantar. No veo la hora de que esté con nosotros.

Después de haber dejado todo ordenado, los señores Weasley aparecieron por la chimenea del salón principal, que se hallaba a la derecha del vestíbulo. Allí, los señores Weasley se quedaron maravillados de todas las cosas que la mansión Potter tenía. Después de la recepción en el salón, Dodge les aviso que la cena estaba lista. Sentados alrededor de la gran mesa del comedor, que Bill había empequeñecido un poco para hacerla un poco más familiar, todos disfrutaron de un buen festín, servido por los elfos domésticos de la casa. Hermione, absorta en la lectura de un libro titulado Las grandes aportaciones de Godric Gryffindor al mundo mágico, olvidó protestar por quien le servía la comida.

Durante los postres, Harry anunció:

—Bueno, si queréis escucharme, tengo una cosa que decir —cuando todos le prestaron atención, continuó—. Ahora que Ginny y yo vamos a vivir aquí, quisiera hacer un regalo a dos personas que están con nosotros. La casa de Grimmauld Place no la necesitamos de momento, y quería regalársela a Ron y Hermione, para que también empiecen su vida en común.

—¡Oh, Harry! —dijo Hermione entre lágrimas—. No tenías porqué.

—Gracias, tío, pero no sé si puedo aceptarla —dijo Ron.

—Te haré una maldición como Hermione y tú no os decidáis a mudaros allí —le advirtió Harry, con una sonrisa.

—Solo nos iremos con una promesa, Harry —dijo Hermione, aún emocionada.

—Dime, Hermione.

—Que me dejes venir a la biblioteca todos los días.

Después de anunciar la noticia, Hunt trajo una botella de hidromiel de Madame Rosmerta, y el señor Weasley brindó por la nueva vida que les venía por delante a Ginny y Harry, y también a Ron y Hermione.


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Que sepáis que en el link de a continuación podréis leer todos los capítulos enteros (del 1-17) seguidos. y que cada vez que subo alguno aparecerá también completo ahí, para aquellos que quieran leer más seguido.
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